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La voz y el traje

Mar 3, 2023 | 2 Comentarios

Dejo a continuación un nuevo avería dedicado a Robert Palmer. El cual recomiendo leer, escuchando uno de los temas de su álbum Pride: «What you waiting for».

 

La voz y el traje

Algún día, el nombre de Robert Palmer será sinónimo de elegante en los diccionarios. De hecho, se ha repetido en tantas ocasiones ese adjetivo para calificar tanto el estilo de vestir como la manera de cantar del músico inglés que no sé cómo no se encuentra desde hace tiempo ya instalado en el libro de turno como un dicho popular con sus correspondientes ejemplos: «Mira ése, parece un Robert Palmer», «Tío, vas hecho todo un Robert Palmer».

En fin. Fuera de coñas, sería tremendamente injusto acordarnos de Robert Palmer por sus trajes italianos, lo bien que le sentaban las corbatas y los jerseys de cuello largo o la inteligencia y sensualidad con la que logró normalizar las camisas de oficinista en un ámbito como el rock (bastante menos el pop, eso sí) que había convertido lo sucio y desgarbado en épico motivo de orgullo. Y si sería injusto es porque su discografía es sumamente interesante. De hecho, es tan ecléctica y diversa que es realmente única. Muy difícil de definir y, desde luego, comparar con la de nadie. En realidad, si no fuera porque Bowie jugaba directamente en la liga espacial, sería su nombre el primero que vendría a mi mente al intentar definir las distintas etapas musicales de Robert Palmer. Aunque, siendo serios, muy poco tienen que ver. Otro músico, por cierto, con el que se lo podría comparar sería Peter Gabriel. Más que nada por las mutaciones de este último tras su etapa en Genesis pero Peter era probablemente más vanguardista que Robert. Quien experimentó a raudales pero siempre dentro de ciertos límites. Sin perder de vista que su música estaba hecha para sonar en la radio y hacer mover los pies al público y no tanto para las salas de arte.

En esencia, Robert era un bluesman. Una mezcla entre un crooner de soul y blues (y también jazzístico) que fue poco a poco abriéndose a experimentar con las diversas mutaciones de la música pop. Tuvo la fortuna de encontrarse en medido de maremotos artísticos y musicales imparables y de estar atento para apropiárselos sin traicionarse. Pero, repito, para mí al menos Robert era un hombre de blues. De haber llegado a la madurez en los 60, me lo imagino perfectamente en un conjunto tipo The Animals o compartiendo una velada doble junto a Van Morrison y su grupo Them.

En este sentido, hay algo que resulta curioso en su carrera. Porque cuando uno la revisa se da cuenta de que, al revés de lo que suele ocurrir, Robert fue mucho más intrépido a medida que la misma avanzaba. Es decir, utillizó el impulso de la juventud para consolidarse y asentarse y no tanto para arriesgar. Robert utilizó sus primeros discos para darse a conocer y labrar un camino. Dejar claras sus cualidades. Pero creo que él mismo sabía que, de haber seguido el camino de sus inicios, tenía escaso futuro comercial. Habría sido un músico muy respetado pero muy poco radiable y probablemente su destino se hubiera encontrado (de tener escasa suerte) en los clubs (y de tener bastante) en los grandes casinos y musicales cinematográficos.

En cualquier caso, que Robert no era un cualquiera se percibe desde las primeras portadas de sus Lps. Sensuales cubiertas que invitaban a escuchar sus discos en piscinas, elegantes salones o lujosas mansiones. También, por supuesto, es posible sentirlo en las producciones. Palmer podía ser, en esencia, un bluesman pero era un bluesman sofisticado y sensual. Alguien que parecía más norteamericano que inglés y que parecía haber nacido para conquistar mujeres y tocar en selectos clubs nocturnos frente a un público distinguido que lo mismo escuchaba a Frank Sinatra, Steely Dan, The Eagles y Chicago que a los clásicos soul mientras o bien follaba y se drogaba o bien hacía negocios.

De hecho, la música de Robert Palmer posee esa cualidad (que paradójicamente no va en demérito de ella): que puede escucharse en bancos y sofisticados resorts. Es fácil imaginarla sonando en el walkman de un yuppie pero, al mismo tiempo, queda bien en bares y antros nocturnos. Es ideal para recorrer una ciudad de noche, subirse a un taxi y, sobre todo, para una velada amorosa. Probablemente porque tenía el punto de condimentación exacto. No era ni demasiado áspera ni demasiado dulce. Tenía un toque lounge, otro sucio, otro atrevido, otro sofisticado y otro experimental sin llegar a caer nunca en la vanguardia y, por lo general, siempre sonaba estupenda. De maravilla. Contundente y clara pero también refinada. En una cena era prácticamente imposible decirle no a un pretendiente si una canción de Robert Palmer sonaba de fondo. Ese era, de hecho, el toque de corneta; el momento ideal, justo, para atacar.

La trayectoria de Robert Palmer es tan versátil que me resulta realmente difícil quedarme con un solo disco suyo. Más que nada porque incluso en algunos que pasan por conceptuales, existen gran variedad de estilos: desde reggae hasta calypso, desde jazz hasta funk o música africana pasando por bossa nova o incluso sombrío techno. Es normal que recomendar un solo disco de Palmer provoque un enorme dolor de cabeza. Así que yo prefiero, (siempre según mi estado de ánimo) recomendar etapas. A mí al menos la que más me estimula es la que va desde Secrets (1979, su despedida del blues) hasta Pride (1983, su álbum más experimental). Un momento de libertad casi total y absoluta de un músico que logra simbiotizarse con la new wave hasta el punto de poder haber pasado perfectamente por un joven icono del synth pop pero que, al mismo tiempo, no olvida sus raíces y se desmarca con fraseos vocales jazzísticos en medio de profundas sinalefas de sintetizadores y cajas de ritmos. Una maravilla que si bien no dio como resultado discos perfectos u obras maestras, sí que, cuajó en Lps enigmáticos y estimulantes. De repente, sí, era posible (tal y como sucedió con Power Station) imaginar a Robert Palmer compartiendo escenario con Duran Duran, Grace Jones u Orchestal Manoeuvres In The Dark.

En fin, una insólita gozada que supuso el detonante de su éxito masivo: la grabación de dos adictivas bombas de relojería pop (sobre todo, la primera): Riptide y Heavy nova. Y, por supuesto, la de los míticos y energéticos singles «Addicted to love» y «Simple irresistible», cuyos videoclips forman parte de la historia reciente de la MTV y el rock. Ambos temas transformaron a Robert en un icono. El hombre más elegante y seductor de la tierra. Una frase que olvida, a su vez, que el músico era capaz de lograr que las mujeres lucieran más sensuales que nunca a su lado. Deliciosos caprichos eróticos que hacían saltar la líbido masculina de quienes las contemplaban embobados.

Si bien los últimos discos de Palmer no han sido los suficientemente escuchados o loados, en todos ellos hay gemas escondidas, momentos muy disfrutables. Fue triste que muriera relativamente joven (con apenas 54 años) porque era un artista. Y como todo artista, estoy seguro que tenía reservadas dos o tres reinvenciones más.

En realidad, si bien la música de Palmer conectaba de maravilla con el público joven, era madura y reposada. Así que lo lógico es que, con el paso de los años, nos hubiera dejado unos cuantos álbums respetables (y alguna obra maestra) por más que es cierto que el éxito masivo estandarizó un poco una propuesta que siempre había sido estremadamente estimulante, sorpresiva y viva. Radiante.

A Palmer le sentaba tan bien el traje de estrella rutilante y clásico en vida como el de músico inquieto pero posiblemente dio lo mejor de sí mismo en su segunda faceta. Cuando no tenía que contentar a los intereses de discográficas y cientos de miles de fans que lo habían descubierto con «Addicted to love» a pesar de que la inolvidable «Jhonny y Mary» ya había sido un auténtico bombazo. Uno de esos hits que logran detener el tiempo allí donde suenan y consiguen que todos nos tomemos un respiro en nuestra rutina diaria para pensar qué estamos haciendo con nuestra vida al tiempo que tatareamos su inmortal melodía. Probablemente la más eterna grabada jamás por un músico que tuvo siempre un pie en el pasado de la música y otro en su futuro y por eso fue casi más incomprendido (por muchas ventas que tuvieran algunas obras suyas) que amado, como acostumbran a serlo los que buscan propias y personales vías de expresión artísticas. Shalam

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Recuerda siempre lo que te dijo tu amigo cuando estaba enfadado

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1imagen….miro al fondo de la sala en la que estoy actuando…..
    2imagen…los pantalones se llevan en la cintura y mi banda son 5 chicas en la tormenta (a lo rod stewart)….jajaj…
    3imagen….la voz desde la punta del pie a la punta de la lengua….
    4imagen….bueno, palmer dice que ya tiene decidido que elegir entre la tv(gota a gota) o la chica del balcon…..apaga la tv y se va con la menda lerenda…..
    5imagen….un leopardo al cuello….
    6imagen….lo veo un poco «mama chicho» me toca….jajaj….
    PD…….https://www.youtube.com/watch?v=j_mK1MyDntc…harry belafonte..jamaica farewell..1966…(no se por que uno jamaica con malta (la isla de robert palmer)……

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  2. Alejandro Hermosilla

    1) Un gentleman de anuncio de Marlboro. 2) «Da ya think I’m sexy?» 3) Rafal cantando: «Escándalo, es un escándalo». 4) Parece una escena de un filme de Alain Delon pero en escenario norteamericano. También podría ser una escena de «Hotel, dulce hotel» de Sabina. 5) El momento en el que comienza Palmer a cantar es justo el momento en el que el chico besa a la novia en cualquier calle. 6) Ahora prohibirían este vídeo por incitación a la anorexia..jajaja PD: Precioso tema de Belafonte. Me encanta su pinta de hard rockero. Parece Paul Dianno el viejo cantante de Iron Maiden.

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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