La broma infinita
La broma infinita era Demerol. Prozack. Una distopía genética. Una radiografía deforme del capitalismo tardío. Unas cuantas rayas de crack mezcladas...
Juan José Saer vivió más de cuatro décadas en Francia y se nota. En muchos de sus libros se produce un choque y encuentro natural entre la fría modernidad occidental y el fluido y vaporoso aliento de provincias argentino. Entre la ciencia lingüística y la casualidad. La objetividad y el azar. Hay muchos apartados de sus libros en los que utiliza las técnicas del «nouveau roman». Realiza descripciones minuciosas de forma casi exasperante y exahustiva. Pero su destreza es tanta que las descripciones no se convierten en un fin en sí mismo sino en un medio para transitar lugares mentales y actitudes. Realizar indagaciones y exploraciones novedosas en territorios presuntamente ya conocidos. En cierto modo, sí, cuando Saer describe un paisaje, también describe un lenguaje. Describe una lengua. La «lengua Saer». Una lengua parecida a un té verde porque es ligera, cortante y adictiva.
Sé que para muchos lectores lo importante de una novela es su argumento. Pero yo aconsejaría leer a Saer conociendo de antemano la trama. Cómo se desarrolla y acaba la obra. Porque, en realidad, este conocimiento no va en absoluto en contra del goce de sus narraciones. Al contrario, creo que ayuda a disfrutarlas porque, de este modo, podemos focalizar nuestra atención en el entramado lingüístico que suele componer. Gozar de esa fiesta solitaria que es la lectura de uno de sus relatos.
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