Un dios de la fantasía
Una de las grandes incógnitas del mundo del cómic y la ilustración en general es lo poco citado que es Earl Norem. Un auténtico gigante. Cualquiera...
Zipi y Zape eran la alegría de la huerta. Eran ingeniosos y traviesos. Dos anticipos de la era ye-yé que, de haber nacido a finales de los 60, no hubiera costado imaginarse cantando a voz en grito los grandes clásicos de Radio Futura, Nacha Pop o Los Secretos años después en un estudio televisivo. Pero, de una manera u otra, sus conatos de rebeldía y sus ilusiones por desbaratar las normas y hacer estallar los cimientos educativos fracasaban habitualmente como una metáfora de esa realidad abrupta que, durante el franquismo, corregía por medio de métodos autoritarios cualquier desafío. De hecho, el frenético entusiasmo de los hermanos que, en gran medida, me hace recordar las locuras cometidas en las aulas en Ferdydurke de Gombrowicz, lo tapaba prácticamente todo menos la critica feroz a los métodos disciplinarios usados en las escuelas de la época. Un vistazo, por ejemplo, a los compañeros de clase de ambos muchachos bastaba para tomar conciencia de cómo se iba estructurando la sociedad jerárquica franquista desde sus raíces. Pues Sapientín Empollinez, Peloto Chivátez o Sabihóndez no eran tan sólo enemigos de Zipi y Zape sino una muestra breve y contundente de una sociedad adulta que, tras la guerra, no se encontraba sustentada por una meritocracia sino más bien por la capacidad de medrar y encontrarse en el lugar idóneo de sus componentes
Como la mayoría de personajes míticos del cómic español surgidos a mediados del pasado siglo, Zipi y Zape eran caricaturas exageradas. Dos niños casi salvajes. No es que resultara difícil que se estuvieran quietos sino que era realmente imposible. Eran euforia y gamberrismo desatado. Una proyección excesiva de los deseos lúdicos de miles de infantes para los que el recreo era la única asignatura por la que merecía la pena ir al colegio y de otros tantos jóvenes que no podían manifestarse en las calles ni política ni artísticamente como lo deseaban y se veían obligados a sublimar, por tanto, sus conatos de rebeldía en torno a dos muchachos que, debido a su edad, a pesar de recibir castigos en muchos casos excesivos, no iban a dar con sus huesos en prisión ni a ser torturados por desafiar a la autoridad constantemente. Zipi y Zape eran chavales. No eran adolescentes ni jóvenes y esa era precisamente su fuerza y salvación pero también la manifestación del fracaso político de la época.
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