El sexo de Kafka
¿Qué pulsiones sexuales muestran y ponen de manifiesto los escritores en sus libros? No es una pregunta muy habitual. Por lo general, nos basta con...
Nabokov no era un hombre del siglo XX. Su espíritu era decimonónico. Tal vez incluso renacentista. No importa que hablara de los temas más espinosos. Que testimoniase una crisis personal inmensa, una perversión, un episodio psicótico o aludiera al espíritu autodestructivo de su época. Nabokov siempre lo hacía con tal sensibilidad y cuidando con tanto encono el lenguaje que finalmente, conseguía extraer armonía y música de allí. En realidad, no parecía escribir sino tocar el piano. La misma palabra, la misma frase no transmite lo mismo en un libro de Nabokov que en la de cualquier otro escritor. En sus textos, el lector tiene muchas veces la impresión de encontrarse en barco. Navegar un río. Planear por las nubes. Muchas de las palabras de sus novelas son flores. Nenúfares. Poseen tal capacidad expresiva que terminan convirtiéndose en perfumes. No hay libro de Nabokov que no huela. Basta leer varias de sus frases para comenzar a percibir fragancias. Aromas. El hilo de un vestido antiguo. El rastro de la agria mancha de color dejada por un lienzo en un salón.
Es de todos sabidos que Vladimir amaba recorrer los campos para capturar mariposas. Y mucho de esa afición se filtra en sus libros. Pues a veces el lector tiene la impresión de ir caminando por un bosque (el lenguaje) guiado por una mente meticulosa que se detiene en cada recodo y lo describe al detalle. Convirtiendo un simple paseo en una maravillosa excursión literaria en la que cada fragmento de la naturaleza es transformado en pieza de un tapiz situado en un salón nobiliario. Fruta de un frondoso banquete de bodas celebrado en medio de un elegante jardín barroco.
Resulta difícil recomendar uno de sus textos porque todos son valiosos. El más famoso es Lolita (evolución sofisticada de la muy estimable El hechicero) pero probablemente su obra maestra es Ada o el ardor. Una novela que no es una novela. Es una balsa lingüística, un hermoso pantano de palabras que desborda poesía y abundancia artística al tiempo que radiografía una época y formula una teoría sobre el incesto como fuente del amor original. Convirtiendo la lectura de sus páginas en un sendero por el lado luminoso del lenguaje. Algo lógico porque leer a Nabokov no es sólo aprovechar el tiempo. Es deleitarse. Saborear la lectura. En cierto modo, él es la música clásica de la literatura. Leerlo es parecido a pasar una tarde en el Prado o en el museo de Orsay. Volver a escuchar con delectación los sonidos procedentes de una vieja casa de música. Abrir el armario de la ropa de una casa antigua y exhalar con alegría los olores procedentes de la madera, las fotografías arrugadas, el papel de los cajones y de los vetustos vestidos. Shalam
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