Castillos melódicos
Me resultan fascinantes algunas de las extravagantes anécdotas que se escuchan sobre determinados grupos y discos de la historia del rock. No...
En realidad, desde la primera vez que la escuché, supe que la voz de Axil Rose era insólita. Una mezcla entre el sonido de una sirena de bomberos y una ventana oxidada abriéndose y cerrándose continuamente debido al viento que, extrañamente, funcionaba perfectamente para el rock.
La mayoría de las ocasiones, al ver hablar o moverse a Axil entre las multitudes, he tenido la impresión de que o bien iba a morir esa noche de una dosis de heroína o bien iba a entablar un terrible combate a muerte con un inmenso monstruo. Y que sólo le faltaba el martillo para convertirse en Thor y, de un golpe en el suelo, abrir los confines de la tierra y juntar los cielos con los mares.
Aunque, repito, pienso que ante todo, el secreto de Axil se encuentra en su tremendo talento musical y su voz. Una voz ideal para escarbar en el amor como en el odio. Entonar himnos racistas con orgullo y acaramelados textos amorosos con inaudita sensibilidad. Una voz que es tan potente y esquiva, visceral y creativa, que resulta imposible de imitar. Ha sido capaz tanto de interpretar y revivir clásicos olvidados de los 70 como de gritar en medio de un vendaval de guitarras como si estuviera anunciando el Apocalipsis. Y en general, ha hecho arder todo aquello que ha tocado. Porque en el mundo musical, Axil ha sido lo más parecido a un jinete de la muerte: alguien cuya finalidad era cortar cabezas o dejar con vida a sus enemigos tras hacerles vislumbrar lo que se esconde en el más allá pero, en ningún caso, dejarlos indemnes ante su presencia. Shalam
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