AVERÍA DE POLLOS: Inicio E Literatura E Unas cuantas lecturas (1)

Unas cuantas lecturas (1)

Feb 20, 2025 | 2 Comentarios

Dejo a continuación un avería sobre algunas de las últimas lecturas que he realizado. No sé si hace falta recordar que mi ánimo no es crítico. Yo no soy un crítico. Simplemente, de tanto en tanto, necesito dejar constancia de lo que voy leyendo. Más que nada porque me permite ordenar mi cerebro y sacar conclusiones que, de no dejar plasmadas, olvidaría. Se irían lejos, muy lejos, como se va la vida, (ese gorrión), o como se está yendo esta mañana.

Este es por cierto el primero de esta serie. Si Dios quiere, publicaré varios más en breve.

Unas cuantas lecturas (1)

Oriol Rosell. Un cortocircuito formidable. De los Kinks a Merzbow. Un continuum del ruido.

La historia del siglo XX es, en gran medida, la historia del ruido. No estoy frivolizando. Lo digo en serio. Lo saben bien los ruidistas. El gran concierto del siglo XX fue la explosión de la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki. Lo sabía David Lynch. Stockhausen también lo tenía muy claro. Lo preconizó en cierto sentido Luigi Russolo. Y lo han sabido inconscientemente (una cosa es saberlo y otra pensar en ello) todos los artistas que han tenido relación con el ruido a lo largo del pasado siglo. Que han sido muchos. Legión. Como los demonios bíblicos.

A mí me interesa muchísimo el ruido. El ruido en la literatura, en el cine. El ruido vital, el ruido psíquico. Joder, ¿Cómo no me va a interesar? ¡Está por todas partes! Pero obviamente donde ha ido más lejos el ruido es en la música. Ruido y música se aman y odian. Un día hablaré sobre esto.

En fin. Teniendo en cuenta su omnipresencia, resulta casi una osadía atreverse a retratar algunas de las metamorfosis, de las manifestaciones del ruido (no confundir, por supuesto, con ese simulacro llamado noise). Sólo por eso ya merece la pena leer el ensayo de Oriol Rosell. Un texto agudo, bien elaborado, también ameno (incluso divertido) pero, a su vez, profundo, lleno de reflexiones valiosas, muy bien trazadas sobre el ruido. Un libro que evita convertirse en una Enciclopedia. Es más bien un Lp. Una visión momentánea, lúcida y sesgada (¿podía ser de otro modo?) del tema. Algo meritorio porque el tema daba para un ensayo de esos gigantescos e interminables. Probablemente también insufribles.

Zanjaré rápido lo que deseo decir sobre el libro. Cualquiera interesado en la música popular debe tenerlo. No le va a estorbar en su biblioteca. Las confluencias entre artistas como Smegma, Nihilist Spam Band, Throbbing Gristle o el Lou Reed de Metal Machine Music quedan claras a lo largo del libro. También queda bastante clara la fuerza subversiva del ruido. Su potencia transgresora contra la civilización. Y, a su vez, su progresiva domesticación y los problemas para hacerse entender experimentados por unos cuantos grupos o colectivos que optaron por el aislamiento y la caricatura con tal de seguir provocando disrupciones en la sociedad contemporánea.

Me ha parecido, desde luego, un acierto (por inesperado) todo lo que tiene que ver con el riff de «You really got me», el primer gran éxito de The Kinks. El análisis que hace Rossell de cómo surgió el tema es realmente interesante. Sobre todo, porque focaliza bastante en el azar, ese azar objetivo del que hablaban los surrealistas, como detonante de un riff histriónico, frenético, sexual que ha vuelto locos a decenas de miles de jóvenes a lo largo de los tiempos.

Agradezco también que Oriol haya evitado hablar del Loveless de My Bloody Valentine. Una referencia tan obvia (y manoseada) que creo que no daba juego alguno. Ok. No quiero que se me malentienda. Me encanta Loveless. Creo que es un gran disco. Pero hablar de su relación con el ruido es casi como hacerlo sobre el sexo en un filme porno. Algo tan, tan manido que no da juego. Mucho mejor obviarlo. Sobre todo, porque hay decenas de grupos que han tenido una relación con el ruido tan o más intensa que la de la banda de Kevin Shields. Concretamente, Manowar o los grupos de black metal a los que Rosell dedica unas muy interesantes (y necesarias) reflexiones. Más que nada porque, a excepción de los ruidistas, tal vez de algún loco solitario como Merzbow y unos cuantos exploradores, no sé quién ha ido más lejos en su amor por el ruido que todos esos grupos surgidos del norte de Europa.

En fin. No deseo extenderme demasiado. ¿Para qué? Oriol Rosell cita en el libro una frase de Chantal Maillard. Es la siguiente: «Una mujer que es aplastada por el impacto de un sonido/ el sonido que hace una idea cuando vibra y se convierte en proyectil». La utiliza para sintetizar aquello que hicieron Throbbing Gristle en sus buenos tiempos. Me parece una notable definición de la trayectoria de aquel colectivo. También creo que es ideal para sintetizar y resumir el ensayo. Un libro que, a pesar de su coquetería, su cuidado diseño y sus vibrantes ideas es en el fondo un proyectil contra la sociedad de consumo, contra esta adocenada era del pop.

¡Más, más ruido por favor!

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Mark Baker. Nam. La guerra de Vietnam en palabras de los hombres y mujeres que lucharon en ella.

Nam es simplemente una barbaridad. Una puta locura. Es uno de esos libros que (tirando de tópicos) no es que describan la guerra. Son la guerra. Son las heridas de la guerra, los estómagos abiertos, la sangre suturando por todas partes del cuerpo, los ojos en blanco de nuestro mejor amigo muerto, los aullidos de los mutilados, las voces sordas de los jefes enmudecidos en medio del estruendo de las metralletas, los cuerpos de los niños destrozados.

Supuestamente, las guerras contribuyen a instaurar un orden. Nuevos órdenes. Resuelven conflictos. Pero son caos. Puro caos. Y crean nuevos conflictos. Nadie mejor que sus protagonistas para contarnos la locura, los absurdos, el horror de una guerra. Ese ese el gran mérito de Nam. Dejar hablar a los que fueron a Vietnam. Ponerles una grabadora delante y escucharlos.

Hay pasajes en Nam que ni el mejor novelista podría haber narrado mejor. Que ni al más ingenioso escritor se le hubieran ocurrido porque la realidad (y ese libro es la prueba) siempre, siempre supera a la ficción. Hay soldados que aterrizaron en una ciudad, estuvieron dos días patrullando de aquí para allá y, de repente, se encontraron en medio de un maremoto de balas y bombas. Abrían la mano y podían capturar con facilidad orejas, pies y ojos. Muchachos, casi adolescente, que vieron más muertos en un minuto que los que vamos a ver cualquiera de nosotros en varias vidas. Hombres pacíficos, enamorados, que se vieron disparando como locos, confundidos, a grupos de niños. Helicópteros que cayeron en barrancos acabando con las vidas de quienes soñaban con volver a su país. En fin. Locura y más locura. Caos.

En Nam hay pasajes absurdos, locura, muerte. Y, sobre todo, hay verdad. El libro se encuentra muy bien estructurado. Está dividido en tres partes. La preparación de los soldados antes de la guerra, Vietnam y el regreso a Norteamérica.

Esta división contribuye a que visualicemos el conflicto como un todo. La inconsciencia de los muchachos rebeldes, inmaduros antes de la guerra. La puta locura en Vietnam. Y la incomprensión al volver. Es, por ejemplo, realmente acongojante el relato de un veterano que enloqueció al escuchar en un cine unos disparos. También son desesperanzadores los testimonios de quienes se divorciaron o de los que tuvieron que realizar varios trabajos diarios para sobrevivir y, de tanto en tanto, se encontraban con jóvenes que los miraban con asco por haber ido a combatir al «agujero asiático».

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Juan Soto Ivars. Nadie se va a reír.

Hay libros que sería mejor que no hubieran existido. El de Juan Soto Ivars es uno de ellos. A ver, confío no ser malentendido. Nadie se va a reír es muy bueno. Claro, conciso. Se lee con sumo interés y rapidez. Está lleno de ingenio. Pero, en el fondo, da igual. Porque lamentablemente, lo que se cuenta en el libro, ocurrió. En un mundo justo, en un mundo sano, en un mundo que se hubiera sacudido el control de las ideologías, Nadie se va a reír no existiría. Pero, claro, si el mundo fuera sano y justo no existirían casi libros. Los pocos que hubiera serían oraciones de agradecimiento. La literatura sería una carta de amor continua, infinita o un folio vacío llenos de odas a los líderes.

¿Qué puedo decir a estas alturas de Nadie se va a reír? Del libro se ha hablado mucho. Repito, es muy bueno. Ok. Dicho está. Lamentablemente, Anónimo García (el antaño líder del colectivo Homo Velamine) continúa recabando fondos económicos de tanto en tanto para sufragar los gastos ocasionados por una condena que no es injusta sino lo que sigue. Por haber sido declarado culpable de un caso que debería haberse sobreseído al instante.

Para bien o para mal, España es diferente. El verano del 2016 en nuestro país no fue el del amor. No tuvo nombre tampoco de futbolista o de icono pop. No. No fue el de Madonna ni el de Zidane. El verano de 2016 fue el de la Manada. Un caso tan célebre que no merece la pena comentarlo.

A día de hoy, todos sabemos de qué hablamos cuando hablamos de la Manada. Los medios, como siempre, (sobre todo, desde Alcácer) fueron a saco. A tope. No se dejaron nada. Fueron más pornográficos que la pornografía, más abusivos que los abusadores. Violaron más intimidades que los violadores. Los medios dieron asco.

Un tipo, Anónimo Garcia, (miembro por aquel entonces del colectivo Homo Velamine) los denunció. No en los juzgados, claro. Los denunció con un mapa, con una página web: el tour de la Manada. Una página en la que denunciaba la pornografía de los medios, su locura. Denunciaba todo lo que Debord nos dijo (con razón) que debía ser denunciado. Lo podrido. El espectáculo del espectáculo. El espectáculo de lo sórdido.

Supongo que Anónimo pensaría que tal vez alguien se echaría unas risas con su nueva invención, el Tour de la manada, (esa obra maestra de la psicogeografía), como antes lo hicieron unos cuantos acérrimos (y no tan acérrimos) con varias de sus perfomances como aquella de los hipsters con Rajoy.

Probablemente ni siquiera pensara en eso. Los situacionistas van por otro camino. También, claro, los ultrarracionalistas.

La idea era poner de manifiesto el horror. Volvernos más lúcidos observando al enemigo: esos mass-media que no más que hablan de amor y son pura corrupción. Pero nadie entendió la broma. Bueno. Unos cuantos sí. Esos tipos que leen libros, que piensan. La escasa gente que queda con sentido común. Pero, desde luego, no lo hicieron ni los jueces, ni la fiscal, ni los periodistas, ni sus jefes de Greenpeace ni la abogada de la chica de la Manada.

Nadie en los juzgados se rió con aquel Tour. Nadie vio lo que era evidente. El ingenio, la ironía, la denuncia, la risa impotente. Los medios, como siempre, vieron lo que querían ver. Mejor dicho, impusieron lo que había que ver y pensar.

Seamos claros. Desde el momento en el que Anónimo fue acusado, desde el momento en que le llegó aquella demanda, estaba juzgado y condenado. No tenía una posibilidad.

Lo peor de todo es que lo que le ocurrió a Anónimo García podría haberle ocurrido a cualquiera. ¿Un país libre?  ¿Hay vida inteligente en España?

En fin, tal vez hoy, años después del verano de la Manada, lo ocurrido con Anónimo suscite sorpresa e indignación además de la indiferencia habitual en una sociedad apática. En el futuro, sin embargo, tal vez se lea este libro (y el caso) como hoy leemos El proceso de Kafka. Como una novela de terror. Un libro tan terrorífico que al final es casi cómico. Lo que relata Ivars allí se parece demasiado a El verdugo, el filme de Berlanga. Dan ganas de reír por no llorar.

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Chris Heath. Pet Shop Boys, literalmente.

Sí. Me gustan Pet Shop Boys. Recuerdo que afirmar esto hace años te granjeaba las miradas incrédulas y el desprecio por parte del público rockero. Directamente, era como mencionar a Satanás frente a un párroco en la iglesia. Algo por cierto que también me ha ocurrido entre el público popero cuando he hablado con pasión de Saxon, Slayer o Iron Maiden.

A decir verdad, no sé si han cambiado demasiado las cosas. El paso de los años suele fortificar nuestras obsesiones. No atenuarlas. Basta ver a los votantes de los partidos políticos o a los seguidores de los equipos de fútbol. Basta echar un vistazo a las redes sociales. Así que supongo que volveré a ser excomulgado una vez más.

Dicho esto, hay que reconocer que este libro no se lo pone difícil a los detractores de Pet Shop Boys. Se lo pone muy fácil. A huevo. Incluso ahora, ya maduros, ya mirando de reojo los años de la vejez, los discos de Pet Shop Boys siguen aportando frescura, ideas. Nonetheless, por ejemplo, me parece una delicia. Pero este libro da la razón a todos aquellos que los odiaban en su adolescencia. Porque, en cierto modo, es la Biblia del snobismo y de la insustancialidad. Intentaré explicarme.

Chris Heath hace realmente un buen trabajo. Da testimonio de una gira que fue un acontecimiento en el mundo del pop. La primera realizada por Pet Shop Boys. Un grupo que parecía carne de estudio, carne de hits. Alérgico a todos los rituales clásicos del mundo del rock. Y que en 1989, por primera vez, le sacaron al dedo a su miedo escénico y su perfeccionismo e hicieron unos cuantos conciertos en Japón y en su propio país.

El problema del libro no es Heath. El tipo hace lo que puede. Está en todos lados. Va a todas las fiestas. Asiste a los ensayos. No se pierde un concierto. Su lenguaje es claro, conciso. Es un buen testigo. De hecho, apenas formula opiniones. No se entromete mucho. Sabe cuál es su papel. Pero tanto Neil Tennant como Chris Lowe se lo ponen muy difícil con su frivolidad, con sus caprichos, con sus declaraciones tan inteligentes como insustanciales. Con ese snobismo prefabricado, poco natural, muy consciente de sí mismo (tan británico) que tal vez guste a sus fans pero a los neutrales lo más lógico es que les parezca tan irritante como intrascendente.

¡Joder! Estoy ahora mismo leyendo la biografía de Geddy Lee (el vocalista y bajista de Rush) y hay un abismo entre ambos libros.

En fin, para bien o para mal, Pet Shop Boys son únicos. El libro lo demuestra. Supongo que a sus fans les gustará. Pero el resto que ni se acerquen. No me extraña que en su momento hubiera unos cuantos rockeros (pienso en un querido drugo) que se preciaban de rayar los discos de Pet Shop Boys en las tiendas. Después de leer este libro, los comprendo y les doy la absolución. ¡Yo también lo haría! Shalam

إن محاربة المتعة أصعب من محاربة الغضب

Es más difícil luchar contra el placer que contra la ira

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1imagen….esta imagen la tiene como señal-pista referente «cabeza borradora» en su habitacion…..
    2imagen….esto que hago se lo agradezco a la mesa de mezcla que veis delante mia (electronica)……
    3imagen….y pensar que antes de la electronica hinchando el pecho llenaban el lugar de «ruido»….the kinks no es «ruido» es ritmo «you really got me»…en un campo de juego se producen lesiones acusticas….
    4imagen….»ruido» y m.a.s.h (no deseado)……
    5imagen….»olor»….(bombas de gasolina gelatinosa)…napalm..y bazooka siempre en la boca…sonrisa…
    6imagen….»el ultimo caballo» 1950- edgar neville-(fernando fernan gomez)…..
    7imagen…happening politico….(no me conduce el pensamiento)..
    8imagen…un billete de 50€ lo partes por la mitad y un trozo para cada uno….(buenos hermanos)….
    9imagen….boxeador y manager con el guante de michael jackson en el hombro….
    PD….https://www.youtube.com/watch?v=UmAqmBTW_5w….sin electronica, a pecho hinchado, llegar hasta la ultima fila del teatro….(significado)….no me confundo….en 1952….

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    • Alejandro Hermosilla

      1) Este es el momento en el que el ruido copula el espacio y el mundo. ¡Aquí el espermatozoide! 2) El ruido produce aislamiento. Yo estoy aislado y soy el encargado de aislaros. 3) Creo que Oriol no se refiere a The kinks ni la trayectoria del grupo. Se refiere concretamente al riff de you really got me. En el libro explica bien cómo surge la distorsión allí. Tiene sentido. 4) De surfear en California a Vietnam. Las olas de la guerra. 5) Esto no es un videojuego. Cambio y corto. Esto no es un videojuego. 6) Caminamos , caminamos y también cabalgamos. Don Quijote y Rocinante. 7) Pantomima full. En este caso, un sketch sobre Pantomima. 8) Italo disco más house: Introspective. Discazo. 9) Folklórica kitsch y moderno kitsch. Más allá de Azul y Negro PD: Manuel Banderas. Las cosas del querer

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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