Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Hace ya demasiado tiempo que Rimbaud no es un problema para la sociedad occidental. Que no es ni un jeroglífico y probablemente tampoco un creador o un enigma. Rimbaud de hecho es una consigna. Un slogan no necesariamente relacionado con su existencia. Es una marca. Un espíritu que se dice que recorre la literatura más viva y rebelde del siglo XX aunque no obstante, resulta difícil calibrar exactamente cuáles son sus huellas y marcas. Tanto es así que muchos la encuentran en el humo que emerge del hachís, otros en los prostíbulos y suburbios de las ciudades e incluso en unos pantalones sucios y rotos o en las cárceles llenas de asesinos y chaperos.
Rimbaud es la estrella solitaria de la poesía moderna. La incontaminada. Casi el principito del realismo sucio. La flecha veraz, salvaje, inocente y despreocupada del arte contra la industria. El recuerdo de los ángeles caídos. La anunciación de la llegada del cielo a la tierra y viceversa. Es el poeta que -más allá de su poesía e incluso de su talento- vislumbra la decadencia occidental y la transforma en un estado etéreo, sí, pero también definitivo.
Por todo ello, Rimbaud no es ya un poeta -y menos aún unos poemas o una escritura- sino una palabra mágica. Una contraseña. Una consigna. Una bala que todo amante (y crítico) del arte guarda en su gabán para utilizar en el momento adecuado. Casi una frase hecha. Un despojo que no es tal despojo. Otra prueba más de que no se lee a los poetas sino a las imágenes que guardamos de ellos.
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