Dejo a continuación un nuevo avería sobre la visita que llevé a cabo del museo Yves Saint-laurent de Marrakech hace un mes. Debido a su extensión y a que no creo que sea conveniente abrumar al lector, lo dividiré en dos partes. Hoy publico la primera y en breve la segunda.

Un jardín árabe (1)
Hace un mes aproximadamente estuve en el museo Yves Saint-Laurent de Marrakech. El mismo se encuentra junto al célebre jardín Majorelle. Un mágico vergel botánico creado por el pintor Jacques Majorelle a principios de siglo XX junto al que el arquitecto Paul Sinoir diseñó un moderno chalet de estilo Art Decó (Villa Oasis) que fue restaurado (cuando amenazaba ruina) con un gusto exquisito por Yves Saint-Laurent y su pareja, Charles Bergier, en los ochenta.
En Marrakech todo se negocia. Hay precios fijos, sí, pero la mayoría son volubles. La noche anterior a la visita al museo el amigo con el que viajaba y yo paramos a cenar en una calle llena de puestos callejeros. La cena de ambos ascendía aproximadamente a siete euros. Pero cuando fuimos a pagar nos dijeron que costaba quince. Obviamente, como conocemos la idiosincrasia marroquí, no nos enojamos. Nos reímos y le recordamos al cocinero y dueño el precio que nos había dicho media hora atrás.
De repente, como suele pasar, nos dijo que había tenido un descuido y nos dejó la cena en diez euros. Y cuando vio que le continuábamos mirando divertidos pero no estábamos dispuestos a ceder hizo el habitual número de la calculadora. Sacó una, comenzó a poner los precios y, de repente, ¡Voilá!, la cena volvía a costar siete euros. Simplemente había tenido un error con la cabeza. Estaba muy ocupado. ¡Ya se sabe! ¡Ja, ja, ja!

Si cuento esto es simplemente para que el lector se haga una idea de cómo funcionan ciertos asuntos en Marrakech. Si, de repente, una comida o cena en un barrio pobre y sucio, (un poco alejado de los centros turísticos), dobla su precio por arte de magia en unos minutos, se comprenderá mejor qué es lo que ocurre cuando uno es europeo, para un taxi y pide que lo lleven a un espacio situado en una de las zonas más caras de la ciudad como es el caso del jardín Majorelle.
Basta pronunciar la palabra Majorelle a un taxista para que un viaje que cuesta dos euros pase a costar diez. Así que toca armarse de paciencia. Después de media hora, un taxista nos acercó por tres o cuatro euros.
En fin. Cualquiera se dará cuenta de que que cuando uno va a lugares como Majorelle, debe ir preparado a soltar dinero. Tanto el museo como el jardín cuestan cuatro o cinco veces el precio de un museo normal en Marruecos. Sus precios son más propios de París que del país africano. Y eso hace que, de repente, a nuestro lado, ya no caminen saltimbanquis, vendedores agitados, encantadores de serpientes o músicos ambulantes sino europeos, (en ocasiones incluso altivos, fríos y elegantes europeos). Con todo lo bueno y lo malo que esto conlleva consigo.

De repente, Marruecos se convierte en Europa. Mejor dicho, en un barrio chic de Europa. Nada más entrar, por ejemplo, al museo del modisto tenía junto a mí a dos o tres francesas vestidas con trajes elegantes y caros que iban observando con minuciosidad cada uno de los diseños creados por el modisto franco-argelino expuestos allí.
El contraste entre lo que se vive habitualmente en Marrakech y lo que ocurre cerca de Majorelle es demasiado grande. Así que me pareció normal que mi amigo se negara a entrar al museo y prefiriera quedarse en un café charlando con el típico marroquí vivaracho. Yo, de hecho, si no escribiera en avería habitualmente tampoco me hubiera acercado a Majorelle. Si entré fue porque me pareció interesante escribir un avería a este respecto. Quiero aclarar, eso sí, que no llegué a visitar el jardín (eso queda para otro viaje). Tan sólo me adentré en el museo dedicado a la obra del célebre modisto.
En realidad, una vez que logré abstraerme del ambiente y concentrarme en las fotografías de actores cuyo vestuario había sido diseñado por Yves Saint Laurent o los vestidos allí expuestos he de reconocer que disfruté mi estancia. A estas alturas, Yves Saint Laurent remite más una corporación empresarial que a un artista con una sensibilidad especial. Yves Saint Laurent es otro logo neoliberal. Vacío tal vez de contenido. Pero, repito, si uno logra abstraerse del snobismo que rodea a los admiradores de su figura y al museo, es posible disfrutar de una grata experiencia.
Los trajes de Yves Saint Laurent impresionan. Se ha dicho muchas veces pero nunca está de más volver a repetirlo. El modisto nació en Argelia y no hubo un país donde fuera más dichoso que en Marruecos. Yves ganó renombre gracias a las pasarelas europeas. Desde que fue adoptado por Dior se convirtió en el niño prodigio de la moda parisina. Una estrella. Yves logró crear un imperio debido a Europa y Norteamérica. Pero donde su alma realmente descansaba era en Marruecos. Europa era tensión. También dinero y trabajo. Mujeres fascinantes, viejos nobles, burgueses, cultura. Pero Marruecos era ocio disipado, recreo, un lugar ancestral en el que reconstruirse. África era tribu. Un mundo primitivo que aportaba humanidad, fortaleza y hacía olvidar a Yves las frivolidades del mundo de la moda.
Yves Saint Laurent dotó siempre de un cierto aura de misterio a sus trajes. El secreto de la elegancia de sus diseños no sólo radica en la finura y sutileza del corte. También en el misterio que lograba imprimir a cada una de sus creaciones. Un misterio que tenía mucho ver con sus años de crianza en Orán. Su infancia en un país árabe en el que se familiarizó con los tejidos orientales y una suntuosa y equilibrada manera de vestir el cuerpo o decorar las casas e iglesias sin sobrecarga alguna de imágenes o símbolos.

Hay algo muy solemne en sus vestidos. También hay desenfado. Por supuesto. Sobre todo desde que voló por libre. Lejos de la casa Dior. En cualquier caso, la elegancia muda, casi religiosa, que era capaz de imprimir a sus trajes era propia de los países árabes. También los colores (o mejor dicho, la forma de jugar con los colores) utilizados por Saint Laurent eran muy africanos.
Cualquiera que pase unos días en Marrakech no tardará en tomar conciencia de la infinidad de especias de los platos de comida propios del país marroquí. Platos sencillos pero al mismo tiempo llenos de sabores variados. Algo parecido ocurría con los trajes de Yves Saint-Laurent. Incluso el más sofisticado y simple gozaba de ciertos detalles que lo hacían irresistible y llamativo. En esos detalles se encuentra la marca, el sello de Yves. En un ornamento, un delicado corte, un verde más vivo de lo habitual.
La influencia de la cultura árabe sobre Yves también fue decisiva para marcar un camino de ruptura frente los diseños de Dior. El corte de los vestidos de Dior era mucho más clásico. Muchos de sus vestidos remitían a la Belle époque o a la alta cultura europea. El clasicismo y el romanticismo se conjugaban a la perfección en sus trajes. Dior podría haberse encargado de la vestimenta de los primeros filmes de Alain Resnais o de algún filme de Max Ophüls. Yves Saint Laurent, sin embargo, introdujo en principio un toque de fantasía, un tanto surreal y a veces incluso psicodélico a esos diseños. Y más tarde aportó un toque juguetón y posmoderno, casi mestizo, que convirtió a la costura en terreno fronterizo de encuentros culturales.
Dior vestía a las mujeres francesas, austriacas, italianas. A la mujer blanca. Los trajes de Yves Saint Laurent sin embargo parecían destinados a las mujeres de todas las razas. Graces Jones, por ejemplo, hubiera tenido que hacer un pequeño esfuerzo para quedar bien dentro de un traje de Dior. Puede uno imaginarse a Grace y Dior discutiendo de tanto en tanto en el caso hipotético de que hubieran coincidido. Sin embargo, Grace e Yves se llevaban de maravillaban. Conectaron al instante y cuando les fue posible colaboraron en todo tipo de proyectos. Para Yves, Grace era una andrógina pantera lunar y para Grace, Yves un diabólico mago con un talento única para ser capaz de sacar lo mejor de sí misma. Muchos de los trajes de Yves Saint Laurent le sentaban como un guante a la musa jamaicana. Eran algo parecido a su segunda piel. Ropa urbana y exótica adecuada a su personalidad rebelde e indomable. Alguien capaz de lucir marchamo vanguardista y peligroso tanto en Berlín como en Nueva York y al mismo tiempo remitir a la pureza de la África negra. Al marfil y al caucho. Shalam
لا شيء أكثر حرية من الخيال البشري
Nada es más libre que la imaginación humana






1imagen….quien me siga no me descubrira…..
2imagen….verde, el color de la naturaleza….(de la vida, es lo que dicen los africanos septentrionales en europa)….
3imagen….esto lo hubiera puesto fellini en sus recuerdos….un fangal (remolino)……
4imagen….una encima de otra, vertical, por orden….el circulo y su sombra…..
5imagen….felicidad oriental de un colono occidental……
6imagen….cruzado asimetrico, cruzado asimetrico y redondo simetrico……
7imagen….parece que siempre se cumple lo de la elegancia de lo simple….si te digo la verdad la verdadera rebeldia de y.s.l.es juntar dos colores que se matan o sea un fucsia y un colorao…..
PD…..maurice chevalier….y´a d´la joie…….1937….
https://www.youtube.com/watch?v=jiSiFPpJC6E…..
1) Hay un sabor sensible en Francia que vengo a descubrir en África. 2) Caftán para hombre. Posible foto de contraportada de revista parecida a Vogue pero con más marchamo de calidad. 3) El inconsciente colectivo del mundo árabe. Una fiesta expresionista para un alemán. 4) Moda. Pet Shop Boys. New York. ¿Qué busca la gente en un traje? 5) Una de esas escasas parejas que se percibe que se llevan muy bien. Amor marroquí-francés. jjaja 6) El ataque de las mujeres chinas oscuras. Posible portada de un número de El hombre enmascarado. 7) Negro fantasía. Suena «La vie en Rose». Grace Jones. PD: Bonito número. La imagen de la mujer llegando al teatro tan poética. La voz recuerda a lo lejos a la de Brel. El aspecto al cantante de El padrino. Puzo. Un señor divertido. Un artista.