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Salto al vacío

Abr 4, 2026 | 2 Comentarios

Si no me equivoco, esta célebre fotografía de Yves Klein hace referencia a la posibilidad del ser humano de romper las leyes de la gravedad. El artista francés estaba obsesionado con la llegada de una nueva época en la que las personas se liberaran completamente de sus cadenas; los habitantes de los tiempos modernos estarían destinados incluso a volar. El vuelo, lógicamente, era una metáfora de la liberación total, la ingravidez absoluta y la levedad.

En realidad, Klein actualizaba aquí, contra su voluntad, el mito de Ícaro: como sabemos, Dédalo y su hijo Ícaro, confinados en la isla de Creta, lograron huir de allí con alas de plumas y cera. Dédalo advirtió a Ícaro que no volara demasiado alto, pero este desobedeció: el sol derritió la cera, Ícaro cayó y pereció en el Mar Egeo. Una vez más, una metáfora de los límites físicos (y quizá existenciales) de la humanidad.

Si nos fijamos, la obra de Klein parece haberse convertido, más que en una demostración de las teorías y exégesis del artista, en su contrario. Hoy es más fácil ver en Klein una encarnación moderna de Ícaro que un vanguardista triunfador. De hecho, resulta tentador —y hasta más sencillo— interpretar su celebrada (y, a la vez, maravillosa) fotografía como una metáfora del suicidio contemporáneo: una ilustración involuntaria de ciertos pasajes de la obra de Thomas Bernhard, un escritor que llenaba sus novelas de seres al filo del abismo, de neuróticos, trastornados y suicidas.

Todo aquel que se cree más que Dios tiene algo de loco y enfermo. De algún modo, Leonardo Da Vinci ya advirtió de este peligro y, como todos los genios, desafió a la ciencia de la época y a las divinidades de forma prudente. Su ornitóptero, un aparato diseñado para batir alas como un pájaro, nunca llegó a volar, pero terminó por inspirar el futuro helicóptero.

Las diferencias entre Klein y Da Vinci son más que ostensibles. En Da Vinci, el ser humano utilizaba una máquina para intentar alzar el vuelo y en Klein, él mismo se tiraba a los aires. Da Vinci era fáustico y Klein, tal vez sin saberlo, era un nihilista sin remedio. Alguien que, pretendiendo retratar la agilidad moderna, a un nuevo hombre sin cadenas, describió en su fotografía a la perfección al suicida contemporáneo. Además, reflejó el riesgo de disolverse en la nada de tantas vanguardias. Su caída prefiguraba la situación de los artistas modernos, lanzados sin red, abocados a veces a la autoaniquilación o a la pura performance.

A día de hoy, Klein es nuestro contemporáneo por los sugestivos y exquisitos matices que logró con sus azules cromáticos y sus afamadas performances, pero si es un visionario, si es alguien al que merece no perder de vista, es por sus equivocaciones. Porque sus intuiciones erradas reflejan perfectamente las conclusiones desacertadas de toda una época. La modernidad, vuelvo a insistirlo, se empeñó en encumbrar al ser humano, prometió divinizarlo a cambio de sustraerle el alma. Algo que, por cierto, reflejó de manera muy bella y simbólica Andrei Tarkovski en la magistral escena con la que abría su Andrei Rublev.

Las consecuencias se encuentran visibles por todas partes. Por aquí y por allá aparecen seres humanos confundidos, mentes que parecen haber sido despedazadas en talleres automovilísticos. La confusión reina. Las conversaciones se pierden en medio de un vacío cortante. El hombre que pretendía volar, omnipotente y libre, es probablemente el más sumiso y dependiente que se ha conocido jamás. La depresión es la enfermedad más común. Las pastillas ansiolíticas se han transformado en un complemento de moda. Por aquí y por allá, se escuchan noticias de alguien que se suspendió por el vacío, que se dejó ir, que se tomó un frasco de pastillas, se ahorcó o se tiró por los aires.

Aquí en La Manga, hace poco se suicidó un conocido. Su vida, su alma, era digna de novela de Dostoievski. Había algo en él muy trágico. Hace años entró en la cárcel por asesinar a un hombre. Unos colombianos habían cobrado un trabajo a una amiga suya pero pasaban los meses y no lo hacían. Al entrar en su taller, lo amenazaron con un puñal y este señor agarró un gancho de hierro y se lo clavó a uno de ellos en el pecho, con tan mala suerte que acabó con su vida.

En la cárcel, entre muchas otras personas, conoció a una mujer enganchada a la heroína con la que hizo cierta amistad. Probablemente más que amistad. Cuando salió de la prisión, intentó rehacer su vida. Acabó en La Manga. Había tenido empresas de transporte y construcción en el norte de España. Estaba arruinado y se ganaba la vida como podía. A mí me cobraba un precio módico por llevarme en su coche particular (de segunda mano) a Murcia o Cartagena cuando lo necesitaba.

Al poco tiempo, se enamoró de una jubilada con la que se le veía contento, renacido. Pero sus hijos la separaron de él. No les gustaba, creían que su herencia peligraba y amenazaron a su madre con no verla más. Como consecuencia, este señor comenzó a perder el norte. Se lo veía desorientado, con ojos tristes, intentando canalizar este nuevo golpe del destino. Al poco, la toxicómana que había conocido en la cárcel reapareció en su vida. Intentó ayudarla, conseguirle trabajo como limpiadora y la introdujo en la casa que alquilaba. Mala decisión. Desde entonces, su vida se convirtió en un infierno. Ella estaba desequilibrada. Necesitaba drogarse. Se despertaba a medianoche gritando. Las peleas se sucedían. Los gritos. Un día la ropa de este señor apareció quemada en la basura. Me pidió unos pantalones y una camisa para pasar unos días.

Con el tiempo, esta mujer lo denunció. Había sido golpeada. Un modo de tenerlo controlado. Este señor no podía aproximarse a ella. Algo que ella utilizaba para sus fines egoístas. Lo perseguía, se le aparecía por sorpresa para pedirle que le diera su pensión. Uno de los hijos de esta mujer también lo amenazaba.

Hace unos meses me lo encontré y parecía un vagabundo. No sabía dónde esconderse. Les daba la mitad de la pensión y desaparecía por miedo a pasar hambre. No pagaba el alquiler. Iba a ser desahuciado. Tenía un aspecto sucio. Apenas reía. Me mostró un mensaje del hijo amenazándolo. Intentó inútilmente denunciarlo a la policía.

Una mañana, a finales de mes, la mujer se presentó como de costumbre para pedirle que le diera el dinero de su pensión. Él se negó y ella comenzó a gritar como una posesa. Recibió varios golpes. Gritó más. «La iban a matar», decía. Apareció la policía. Mi amigo seguía teniendo una orden de alejamiento. Le esperaba la cárcel. Pero aún peor, la vida. Esa vida que lo había convertido en un paria. Así que no aguantó más y se tiró por la ventana. En los informativos contemplé con tristeza el charco de sangre que el impacto de su cabeza con la calzada había dejado. ¡Tremendo! Pensé en alguna de esas violentas, cáusticas canciones de Surfin’ Bichos. Torbellinos emocionales. También, claro, pensé en Cela. Las entrañas de la tierra, el hígado caído.

Los informativos, como una centrifugadora sin alma, hablaron de un caso más de violencia de género, de una mujer maltratada que había necesitado atención médica por un trastorno de ansiedad provocado probablemente por la violencia de su atormentado compañero.

Todos en el fondo sabemos bien el motivo real de aquella muerte pero ningún medio oficial lo dirá. Lo esconderá. ¿Cuántos Ícaros más hay deslizándose por los cielos que no conocemos? ¿Cuántos Ícaros, hoy, caen sin que nadie lo diga en voz alta? Un gran problema. Al fin y al cabo, comprender la verdad siempre ayuda al ser humano. Esconderla, lo pervierte. Nuestra sociedad vive en la ideología, en la perversión y, por tanto, en la confusión, en la mentira. Vive al revés.

En esas condiciones, lo más probable es que los suicidios continúen creciendo. También las depresiones y la soledad. Algo que acaso la misma muerte de Klein parecía predecir.

Como es sabido, el artista francés murió a la edad temprana de 34 años tras una serie de infartos. Curiosamente, hay quienes piensan que la causa de su muerte se debió a la toxicidad de las pinturas que utilizaba para componer sus obras. Un modo más de subrayar al ser humano su fragilidad. Lo grotesco que resulta que quiera compararse a los dioses o llegar a superarlos. Querer volar más allá de todos los límites, a menudo termina recordándonos la naturaleza última del cuerpo y del alma humana. Polvo somos y en polvo nos convertiremos. Shalam

فكّر في الصباح، واعمل في منتصف النهار، وتناول الطعام في فترة ما بعد الظهر، ونم في الليل.

Piensa por la mañana, obra al mediodía, come por la tarde y duerme por la noche

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1imagen…a esta posicion se le llama «el cristo» o «el santo» por algo sera…
    2imagen…proceso de filmacion….(acto onirico)…
    3imagen….el primer sueño (surrealismo)….
    4imagen….libelula (helices horizontales) en vinci….
    5imagen..ocho y medio..fellini1963…andrei rubliov..tarkovski..1969
    renacimiento……
    6imagen…eutanasia ultimo paolo sorrentino..»la grazia» 2025 ..https://www.youtube.com/watch?v=nrGOV_EKHag
    7imagen….viaje con nosotros a otro lugar a mil y un lugar….jajajjj
    8imagen…le falta un pelo para los ojos de don salvador dali…jajajj
    un huevo por cinco lobitos azul (klein)…..
    PD…8 1/2…los tres primeros minutos….tambien de andrei rubliev..
    https://www.youtube.com/watch?v=6TsElhgMeXE
    que maravilla expresiva (cristal y jazz)…viento sound….(el primer sueño)….jajajjj

    Responder
    • Alejandro Hermosilla

      1) El gesto del inconsciente. Soy más que Dios. La viva imagen del mundo moderno. Bello mundo moderno. 2) El cristo o el santo. ¿Así se le llama? Bueno. Falleció un año después de los 33. 3) La nueva caída del paraíso. 4) jja.. sí.. insecto volador que podría aparecer en la nueva versión que nunca se hizo de Dune. 5) La grandeza del Medievo. Un mundo sagrado. Diablo y Dios frente a frente. 6) Los desheredados de la tierra. Comerás tus manos.7) algunos de los bares de la Manga en invierno..jaj y no lo digo de broma. 8) ¿Fraude o genio? Probablemente ni una cosa ni otra. Propagaganda a tope. PD: Muy bien traída la gracia de Sorrentino. El eterno actor de Sorrentino de nuevo allí. Italia. ¿Dónde están Fellini, Pasolini, Rossellini? Buff. impresionante comienzo de ocho y medio. Onírico, misterioso, elegante.

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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