Dejo a continuación un nuevo avería dedicado al Camino de Santiago que recientemente realicé. En esta ocasión, me ocuparé del día 26. ¡Ahí voy!
Un Camino. Día26.
Domingo 10 de agosto
El domingo 10 de agosto David y yo nos despertamos un poco tarde. Alrededor de las 7,30 de la mañana. Es una osadía porque nada indica que el calor vaya a remitir. Es cierto que el amanecer en Monreal es fresco (hace un poco de rocío) pero no es más que un breve espejismo. Cuando volvemos de desayunar no tenemos más opción que quitarnos nuestros impermeables y aligerar nuestra vestimenta en lo posible. Son ya las 9 y vamos con cierto retraso.
Los peregrinos maños han sido mucho más prudentes que nosotros. Partieron hace dos o tres horas. No importa. David y yo llegamos al albergue a medianoche y yo al menos necesitaba descansar bien. Física y, sobre todo, psicológicamente. Más que nada porque hoy el Camino aragonés confluye con el Francés en Obanos. Pocos kilómetros antes de llegar al destino final de la etapa de hoy: Puente la Reina. A partir de ese momento, los albergues estarán muy concurridos y el Camino dejará de ser una experiencia solitaria e íntima compartida por pocos. Así que prefiero demorar la llegada lo más posible.

Hace siglos el encuentro entre los peregrinos de ambas rutas era motivo de alegría. Los abrazos se sucedían entre hermanos de fe que se sentían más fuertes y acompañados caminando en grupo. Existían más posibilidades de enfrentar a maleantes o de no perderse. Hoy diría que este encuentro es más bien un fenómeno inquietante. El auge del turismo de masas que ha llegado también al Camino produce más desencuentros y malestar que buenaventura y emocionantes catarsis. No obstante, el Camino es una vía tan mágica, es un ruta tan trascendente y sobrenatural, que es capaz de sobreponerse a los avatares de nuestra frívola época. Al fin y al cabo, de lo que se trata es de caminar. De seres humanos caminando por las vías y entrañas de la tierra. Casi todos con su propio propósito. Con fé, con sus propios ideales.
David y yo tenemos por delante más de 30 kilómetros. Es la primera vez que vamos a caminar un día completo juntos. Así que le pregunto si le molesta que ponga música. Sus respuestas suelen ser lacónicas. «Hay momentos para estar en silencio y otros para la música. Un arte al fin y al cabo. Una manifestación divina». Este lo es. Hay que reconocer, de hecho, que ayuda a reestablecer el ánimo. David, no obstante, no pareciera necesitar este salvoconducto puesto que camina abstraído de todo. Lo hace como el que ha nacido para caminar. Aquel que ha encontrado su destino peregrinando. Algo bastante exacto pues me comenta que cuando tenía 23 años trabajaba como vigilante en una escuela. Allí, una mujer mayor le leyó la mano y le comentó precisamente esto. Que su vida estaría llena de caminos. Que no cesaría de andar.
En verdad, recorrer con él esta vía es una experiencia. Lo hace con unas sandalias y completamente armonizado con las rutas por las que se desplaza. Tiene un ligero aire de peregrino medieval. Si no fuera por la música que emerge de mi mochila, me atrevería a afirmar que he retrocedido varios siglos. David parece, de hecho, un caballero buscando un perfume, una rosa, cierto elixir mágico. Otras también (justo es reconocerlo) un hombre abatido, con una historia detrás que expurgar.

Los primeros 13 kilómetros son rompepiernas. No son excesivamente duros pero desgastan. Es hermoso caminar por la sierra de Alaiz o el valle que se abre junto a Yárnoz. El sol todavía no golpea con fuerza. Así que disfruto mucho de mi paso por Guerendiáin. Localidad en la que un gran número de casas se encuentran decoradas con geranios y símbolos jacobeos. Aunque no descansamos hasta llegar a Tiebas donde se alzan inquietantemente las ruinas de un castillo construido en el siglo XIII por Teobaldo II de Navarra que sufrió innumerables daños (incendios, bombas, asedios) a lo largo del tiempo que, unidos al descuido, lo han hecho casi irrecuperable. Allí me espera David que, como se comprenderá, camina a un ritmo mucho mayor que el mío. Pero tal vez está menos acostumbrado al calor. Pues en cuanto ve una fuente o una vertiente de un río no duda en remojarse la cabeza y, si es posible, refresca el cuerpo entero.
A estas alturas, el sol ha vuelto a convertirse en un insolente merodeador. El calor se torna insoportable. Casi que dan ganas de buscar un recodo y dormir. David sin embargo continúa su ruta imperturbable. Tan sólo emite una frase que nunca olvidaré. «Un verdadero peregrino no se queja del calor, camina con calor. Tampoco se queja del frío, camina con frío. Y por supuesto tampoco se lamenta de la lluvia, camina con lluvia. ¡Un peregrino camina y punto!» ¡Buena filosofía! Parece un aforismo extraído de un libro zen.

Ambos nos ponemos de acuerdo en detenernos para comer algo en Olcoz. Pero cuando llegamos al lugar donde debería haber un bar, una mujer afable nos indica que ahora es un centro cultural y no sirven comidas ni bebidas. En realidad, tal vez no me dijo esto. Puede que se refiriera a otro asunto. ¿Quién sabe? Yo, desde luego, lo desconozco. Lo que es seguro es que comienzo a estar mareado debido al calor y a que debemos descender durante varios kilómetros hasta llegar a Eneriz, donde sí tendríamos que poder comer.
El sol, a estas alturas, quema. Destroza mentes y cuerpos. David no se lamenta. Camina a un ritmo vertiginoso por un recodo montañoso. Yo no puedo seguirlo. Se me va. Pero lo intento. No quiero perderlo y no tengo otro remedio que correr tras él. La imagen, supongo, que debe ser cómica. Un peregrino, David, caminando con sandalias y otro corriendo detrás con buenos deportivos. Esa es ni más ni menos la diferencia que hay entre nosotros. Corro con una mezcla de alegría e inconsciencia sin mirar el paisaje. Atento únicamente a las sandalias de David. De tanto en tanto, siento pinchazos en el pie izquierdo a los que no doy importancia. Pero mientras saboreo un pincho de tortilla y una buena cerveza en Enériz compruebo que las molestias van a más. El pie izquierdo comienza a gritar. ¡Qué gran error el mío! Cada Camino es diferente al de los demás. Pero por algún motivo las personas nos castigamos cuando se diferencian.Se trata de ir caminando a tiempo para nuestro proposito. No para el del mundo ni para el de los demás. «No todos los amaneceres ocurren a la misma hora», rezaba aquel vídeo bíblico que escuché en Sarsamarcuello.
No hay tiempo, no obstante, para lamentos. Son más de las 3 de la tarde. El sol es una barrena. Un mortero. Una enfermedad. Destroza el espíritu. Pero hay que continuar caminando para llegar a Puente de la Reina. Obviamente, debido a las horas y al calor, no encontramos a ningún peregrino en Obanos. Todos deben encontrarse a buen resguardo en los albergues. David y yo continuamos nuestra ruta casi como exiliados del paraíso. Pareciéramos dos espíritus perdidos. Pero seguimos. Mi pie izquierdo no mejora lógicamente. Grita. Se queja de manera insistente. Y casi que me obliga a cojear. No importa. Sólo pienso en llegar a Puente de la Reina. Estoy destrozado. En esas condiciones no he podido lógicamente prestar atención a la célebre iglesia de Santa María de Eunate. Un templo cuya planta octogonal y estructura es casi única en España. Lo que ha despertado todo tipo de hipótesis esotéricas sobre su construcción y uso en las que no tengo tiempo que pensar. ¿Habrá otra ocasión?

Tampoco por supuesto me encuentro con el mejor ánimo para profundizar en el Misterio de Obanos. Una representación teatral basada en una obra literaria urdida por Manuel Iribarren, inspirándose en la leyenda de la peregrinación a Santiago realizada por la princesa Felicia de Aquitania: Misterio de San Guillén y Santa Felicia. La historia se centra en dos nobles. Dos hermanos. Felicia decide dejar su vida acomodada, convertirse en peregrina y poner su vida al servicio de los pobres. Su hermano no comprenderá esta decisión y la asesinará. Pero con el tiempo intentará lavar su culpa peregrinando a Santiago y convirtiéndose en ermitaño.
En fin. Deliciosos bocados y misterios de la España ancestral.

En Puente la Reina no presto en principio atención a los muchos peregrinos que se encuentran en el albergue donde nos alojamos. El de los padres reparadores. ¡Hermoso nombre! Me regocija, eso sí, saber que este año al parecer hay menos peregrinos que de costumbre en estas fechas. Tanto los españoles como los extranjeros temen con razón al mes de agosto. Así que esta temporada no hay masificación. Una circunstancia que no puedo valorar como merece porque me cuesta mucho mover el pie izquierdo. Paso 10 minutos en la ducha aplicándole agua fría. Luego salgo al jardín del albergue y lo remojo en una pequeña fuente. David me anima a visitar alguna iglesia. Lo hago. Pero mi preocupación va a más. Así que, lamentablemente, cuando accedo a la de Santiago el mayor no lo hago para contemplar las obras allí expuestas, su retablo barroco, los techos de bovedas estellas del gótico tardío o vislumbrar sus dos portadas de origen románico sino a rezar. A rogar por terminar el Camino. A implorar. Puente de la Reina me es indiferente. Ahora sólo me importa el pie. Me preocupa que la lesión sea grave. Tampoco puedo pensar con demasiada claridad porque si bien los peregrinos no son multitud sí que hay bastantes y yo estoy muy cansado. En fin. Tampoco hay que exagerar.

Le doy dinero a David y le pido por favor si él puede hacer la cena. Busco un nolotil. Gavi, uno de los peregrinos maños, me proporciona uno. Intento relajarme. La salsa que David ha preparado con los espaguetis es exquisita. No me extraña. Según me comenta trabajó durante varios inviernos en restaurantes situados en estaciones de esquí de toda Francia como ayudante de cocina. Su experiencia peregrinando también es un grado. No se pone en ningún momento nervioso por estar rodeado de personas. Yo veo la cocina llena y me abruma. Él sin embargo encuentra su lugar y va seleccionando poco a poco los ingredientes de la salsa. Antes de ir a comprar mira en el frigorífico pues en casi todos los albergues suele haber una leja con alimentos que o bien olvidaron o bien donaron peregrinos en días anteriores. Un dato a tener en cuenta.

Después de cenar ocurre algo que me resulta curioso. Generalmente, en la vida suelo estar atento a los detalles porque soy consciente de que no existen las casualidades. Pero en el Camino lo estoy aún más. De repente, Gavi (uno de los maños) se queda mirando a un hombre fornido, moreno, de mediana edad, y piel cetrina que come solo en el jardín del albergue. Me comenta con cierta sorna que tal vez él pueda ser mi nuevo compañero. Me lo sugiere porque cuando cenábamos en Arrés David nos dijo que cerca de Pamplona se dirigiría hacia el norte de Francia a trabajar en la vendimia. Tal vez no camine, por tanto, con él muchos más días.
Me quedo mirando al señor sin dar más importancia al comentario. Lo que me preocupa obviamente, insisto, es el pie izquierdo. El pie izquierdo. El pie. No obstante, dos horas después, me encuentro en el comedor y contemplo a este mismo señor pidiendo auxilio desde la calle porque ha olvidado el código para abrir la puerta. Así que no puede entrar al albergue. Parece desesperado. Jura y perjura que es un peregrino. No debe insistir. Aunque él no lo sepa, como acabo de decir, ya lo conozco. Le abro y me abraza como si hubiera un mañana. Creo que no es para tanto pero, por otro lado, agradezco su amabilidad. Me dice su nombre. Se llama Karim. Vive en suiza y es de origen árabe. Se despide con un nuevo abrazo. Tal vez sí pueda ser un compañero en el futuro. ¿Quién sabe? Lo que me deja fascinado en cualquier caso es la dichosa casualidad. Lo que los surrealistas llamarían azar objetivo.
¿Surrealismo? ¿Por qué no? Cualquiera diría que la secuencia está sacada de La vía lactea. El sarcástico filme de Buñuel.

Si bien es cierto que el albergue no se encuentra completo, hay bastantes peregrinos. Mi habitación, por ejemplo, se encuentra llena. Hoy, a decir verdad, no me siento capaz de dormir entre siete u ocho desconocidos. David y yo estamos de acuerdo. Abrimos la puerta del jardín y allí, junto a una pequeña fuente, desplegamos nuestros sacos y dormimos en paz. Sin molestar y sin que nos molesten.
Me regocijo al dormir al aire libre. Me siento como cuando tenía 15 años. En verano, a veces me escapaba de casa para dormir en la playa. Es genial volver a recuperar aquellas sensaciones ya perdidas. Tengo una sonrisa en la cara que sólo empaña el pie. Estoy casi seguro de que no será nada grave. ¿Qué más da en cualquier caso? Ahora toca vivir el momento. Sentir la noche. Mirar a las estrellas. Intentar contemplar la vía láctea. La constelación que orienta a los peregrinos desde centurias en su camino hacia Santiago. ¡Santiago! ¿Existirá esa ciudad o sólo será resultado de nuestra imaginación? Shalam
لا تدع الشر يربكك ويجعلك تعتقد أنك تستطيع إخفاء الأسرار عنه.
No dejes que el mal te confunda y creas que puedes tener secretos para él.




1imagen…buena idea…muy buena idea (telegrafo compostelano)…a la par de los burgueses de calais» (rodin)….
2imagen…voy a pasar por la puerta para coger agua del pozo….
3imagen…mondeño en pleno camino de las estrellas…(en la mochilla lleva la muleta con el estaquillador)…..
4imagen….al final de la subida «los 7 samurais»…kurosawa…
5imagen…portalones circunscritos…apelotonamiento de conceptos…el clero pasearia por ellos en zig-zag….jajajjj….
6imagen…viva el turismo y la seccion femenina a todo pasto….
7imagen…hala!…tutti oro….sonrisa….
8imagen….sobre la mesa blanca cercana hay un monton de zapatos compostelanos (incluidas las sandalias de mondeño).. …inspiracion auschwitz….
9imagen…dos datos son suficientes para dar el significado preciso…..(el campo de las estrellas)….
PD…este video de lone star..mi calle 1969…esta lleno de risa….
https://www.youtube.com/watch?v=LQfzrimPWkE&list=RDLQfzrimPWkE&start_radio=1
1) El caminito que lleva a Belén. Navidad, dulce Navidad compostelana.2) Antiguos castillos. Edad Media perdida.Edad Media presente. 3) Caminar, caminar, caminar. El mandato. La orden. El destino. Caminar. 4) Sí. Muy kurosawa la foto. «vivir». japoneses buscando el secreto de la vida. 5) huele todo a rollo templario que tira de espaldas..jajajaj..6) Misterios sacros. Calderón de la Barca. Celestina. Teatros de pueblos. Que nunca desaparezcan. 7) Recuerdo alguna que otra iglesia de Cartagena..ja. 8) Recuerdo la cena allí, dormir allí, las conversaciones. Recuerdo, recuerdo.. como en un filme de Resnais o de Hitchcock..jajaj.. 9) ¿Es el hijo de Dios? Mira. ¡Está herido! PD: vacilón, vacilete, vacilazo. Nino Bravo a lo cutre encantador. Me encanta el yeah.. del final.. el muro.. todo.jjaja las modelos..