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Un camino. Días 11 y 12.

Ago 4, 2025 | 2 Comentarios

Dejo a continuación un nuevo avería dedicado a narrar mis sensaciones y experiencias en el Camino de Santiago. En esta ocasión, de los días once y doce.

Un camino. Días 11 y 12.

El sábado 26 de julio salgo de Algerri y varios  kilómetros después, compruebo con alegría que me encuentro en Aragón. Poco a poco se hace camino. Ese día mi destino es Tamarite de Litera. La etapa no es larga. Sigo caminando a ritmo moderado. De hecho, mi intención no es hacer jornadas agotadoras hasta que converja con el Camino Francés. Ahí ya confío en marchar muchos más kilómetros al día. El hecho de que haya un sinfín de albergues diseminados a partir de Navarra, desde luego, me ayudará a hacerlo. No es lo mismo andar sabiendo que cuando uno ya no pueda más habrá un alojamiento cerca donde será bien recibido que hacerlo teniendo en cuenta que en cuarenta o cincuenta kilómetros sólo hay dos centros de acogida para peregrinos. En esas circunstancias conviene ser prudente si no quiere uno acabar durmiendo a la intemperie que, por otro lado, no es mala idea. Más teniendo en cuenta la época del año en la que nos encontramos.

En los años ochenta, (y no digamos ya siglos atrás) cuando el Camino no se había convertido en el foco de atención cultural y espiritual que actualmente es, muchos viajeros optaban (o no tenían más remedio) que dormir en los bosques, campos o recodos montañosos, en plena naturaleza, y cada tres o cuatro días recurrían a pensiones o fondas para ducharse y lavar sus vestimentas.

La mayoría de personas (no son muchas) que realizaron el Camino en aquella década del pasado siglo quedaron completamente marcados por esa experiencia que no puede compararse a la nuestra. Era más agreste, tal vez más mágica, acaso más ancestral. Más inhóspita y augural. Lo que obviamente no significa que no sea aún posible que nuestra vida quede tocada de manera definitiva por esta experiencia. Hay innumerables personas que realizan religiosamente el Camino cada año. Lo utilizan para realizar una reflexión personal sobre sus actos. Es el momento de ponerse en paz y hacer reflexión de conciencia. El Camino ejerce de guía vital y maestro espiritual. También hay psicólogos que lo recomiendan a sus pacientes. Jubilados que caen en la neurosis contemporánea del desencanto comienzan a caminar y vuelven a reencontrase con ciertas ilusiones que creían desaparecidas para siempre de sus vidas. Incluso hay jueces que aconsejan (aunque  sería más adecuado decir que decretan) realizarlo a jóvenes desorientados, en fase de rehabilitación, para los que se convierte en muchos casos en un método de transmutación definitiva. El Camino los obliga a madurar. Les ayuda a dejar de culpar a los demás de sus circunstancias, reconciliarse consigo mismos y sus seres queridos y encontrar una vía de responsabilidad.

No parece poco teniendo en cuenta la época que estamos viviendo. Nietzsche deseaba hace más de un siglo que en Europa se produjera la transvaloración de los valores. Sospecho que él mismo se asustaría de lo que ocurre actualmente: la destrucción de todos y cada uno de los valores. Si el filósofo alemán comenzara a hablar hoy no recibiría más eco que el de una televisión encendida en múltiples hogares. Hoy, de estar vivo, Nietzsche terminaría sus días llorando encima del capó de un coche. Golpeando su cabeza contra el cristal delantero. Un objeto de deseo al que muchos dan más valor que a los mismos seres humanos y (no digamos ya) a los animales.

De Algerri a Tamarite el paisaje no es demasiado exuberante. Hay muchos trigales, fresno y campos yermos. Así que me entretengo pensando en unos cuantos libros que he estado ojeando durante las últimas noches. Uno de ellos es Viaje a la Alcarria, el clásico libro del último premio Nobel español.

Un gran logro de Cela fue hacer gran literatura a partir de lo cotidiano. Ese es también uno de los méritos de su célebre libro de viajes. Cela no emprendió ninguna singladura por el Pacífico, ninguna aventura, no llevó a cabo tampoco ninguna odisea. Simplemente, decidió realizar una caminata por una comarca cercana y, poco después, tras desayunar consistentemente, salió tan pancho de su apartamento en Madrid y se puso a describir lo que veía. Es necesario aclarar, eso sí, que Cela nunca describió ni a las personas ni a las cosas. Tampoco el paisaje. Ahí radicaba buena parte de la fuerza de su prosa. En que no importa si realizaba un artículo sobre el origen etimológico de una palabra o uno dedicado a una montaña, a un pastor o a un libro, Cela siempre narraba. Cela imbuía de literatura todo lo que tocaba.

Las primeras páginas de su libro son muy clarificadoras de lo que era la capital de España a mediados del pasado siglo.  El relato del Madrid que va dejando atrás hasta que toma el tren en Atocha en dirección a Guadalajara, es una estampa costumbrista (también algo valleinclanesca) llena de sabor y precisión. Se siente el vaho, el aliento a alcohol de los noctámbulos, el frío aroma del alba azuzando a las gentes que se recogen a altas horas de la madrugada y a los que comienzan a trabajar. De ese principio me llama la atención sobre todo las líneas que dedica a la fachada de ciertas moradas. Cela ve alma en ciertas paredes. Un toque hosco. Percibe historias, grietas. Probablemente entendía que cada hogar, cada pared tiene un carácter.

Eso también se ha perdido con la modernidad. La personalidad de las casas. Aquí, sin embargo, durante el Camino he cruzado pueblos en los que las moradas (además de su número correspondiente) tienen un cartel que anuncia quién vive dentro. Esas casas (Casa Eustaquia, Casa Bartolo, Casa  Eulalio) son en gran medida como las arrugas en los rostros de los ancianos. Marcas de carácter, de arrojo y sabiduría. Señas de identidad que conectan a sus habitantes con un pasado inmemorial, eterno.

Hay algo en el comienzo de Viaje a la Alcarria que también me parece muy sintomático.  Cela (en este caso, el viajero, el alter ego del escritor gallego)  se encuentra rodeado de mapas, rutas trazadas, libros consultados con voracidad.  Pero él mismo se dice que de nada servirán todos esos planes y artilugios mentales cuando comience a caminar. Eso tambien me ha pasado a mí. En realidad, a cualquier andariego. Mis ideas sobre el Camino han saltado desde el mismo momento en que emprendí mi marcha en Barcelona días atrás (que hoy me parecen años o siglos).

El método seguido por Cela (comenzar a andar sin más, viajar sin un motivo aparente) posee un muy meritorio continuador en Murcia. Me refiero al escritor Manuel Moyano.  He disfrutado mucho de los libros de viajes urdidos por este  cordobés afincado en Murcia. Cada uno de los tres que hasta ahora he leído (Cuadernos de tierra, Dietario mágico y La frontera interior) posee un tratamiento distinto del paisaje y de los personajes que lo pueblan pero todos tienen un punto en común: la mirada curiosa pero voraz, profunda de un escritor que capta con sagacidad (con ojo de águila)  el alma tanto de los parajes que visita como de las distintas personalidades (por lo general variopintas) que va encontrando en su ruta.

Cualquier escritor que no sepa sobre qué escribir o repita los tópicos manidos sobre la ausencia de la inspiración debería por cierto leer (y releer) Cuadernos de tierra una y otra vez. Moyano se pone a caminar. Simplemente eso. Caminar. Un paso, luego otro y más tarde otro. Y no lo hace en un paisaje lejano o extraordinario sino prácticamente junto a su casa en Molina de Segura. Moyano simplemente anda por caminos pedregosos de la región de Murcia con un destino incierto y, conforme lo hace, se va encontrando con una serie de historias sobrecogedoras en las que queda sellado el destino de todo un país. Ese libro es una pequeña joya oculta. Un ejemplo, repito, de que la literatura, el mito, la llama se encuentran a la vuelta de la esquina.

A veces la literatura es sobre todo una cuestión de actitud. Moyano la tiene. Hasta ahora sólo he hablado en una ocasión con él. Un breve cruce de palabras en una Feria del libro. Y debo decir que su voz es también la de un escritor. Cuando uno se imaginaba de niño a los escritores se los imaginaba como Moyano. Con voz profunda, surgida de unas ignotas cavernas y mirada fija y penetrante. Buscando cualquier detalle de su interlocutor para trazar una historia.

Cela por cierto nació en Iría Flavia. Es decir, a escasos kilómetros de Santiago de Compostela. Curiosamente, que yo sepa, no dedicó un libro en concreto al Camino. Supongo que porque cuando se encontraba en sus años de esplendor creativo, la ruta se encontraba en decadencia por muchos motivos. Entre otros porque el país se estaba recuperando del mayor trauma (¡Y en vedad hay unos cuantos!) experimentado jamás: la Guerra Civil. No obstante, ¿podía ser de otro modo?, descubro que Cela sí tiene un libro en el que hace referencia a Santiago y a una parte del sendero jacobeo (el del Norte). Me refiero a Del Miño a Bidasoa cuyo comienzo ojeo en los ratos que me quedan libres.

Me llama la atención que en este libro Cela también se camufle bajo un alter ego. Concretamente, un vagabundo cuyo viaje comienza en Las Nieves y se dirige posteriormente a la Plaza del Obradoiro. Supongo que durante el franquismo los escritores debían dar una imagen de seriedad y oficialidad que se encontraba reñida con el vagabundeo propio de los viajeros. La cultura no podía tolerar escritores sucios, mal afeitados, durmiendo cerca de establos. A poder ser, todos debían vestir de etiqueta. Al menos con chaqueta. La corbata era (¡es un decir!) obligatoria. Eso obviamente ya no le ocurre a Manuel Moyano. Un escritor de otra generación que no necesita camuflarse detrás de nadie para narrar sus experiencias. La naturalidad es un valor bien visto en el mundo del arte. Por más que no obstante haya pocos ámbitos más artificiales y ficticios que ese mismo mundo. De hecho, la naturalidad se ha convertido en un escondite perfecto para la hipocresía y el comercio. Pero eso, digamos, es otra historia.

La única dificultad en la etapa entre Algerri y Tamarite radica en que no hay lugares, pueblos donde parar a recargar agua o tomar un café. Así que cuido del líquido que llevo en mi cantimplora como si fuera oro. Pero el calor me hace acabarlo cuando me quedan aún ocho kilómetros para llegar a destino. No importa. Sigo caminando. Pero la sed comienza a crecer. Aprovecho que me encuentro con una misteriosa y bella ermita (la de San Roc) para hacer un breve descanso. Hay varios tractores que atraviesan la ruta. En un momento dado, no aguanto más. Detengo a uno y le pregunto al conductor si tiene agua. Me dice que no me preocupe que el agua es potable. No entiendo nada y le vuelvo a preguntar. Y él me señala una pequeña fuente situada en el exterior de la ermita. ¡Bendita confusión! Bebo como un poseso y continúo (un tanto fatigado, eso sí) mi ruta hasta llegar a Tamarite de Litera donde me reciben con amabilidad y me dan las llaves del albergue.

El domingo lo pasaré también allí. Para mí es importante escribir esta experiencia. Sin embargo, cuando me despierto por la mañana y voy a un café a narrar mis últimos días en avería, descubro que mi página web tiene un problema. Es festivo. Los técnicos tardarán en arreglarla. Así que me dedico a pasear por Tamarite.

Tamarite es el primer pueblo aragonés donde pongo mis pies en este viaje. He de decir que percibo al poco bastantes diferencias con algunas poblaciones catalanas. Por ejemplo, con la que acabo de dejar: Algerri. Allí era un peregrino pero también un extraño. Al menos para ciertas personas. Tengo la impresión de que me estaban observando. En Tamarite sin embargo siento que formo parte del paisaje. Sus gentes desean integrarme, que me sienta uno con ellos. No tardan en sonreírme. En Algerri percibí cierta tensión. El catalán (omnipresente en el único bar de la localidad) no era sólo un medio de comunicación. Era una forma de combatir enemigos (imaginarios o no). Un muro, una barrera. No sólo una seña de identidad.

La historia, como suele ocurrir, viene en mi auxilio. Según puedo saber, Tamarite (población aragonesa en principio) pasó a formar parte durante la época de la Reconquista de Cataluña. Luego volvió a integrarse en Aragón. Siendo, por tanto, una villa aragonesa fue atacada y destruida por las milicias franco-catalanas durante la sublevación de Cataluña del siglo XVIII. Poco a poco la población (que ya no saldría nunca más de Aragón) fue reconstruida y poblada por los habitantes de ambas regiones pero, supongo, que algo de aquel antiguo conflicto pervive aún (como un maleficio) en la atmósfera aparentemente festiva (o al menos desenfadada) que reina en sus calles.

Sigue sin resolverse el problema técnico de Averíadepollos y, por tanto, no puedo escribir como deseaba hacerlo. Así que paso la tarde y parte de la noche del domingo leyendo y escuchando historias sobre el apóstol Santiago y la concha jacobea.

Hay muchas personas que, en realidad, no saben quién era Santiago. Yo lo desconocía al comenzar y al finalizar mi Camino treinta años atrás. Muchas veces damos por consabidos ciertos datos o hechos. Pero me atrevería a decir que un alto porcentaje de peregrinos desconocen que Santiago fue uno de los doce apóstoles de Cristo. Era ni más ni menos que el hermano de Juan el evangelista. Algo parecido me ocurrió a mí cuando leí el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz. Me pareció un brebaje literario y místico de primera calidad. Un sorbo espiritual inmenso. Lo que no sabía eran las condiciones en la que el religioso lo comenzó a forjar. Preso (por querer reformar la orden carmelita) en el monasterio de Toledo donde dormía en una tabla, soportando como podía el frío y el calor, alimentado a pan y agua. Sufriendo en definitiva penalidades de todo tipo.

En eso, desde luego, San Juan y Santiago se parecen. La historia de ambos es trágica. Pero hay algo en su drama lleno de vitalidad, henchido de un fuego que pareciéramos haber perdido los hombres de hoy en día. Shalam 

عندما لا يتم تنفيذ الحكم على الجريمة بسرعة، تمتلئ قلوب الناس بأسباب ارتكاب

Cuando no se ejecuta rápidamente la sentencia de un delito, el corazón del pueblo se llena de razones para hacer lo malo.

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1imagen…dos caminos uno de carros y otro de agua(cañas)…los espacios laterales son para los campesinos(plantar)….
    2imagen…alguna poblacion de huesca se traslado a valencia a vivir
    3imagen…joder mira como va vestido el latiguero que golpea al caballo de turin (gran experiencia cinematografia del hungaro bela taar)…muy distinta….
    4imagen…el colega de don camilo jose cela dale que te pego (esperando a la carretera de raza negra que le conduciria a casa)
    5imagen…los zapatos de san juan de la cruz (antes de ser santo)…
    6imagen…ay!, manuel moyano…viva el pp…o el sueldo…
    7imagen…es que pablo serrano es la hostia de bueno, de necesario de unico…extraordinaria obra de don antonio machado tambien…
    8imagen…agua potable, fresca, filosofica….
    9imagen…mi buen dinero me ha costado(el retrato)…limpio y bien vivido…..
    PD…nunca pudo hacerse un tupe en condiciones…sonrisa…carl perkins..blue suede shoes…1955…
    https://www.youtube.com/watch?v=mvsYRAc-BWA&list=RDmvsYRAc-BWA&start_radio=1

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    • Alejandro Hermosilla

      1) Cañas y barro. paraje perdidos. Una portada de un grupo mesiánico. 2) jjjaa.. Bien visto. Aragón sumergido en Huesca. 3) Trajano y la locura. Nietzsche golpeado por el paganismo que amaba. Suplicando a los cristianos que lo salven. 4) Un jovencito delgado y espigado. Todavía no come de la Academia. 5) Los zapatos de un argentino recorriendo la Patagonia. 6) Ojo de águila. La llamada de las cavernas. 7) Buitre imperial. Genial el señor Serrano. 8) bautismo literario. Aguas parecidas a los ríos descritos por Garcilaso. 9) El molde es el de un panadero. No el de un guerrero. Tampoco el de un santo. Buena persona que no sobrecoge. Hay mejores retratos del apóstol PD: ritmo callejero. Sí. La imagen cuenta. El rey del rock. Bill Haley y él tocando en granjas y bebiendo alcohol. Es una vida loca. jajaja

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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