AVERÍA DE POLLOS: Inicio E Biografia E Un Camino. Días 18 y 19.

Un Camino. Días 18 y 19.

Oct 14, 2025 | 2 Comentarios

Dejo a continuación un nuevo avería dedicado en esta ocasión al Camino de Santiago que recientemente realicé. En esta ocasión, me ocuparé de los días 18 y 19. ¡Ahí voy!

Un Camino. Días 18 y 19.

No tengo excesiva prisa en despertarme. Es sábado 2 de agosto y antes de proseguir mi camino quisiera visitar la célebre Colegiata de Bolea. Tampoco esta jornada va a ser demasiado exigente. Mi destino final será Sarsamacuello. Un pequeño pueblo situado, si no me equivoco, a no más de 20 kms de Bolea. Así que me tomo mi tiempo antes de proseguir mi ruta.

He contemplado tantas iglesias y ermitas durante estos días que La Colegiata no me impresiona desde el exterior. Pero es inevitable no sobrecogerse, una vez ya dentro, al contemplar el retablo del altar mayor. Una obra gótica en la que confluyen de manera casi sobrenatural esculturas y pinturas. Tablas pintadas «al temple» y tallas de madera policromada dedicadas a la anunciación de María y la pasión de Cristo.

Tras mi breve visita, prosigo mi ruta. En realidad, hoy no encuentro demasiado sentido a mi Camino. Eso no significa que piense en rendirme. Bajo ningún concepto podría detenerme. Tengo claro que tendría que pasarme una verdadera desgracia para dejar de lado esta singladura pero eso no significa que halle mucho sentido hoy al caminar. En eso, el Camino vuelve a ser metáfora de la vida. Hay muchos días que no sabemos si tiene un significado preciso nuestro obrar. Hoy, repito, no vislumbro trascendencia alguna en lo que hago. Sigo caminando solo y tan lejos de mi destino final (Santiago y Finisterre) que en realidad mi empresa parece una locura. Casi una insolencia. Caminar solo un sábado, con una mochila que pesa un poco más que lo que debería, por territorios desconocidos donde apenas veo algún alma de tanto en tanto, no es algo que posea mucho atractivo.

Al llegar a Aniés descanso y tomo un café. Pero a decir verdad no termino de conectar con los lugareños. Parecen prepararse para las fiestas de la localidad o alguna boda y es difícil que empaticen con un peregrino solitario que, a estas alturas, comienza a tener aspecto de vagabundo. Así que no tardo en proseguir mi ruta. A fuerza de ser sincero, hoy el sentido de la misma lo voy hallando conforme camino. Voy dando pasos y mirando hacia el frente y poco a poco me siento mejor. Me acuerdo obviamente de Sísifo. Aquel rey espúreo condenado a cargar su roca a la espalda una y otra vez. También pienso en Robinson Crusoe. Acordarme de ambos personajes me proporciona cierto consuelo y orgullo. Para eso sirve la cultura. Para sentirse acompañado y formando parte de un cosmos colectivo incluso cuando uno no sabe bien hacia dónde va ni lo que está haciendo. Este, ya lo he dejado claro, es uno de esos días. ¡Que me aspen si sé lo que hago y para qué! No obstante, ¿Alguien lo sabe?, me pregunto a modo de respuesta y continúo caminando.

Este sábado sin embargo me tiene preparada una sorpresa. Tras pasar el río Riel, conforme subo por unos senderos pedregosos oteo a una pareja caminando. En principio no entiendo bien qué hacen. Empujan con todas sus fuerzas un vehículo a cuatro ruedas. Mi paso sigue siendo muy lento y no termino de alcanzarlos. Cuando el terreno se empina me acerco a ellos. Pero cuando desciende vuelven a sacarme ventaja. Entre medias, contemplo a lo lejos el fastuoso castillo de Loarre. La fortaleza románica por excelencia. Un baluarte desde el que rey Sancho avizoraba toda la hoya de Huesca. Me gustaría visitarlo pero debería desviarme varios kilómetros y no me encuentro con la energía suficiente para realizar más esfuerzos. Es probable que llegara al castillo y en la puerta cayera al suelo. Así que sigo con la vista atenta a la pareja. Ambos son jóvenes. No deben tener más de 30 años. Están en forma. Diría que tienen porte atlético. Las cuestas se hacen más pronunciadas y casi los alcanzo. Sorprendido, veo que en el interior del vehículo que empujan se encuentra un niño pequeño. ¡Son una joven pareja de peregrinos que desean hacer el Camino junto a un retoño que no debe tener más de dos años! No sé bien si piensan llegar a Santiago pero aún así su ejemplo me deja sin palabras.

Es difícil no emocionarse al verlos. Además, son los primeros peregrinos con los que me cruzo en 18 días. Pero no llego a hablar con ellos. El artefacto que tanto les cuesta desplazar en las subidas, desciende con mucha soltura y vuelven a escaparse. En realidad, sólo me los volveré a cruzar frente a frente al coger la carretera que conduce al pueblo de Loarre. Los tres nos miramos. Sospechamos que somos peregrinos. Pero aunque estamos a punto de hacerlo no nos saludamos. Después de tantos días solo, yo al menos me veo incapacitado para charlar con normalidad. Así que prefiero contemplarlos adentrándose en Loarre aunque no dejo de admirar su ejemplo. Una constante a lo largo del Camino. Porque si hay un lugar en el que todo es posible y uno puede recuperar la fe en el ser humano es éste.

Al llegar a Loarre, tomo un buena tapa de ensaladilla rusa, hago acopio de frutos secos y continúo mi ruta hacia Sarsamacuello. Allí un muchacho barbudo, con aspecto de peregrino, me da las llaves del albergue. Me ducho y me dirijo rápidamente al único local (un bar social) que hay en el pueblo puesto que cierra pronto. En su interior se encuentran varios aldeanos que me saludan con cierta hosquedad. Predomina el silencio y yo tampoco estoy muy comunicativo. Tengo la sensación de estar en la España profunda. La mayoría de los allí presentes observan un partido de fútbol regional sin decir una sola palabra. El camarero, un señor amable, curtido, con una camiseta de Extremoduro, me sirve una copa de vino de la cooperativa de la zona. Es un vino que sabe a tierra y vida que me congratula. Pronto, pido otro y otro mientras pruebo distintas tapas. A mi alrededor, los lugareños siguen sin hablar pero son conscientes de mi presencia. Alguno me sonríe. Ahora hay un par que juegan a las cartas.

En realidad, hay algo hipnótico en Sarsamacuello que me recuerda a las palabras de Ces Noteboom. En su El desvío a Santiago el hondo escritor holandés comentaba que en principio España le pareció un país un tanto arisco. Casi bruto. Un país exento de sutilezas que no se podía comparar a su amada Italia. En comparación con los italianos, magos de la palabra y el gesto, los españoles parecíamos piedras. Sin embargo, confiesa Noteboom que, con el tiempo, fue esa quietud, esa actitud de perenne autenticidad la que le hizo enamorarse profundamente  de nuestro país. Tuve yo un amigo argentino que sugería que los italianos tienen la magia y los españoles el alma. Algo parecido a lo que entendió Noteboom y comentaba mi añorado camarada, experimento yo en Sarsamacuello.

He estado dos horas en un bar donde apenas he pronunciado cinco o seis frases pero no me siento extraño. Tampoco en familia. Me siento conectado con una profunda raíz que penetra esa tierra desde el fondo hasta el cielo y me hace comprender la existencia con hondura.

Algo de esa hipnosis queda prendida en mí porque al día siguiente decido quedarme en Sarsamacuello. El motivo es simple. Voy con retraso en mi diario del viaje y necesito escribir. También quiero publicar por la tarde un videoavería sobre R.E.M. Una banda norteamericana que durante una década fue capaz de combinar el rock sureño de su país con el vanguardista y ciertas corrientes poéticas e intelectuales con franca belleza. Eso hace que me quede horas y horas en la cama reflexionando sobre mi vida y mi viaje. Hay algo sin embargo que me intranquiliza al poco de ponerme en pie. No hay buena conexión de internet en el albergue. Pienso en partir. Pero la etapa es dura y no tiene sentido comenzar tan tarde. Durante unos minutos me siento fuera de juego. Aunque, pronto, reflexiono que no está mal que así sea. Uno no hace el Camino de Santiago para encontrarse cómodo sino para ponerse a prueba. Descubrir nuevos horizontes y límites o ampliar su fe.

Finalmente me relajo y decido tomar un vino en el bar. Allí los lugareños me miran con cierta incredulidad. Uno mayor, muy  mayor, me pregunta con cierta sorna si es que tengo miedo de subir la montaña de Sarsamacuello. ¿Tengo cojones o no? Me parece ilógico explicarle todo lo que fluye en mi cabeza. Que no concibo mi vida sin escribir. Que tengo que publicar el videoavería este domingo. Así que le respondo simplemente que tenía un tema de trabajo pendiente y comienzo a disfrutar del vino.

Horas después publico el videoavería y tomo una profusa cena para que no me falten fuerzas la próxima mañana. El resto del día he estado paseando por las inmediaciones y refrescándome en una laguna donde no llego a bañarme porque, a decir verdad, el verano en Sarsamacuello es como la primavera o el otoño en Murcia y el agua además está helada.

Hay algo en cualquier caso en toda esta quietud que me intranquiliza. Algo en mi conciencia se remueve como si estuviera procesando determinadas vivencias. Esa noche, la del domingo 3 de agosto, me asaltan todo tipo de imágenes. La mayoría no son muy agradables porque son de personas con las que no terminé en buenos términos una relación. No son muchas pero pesan. Están ahí. Sus palabras, nuestras vivencias llegan a mi cerebro y lo golpean. Es como si el Camino me exigiera pensar en todos ellos. Rememorar. Purgar por medio del recuerdo. Aparecen antiguas novias. Amistades. El corazón me duele porque sé que ya es prácticamente imposible estar en paz con esas personas. De vez en cuando me despierto por la noche. Creo que grito durmiendo. Me despierto, de hecho, porque estoy gritando. Sí. Lo estoy haciendo. Afortunadamente, estoy solo en el albergue. Siento incluso frío. Antes de volver a dormirme me asaltan de nuevo todas esas imágenes.

No aguanto más en la cama. A las 5 ya estoy despierto. Me encuentro anímicamente mal. Aunque todavía es demasiado temprano para caminar. Me siento desangelado. Miro el móvil. No hay buena conexión pero sí la suficiente para ver algún vídeo. Aparece ante mí uno con un título muy significativo que reza (nunca mejor dicho) algo parecido a Dios no te abandona. Parece efectivamente grabado para mí. Es todavía noche profunda y conforme escucho el vídeo todo cobra sentido. Tengo ganas de leer algún pasaje del Antiguo Testamento. Pero la voz del vídeo me nutre: «Dios no te mira por lo que perdiste sino por lo que aún puede construir contigo. Hay algo sagrado en los que sufren, algo que sólo se aprende en el valle, porque cuando estás en el fondo ya no tienes máscaras». Es un mensaje total, absoluto, divino. Lo escucho entre las sábanas, con un poco de frío, sintiéndome fuera de lugar, pero como si hubiera sido pronunciado para mí. Para que yo lo escuchara en ese momento.

Es un vídeo sobre el amor de Dios a sus hijos. La posibilidad de equivocarnos. Siento una enorme fuerza y alivio al escucharlo. Al fin y al cabo, soy solo un ser humano. Sería una proeza haber quedado en paz con todas mis relaciones. ¿No seré demasiado severo conmigo? ¿Dónde estoy? ¿No estoy haciendo el Camino de Santiago? ¿No serán estos remordimientos parte del Camino, parte del proceso? Si yo fuera un personaje de novela no tendría muchas dudas.

Una hora después me cambio, ordeno la mochila y comienzo a caminar. Tengo la impresión de que no volveré ya nunca más a Sarsamacuello pero que tampoco olvidaré nunca este pueblo. ¡De repente, siento que Dios me habla y se encuentra a mi lado! «Confía, confía», creo escuchar.

Por eso el lunes día 4, apenas a las 7 de la mañana, salgo con alegría a caminar. Estoy deseando volver a peregrinar. ¿Por qué, para qué? ¿Qué más da? Lo importante es caminar. En el fondo, en la vida siempre es así. Lo importante es caminar. Siempre que caminemos todo empieza de nuevo. Shalam

الفنان هو الشخص الذي اخترع الفنان

Un artista es una persona que ha inventado un artista

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1imagen…mundo agricola…contexto finca agricola temerosa de dios…un invento….
    2imagen…campo de trigo…suelo de desierto….
    3imagen…arte povera (michelangelo pistoletto)…la piedra es una gran bola de periodicos….
    4imagen…finca abandonada de otra epoca…
    5imagen…hay luz, hay telefono, hay asfalto,hay canaletas..sonrisa
    6imagen…este hombre se parece a juan, profesor de electronica del ies politecnico (jubilado)….
    7imagen…twin peaks (lady madero)….
    8imagen…la cena en el «discreto encanto de la burguesia»…..
    9imagen…redondo…mundo agricola…contexto finca agricola temerosa de dios…un invento…
    PD…https://www.youtube.com/watch?v=-b_HAnQt6uc&list=RD-b_HAnQt6uc&start_radio=1
    tuxedomoon…holy wars….the waltz..1985….

    Responder
    • Alejandro Hermosilla

      1) Una estampa en la que se podría inspirar Leopoldo «Alas» Clarín para comenzar una novela. 2) oro refulgente que apunta a Bizancio. Todo huele a el Greco. jjaj. 3) Aquí Sísifo me recuerdo al herrero Hefestos. El dios griego de la forja que los romanos denominaron Vulcano de forma convincente y explosiva. 4) ¡A por ellos que son pocos, decadentes y han dejado de creer en Dios! 5) Sobre todo hay silencio. Mucho silencio..jjajaj.. 6) Anuncio de camisas blancas destinado a hombres maduros situado en un aeropuerto. 7) Árbol propio de pintura impresionista con tintes románticos. 8) Una inspiración para Carl Theodor Dreyer a la hora de filmar Ordet. Quería que ese mismo aura crístico tuviera su personaje 9) Típica foto de peregrinaje. Nomadismo vs sedentarismo. PD; impresionante tema de los mágicos Tuxedomoon. Temazo lleno de inspiración. Maravilla.

      Responder

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Contenido relacionado

Videoaverías

Averías populares

Un Camino. Día 29

Dejo a continuación un nuevo avería dedicado al Camino de Santiago que recientemente realicé. En esta ocasión, me ocuparé del día 29. ¡Ahí voy! Un...
Leer más
Share This