Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Beethoven construyó un barco bélico y Schubert un barco fantasmal. Una embarcación ideal para surcar los mares justo cuando empieza a anochecer; durante esos momentos en los que aún hay luz en el horizonte pero ya pueden vislumbrarse los primeros apagones solares.
El prematuro fallecimiento de Franz Schubert es sin dudas una de las mayores pérdidas musicales de la historia. Su sinfonía nº 8 -la Inacabada– y la nº 9 -la Grande– así como su ciclo de lieder sobre poemas de Wilhelm Muller –Viaje de invierno– auguraban una grandeza desconocida. Ciertamente, hay algo irremediablemente moderno en esa temprana muerte que obliga a imaginar la naturaleza de las composiciones que aún tenía por escribir. Lo que sí creo es que el músico vienés era tan sutil y estaba sumido en tan graves crisis personales que sus obras más que ayudar a concluir el romanticismo, abrieron el camino de movimientos desarrollados un siglo después como el dodecafonismo o el expresionismo. Cuando escucho por ejemplo La noche transfigurada de Arnold Schoenberg o algunas composiciones expresionistas no puedo evitar acordarme de Schubert y también cuando leo a Arthur Schnitzler. Sin embargo, en Beethoven, probablemente por su rigurosidad clásica, sí que percibo una continuidad musical temporal con los músicos de generaciones inmediatamente posteriores. Es posible hallar a Beethoven (que obviamente también está muy presente en Schubert), en Schumann, Bruckner y Wagner y hasta en Sibelius. Pero es precisamente esta atonalidad histórica la que transforma a Schubert en el más sugestivo y misterioso de los dos músicos. Una especie de estrella cubierta por neblinas cuyo brillo opalescente es difícil que fascine las primeras ocasiones que la contemplamos pero, una vez acostumbrados, resulta muy difícil apartar la mirada de él por la serenidad con la que describe el ocaso y la sobrenatural tranquilidad con la que canta a la muerte. Shalam
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