Las islas de la gravedad
Los poetas son seres utópicos pero están sometidos a gangrenas. Sangran cuando se les clava una aguja y, por lo general, gritan sin compasión cuando...
Lamborguini consiguió imprimir vicio a la cultura y aliento épico a la masturbación. Hizo textos por el puro gusto de escribir. Porque no tenía tal vez otra cosa mejor que hacer. De hecho, su preocupación probablemente no fuera tanto publicar sino no morir. Dejar algún muro de piedra lleno de rastros de sangre y cuchillazos para demostrar que había vivido e irse al otro mundo con un corte de mangas.
En realidad, la escritura de Lamborghini es instantánea. No es nada cerebral. Es un aluvión de palabras. Es tan visceral y auténtica como la mierda. Y es lógico que Lamborguini odiara las correcciones y no le preocupara en absoluto la perfección. Las moscas al igual que sus textos no necesitan ser perfectas para cumplir su función.
Lamborguini ha llegado a convertirse casi en un mito literario pero fue real. Tremendamente real. Su literatura es un fiel testimonio de la impotencia y de la desesperación. De la tortura de muchos argentinos nacidos en un país donde los proyectos de vida son aniquilados de raíz y las clases bajas están llenas de chivos expiatorios constantemente ridiculizados y manipulados por los poderosos.
Lamborguini era excesivo. Es casi el Fassbinder de la literatura argentina. Un señor que en vez de un lápiz parecía que tenía una polla en la mano y escribía echando semen por los cuatro costados. Su escritura no es sexual sino lo que sigue. Es un clítoris a punto de ser penetrado. Una vena a punto de ser traspasada por un pico de heroína. Un amasijo de tripas en medio del que los homosexuales y travestis se movían con gusto y fruición, chupando senos y agarrando la piel, como el carnicero desplaza sus manos y el cuchillo por las distintas partes del cuerpo de los animales muertos. Una locura, un delirio que es tan o más rockero y punk que la mayor parte de discos de estos estilos que se han grabado en una Argentina que Lamborguini describió como un inmenso prostíbulo. Una casa de putas llena de zorros meneando el culo para conseguir unas monedas o un poco de placer. Shalam
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