Un amor supremo
Dejo a continuación un nuevo videoavería dedicado en esta ocasión a un disco que podría ser definido, en cierto sentido, como el "cántico...
Meses después, me hice con su obra maestra #3 (1996) y las impresiones que había tenido durante ese concierto en que los árboles se balanceaban y los pájaros caían muertos de los cielos, se corroboraron. #3 era un disco de exilios. Un disco de interiores y de niebla y vapor. Una aventura introspectiva que intentaba reinventar el rock moderno y conducirlo a otros territorios, entre los que Michel Cloup y Arnaud Michniak se movían como cosacos. Músicos que en vez de instrumentos, parecían tener espadas en sus manos, y encontrarse dispuestos a matar para defender sus tortuosas, monstruosas composiciones, llenas de rasguños.
En cualquier caso, el influjo del film de Eustache en su música no había que encontrarlo tanto en el fondo del disco como en sus formas. En su ambiente. Pues #3 podía ejercer de perfecta banda sonora de la desorientada juventud europea. Se encontraba plagado de riffs infernales que parecían no terminar nunca. Eran retratos, posos, visiones del purgatorio. Acuarelas que reflejaban otoños perdidos. Esbozos sonámbulos llenos de guitarras que ampliaban atmósferas y ambientes como si fueran saxofones, y de canciones, cuyos finales eran abruptos e inesperados e iban radiografiando el espíritu y corazón podrido de la vieja Europa; como con suma maestría hizo también Eustache no sólo en su obra maestra sino también en Les mauvaises fréquentations o Le Père Noel a les yeux bleus.
Me resulta muy significativo, por otra parte, que antes de su concierto en Rockomotives, Diabologum se presentaran por sorpresa en Poitiers porque, como creo ya haber comentado en otra ocasión, en esa ciudad pasé 6 meses bastante duros, en los que terminé de comprender y experimentar por mí mismo la crudeza a la que se referían en su disco. Poitiers era un lugar fantasmal, donde apenas pude hacer amistades más que con un grupo de tunecinos y nigerianos sencillos. Pero desde luego, no con los oriundos de allí. Almas en pena que parecían vagar por sus calles como suicidas. Sombras que aparecían y desaparecían sin mucha explicación, y ponían el marco de fondo perfecto para penetrar en los pasajes desoladores, solitarios, de esas complejas canciones forjadas por el grupo francés, las cuales se me mostraron por aquellos días, absolutamente transparentes. Tanto como la lluvia helada, fría que, habitualmente, caía en aquella triste urbe en cuyas calles escuchaba las melodías de Diabologum rebotando en mis oídos como si fueran plegarias o rezos de supervivientes y desterrados. Gritos de rebeldes desalmados viviendo en castillos viejos o fortalezas cercadas por el viento y la ruina.
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