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Sonny Boy (2)

Mar 14, 2026 | 2 Comentarios

Otro de los aspectos interesantes de Sonny Boy, la biografía de Al Pacino, consiste en descubrir detalles de su amistad con ciertos actores de su época.

Concretamente,  me ha sorprendido la intensa relación que tuvo con Martin Sheen, de la que no sabía nada. Pacino conoció a Martin cuando ambos eran dos jóvenes desarrapados intentando hacerse un hueco como actores en Nueva York. Coincidieron en las clases de interpretación de Charlie Laughton en el Herbert Berghof Studio. Ambos venían de orígenes humildes, con familias marcadas por la pobreza, el trabajo duro, rupturas y mucho sufrimiento. Por eso, desde un principio surgió entre ambos una profunda empatía y entendimiento. De hecho, Marty no dudó en abrirse y confesarle cuál era su verdadero nombre, Estévez, y sus remotos orígenes españoles, a pesar de haber nacido en Ohio.

Ambos llegaron incluso a compartir piso y a trabajar juntos en el Living Theatre de Greenwich Village. Pero no como actores, como podría pensar alguien ajeno, sino limpiando lavabos y colocando las alfombras para los decorados de las obras. Algo que hacían gratuitamente, por el mero hecho de estar cerca de donde ocurría la verdadera acción, el arte auténtico. Por aquel entonces, trabajaban además en teatros donde el dinero lo conseguían pasando el sombrero entre el público.

Pacino siempre percibió una gran honestidad en Martin, además de un talento único. Tras contemplarlo pronunciar un monólogo en una obra, El repartidor de hielo, pensó que estaba llamado a ser el nuevo James Dean. Pero lo que más le impresionó fue su seguridad y determinación vital. Nada más conocer a una muchacha llamada Janet, Martin le confesó con tranquilidad y convicción ejemplar a Al Pacino que estaba seguro de que era la mujer de su vida. Y así ha sido. Ambos siguen juntos hasta el día de hoy.

Con el tiempo, los caminos de Al y Martin se separaron, pero el cariño y respeto continuaron. ¿Cómo no? Basta esta anécdota para entender el motivo. A principios de los años 60, Martin Sheen y Al Pacino ya no vivían juntos, pero se cruzaron un día en el metro de Nueva York. La trayectoria de Martin había lentamente comenzado a despegar. Por contra, Pacino estaba claramente pasando por un mal momento: vestía un abrigo viejo y unos zapatos rotos y parecía estar punto de “pedir limosna”. Ante ese panorama, Sheen, que ya trabajaba regularmente en teatro (Los malos cocineros de Günter Grass), le ofreció la oportunidad de ser su sustituto en la obra. No solo como un favor, sino como un honor, mostrando afecto y solidaridad. Pacino aceptó por amistad y necesidad, aunque sabía que no era buen suplente porque le costaba imitar el trabajo de otros.

El ambiente en los ensayos, además, era hostil: el director, Vasek Simek, lo detestaba y lo humillaba continuamente llamándolo “actor de método”.

Un día Marty enfermó de laringitis y le insistió, casi de manera desesperada y sin voz, que debía cubrirle en el escenario. Pacino, abrumado y sin saberse el papel, se negó y finalmente fue despedido. Y aquí llega lo importante: más tarde se enteró de que la compañía no le pagaba nada por ser suplente; era el propio Martin Sheen quien, de su salario, le estaba pasando el dinero para ayudarle en sus malos tiempos. Por supuesto, cuando Pacino intentó devolvérselo, su amigo se negó.

En fin, realmente entrañable. ¿No es así?

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Menos me ha sorprendido la relación de Pacino con otros actores, como es el caso del gran John Cazale. Más que nada porque Pacino y Cazale nos han dejado multitud de imágenes icónicas en sus trabajos conjuntos en las dos primeras partes de El Padrino y Tarde de perros. Pero igualmente tiene su miga.

Ambos se conocieron a principios de los 60, en el ambiente de teatro experimental y “off-off-Broadway”, cuando buscaban abrirse camino. No solo compartieron escenario, sino que sus vidas se fueron entrelazando: vivieron también juntos un tiempo, compartieron miserias, y frecuentaban los mismos bares, los mismos cafés, los mismos sueños: “Conocí a John cuando aún éramos niños hambrientos en Nueva York. Tenía algo único, una solemnidad, una tristeza y una bondad que no había visto antes en un actor. Nos hicimos casi inseparables.”

La obra que los unió definitivamente no fue, como cualquiera creería, El Padrino, sino una pieza de teatro de Israel Horovitz, The Indian Wants the Bronx, cuyo éxito les valió el reconocimiento artístico y les permitió acceder al fin al mundo profesional. “Nada de lo que he hecho después en teatro ha sido tan intenso ni tan puro como aquel Murph con John a mi lado. Sentía que podía hacerlo todo; él me daba la fuerza en escena.”

Queda claro que Pacino siempre sintió por Cazale una admiración y amor casi reverenciales. Lo consideraba una especie de genio silencioso, alguien que “no podía no ser honesto; no sabía mentir en escena ni en la vida”. Curiosamente, también sugiere algo que creo que todos los que hemos contemplado las interpretaciones de Cazale intuimos: que era extremadamente inseguro y modesto, lo cual chocaba con su enorme talento.

Por supuesto, Pacino acompañó hasta el final de sus días a Cazale. Su prematura partida lo hirió profundamente. Más que un amigo, Cazale era su hermano, el hermano que nunca tuvo.

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Con Dustin Hoffman, la relación fue muy distinta. Compartieron amistades, intereses, alguna que otra charla, pero nunca llegaron a trabajar juntos. En cierto sentido, debido a su parecido físico, eran casi como hermanos gemelos. Ese hecho podía haber provocado que la relación degenerara en una competencia insana y se hubieran obstruido mutuamente. Pero, afortunadamente, nada de esto ocurrió. El triunfo de Hoffman con El graduado no cerró ninguna puerta a Al Pacino. Más bien le abrió el futuro de par en par porque permitió que muchos actores de un físico no estereotipado tuvieran el suficiente tirón comercial como para ser considerados para protagonizar determinadas obras: «Cuando Dustin hizo El Graduado, fue como si abriera una puerta para todos los que veníamos por atrás. De repente, los feos, los raros, los que no éramos Tony Curtis, podíamos tener un papel.»

De hecho, fue indirectamente también gracias a Dustin que Pacino logró el apoyo de su primer representante, Martin Bregman, absolutamente decisivo en puntos clave de su trayectoria. Dejemos que lo cuente él mismo: «Bregman tenía algo de Gatsby. Era un hombre guapo en la cuarentena. Hablaba con una voz muy educada, y se dirigió a mí de una forma que me hizo sentir cómodo. Me dijo: «Mira, dejé pasar a Dustin Hoffman. No voy a volver a hacerlo». Prosiguió: «Quiero representarte y me encargaré de todas las finanzas que necesites. Te ayudaré».

Con el tiempo, ambos actores fueron diferenciándose y adquiriendo su propio espacio y lugar. Dustin era alguien más sensible y refinado, capaz de interpretar personajes desheredados y con problemas, y Pacino alguien que, si bien era capaz también de ser sutil y refinado, lucía mucho mejor —casi perfecto— en escenas de violencia o que exigían del actor sacar toda su rabia incontrolada. Una característica que tal vez tuviera su importancia para que fuera Pacino quien lograra el papel de Michael Corleone y no Hoffman.

Luego, además, Pacino matizó la rabia con sus conocimientos teatrales y sus capacidades reflexivas y alcanzó otra dimensión que Hoffman tal vez nunca atisbó. Por más que Dustin sí desarrolló una vis cómica que, convengamos, nunca ha sido el fuerte de Pacino ni de lejos. Es cierto que se puede uno imaginar a Pacino interpretando a un bufón shakesperiano, pero siempre con un toque burlón, satírico y cruel. No con la inocencia que sí, por ejemplo, despide el rostro de Dustin.

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Si las relaciones con Sheen o Cazale están llenas de ternura y camaradería de supervivencia, la que Pacino mantuvo con Robert De Niro fue más distante y tensa, sin llegar en ningún momento a la enemistad. De hecho, ambos actores se admiraban y respetaban mucho. Secretamente aprendían el uno del otro y conocían las grandes virtudes que poseían, aunque se movían en círculos ligeramente distintos al inicio.

Ocurre que los dos eran actores con mucha personalidad. Estaban llamados a liderar el mundo de la actuación cuando Brando comenzara a decaer, y encima no paraban de trabajar, así que era difícil que lograran encontrar los momentos adecuados para charlar y conocerse. Tampoco les ayudó precisamente el hecho de que ambos compartieran película, El Padrino II, pero no llegaran a coincidir en escena alguna.

Muchas voces alabaron la interpretación de De Niro y la pusieron a la altura de la de Marlon Brando. Unos elogios críticos que no permitían que Pacino pudiera sentirse del todo relajado junto a él. Se daba la circunstancia además de que Pacino ya gozaba de notoriedad por El Padrino cuando De Niro comenzó a despuntar con Malas calles, inaugurando una serie de interpretaciones que lo condujeron a la cima absoluta del séptimo arte y fueron desplazándolo a él a un discreto segundo plano.

Lo cierto es que nunca hubo malas palabras entre ambos. Al contrario, siempre primó, como dije antes, la admiración. De hecho, hubieran trabajado juntos en Novecento de no ser porque Pacino tenía otra agenda y no terminó de verse en el papel que Bertolucci le ofreció. Así que, cuando, pasado el tiempo y múltiples avatares y crisis, llegó el momento de compartir pantalla en Heat, ambos disfrutaron la experiencia y se encargaron de convertirla en algo memorable para sus vidas.

Tanto Pacino como De Niro eran a esas alturas muy conscientes de su mito, pero también de que en la vida hay muchas cosas más importantes que la interpretación. Su complicidad era tan grande que se entendían con pocas palabras. Estaban, al fin y al cabo, marcados por un patrón similar. El trabajo duro, el rigor, el método y el éxito. Ambos, a esas alturas, estaban un poco de vuelta de la vida y el cine. Su encuentro podía haber sido rutinario pero no lo fue en absoluto. Hubo química, tensión. De hecho, Pacino quedó impresionado por el modo de trabajar de De Niro: la profundidad de sus silencios y gestos. Una manera camaleónica, casi visceral, pero también muy cerebral de actuar, que convirtió aquel trabajo en un curso intenso de aprendizaje para él.

Obviamente, cuando coincidieron en El irlandés, su química fue la de viejos compañeros de batalla. Ambos eran camaradas que disfrutaban de los buenos ratos juntos. Tal vez no eran los mejores amigos, pero sí colegas que se estimaban realmente. Sabían que formaban parte de la memoria cultural colectiva y que tenían un trabajo que hacer e intentaban disfrutarlo al máximo, de la manera más serena posible, por encima de egos y críticas. Shalam

لحقيقة الخبيثة أسوأ من الكذبة

La verdad mal intencionada es peor que la mentira

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1imagen….ninguno de los dos saben lo que estan haciendo …..mejor el de chaqueta clara es el que no puede impedir que suceda el otro lo conoce (destino)….
    2imagen….atentos!!! grecia y roma….
    3imagen…jesus es cristo (ray charles enrabietado con n.y.)…..
    4imagen…tutus descojonamiento…..
    5imagen…uno el infinito el otro el finito….pondre mi mente a cero una vez mas…jajajjj
    6imagen…dos elementos luchan (intentando impedir) la agresion de un tercero (en el centro de la situacion)….egipto ataca a u.s.a. mientras el otro le hace un pressing catch….
    7imagen…estoy impresionado, me gusta aunque me contengo….
    8imagen…mis calzoncillos son dustin hoffman en el elastico y gano suficiente (mucho) dinero con ello…..
    9imagen…dos patas del banco…las otras dos cazale & martin sheen….la tabla scorsese…jajajjj.
    10 imagen….tres eran tres las novias de elena, tres eran tres y las tres eran buenas (antigua cancion andaluci)
    PD…oscuro affaire…es extrañisimo…de todas formas lo mas importante no es eso (no hay nada importante en esta vida)..lo mas importante es el momento (el presente)…risa..(transcripcion)
    https://www.youtube.com/watch?v=caOA14FIMGA&list=RDcaOA14FIMGA&start_radio=1

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    • Alejandro Hermosilla

      1) Vaso de hielo contra vaso de fuego. Burócrata y artista parisinos. Ambos escuchan a Debussy. 2) Un hombre hecho y derecho junto a un personaje de Shakespeare. 3) No se nota que estoy imitiando al James Dean de Gigante. ¿O sí? 4) Jerry Lewis. El pianista loco.. Pajaro loco…jajaj 5) Yo no sentía, yo pensaba. Yo no tengo permitido sentir. Solo tenía permitido pensar. 6) El de atrás se parece a Klaus Kinski. Vaya tres..jajja Cazale, Kinski, Pacino. 7) Soy un chico mono y guapo y me gusta serlo. 8) ¿Soy un playboy o no lo soy? Habrá que preguntar en las revistas de chicas.jajaj. 9) El orgullo Vs el orgullo. Orgullo al cuadrado. 10) El lobo feroz y los dos lobitos. Orgullo al cubo. PD: no terminé de comprender lo de que nada es importante… pero el oscuro affaire suena de maravilla.. una vez más… Grandes Radio Futura.

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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