La máscara
La máscara del demonio es un clásico absoluto. Mario Bava era hijo de un director de fotografía y había estudiado Bellas Artes. Era italiano además....
Ciertamente, merece la pena ver todo el filme por ese momento que resume toda una manera de ver y sentir el cine. Una filosofía de vida. Algo parecido a lo que ocurre en Historia de mi muerte. Aunque aquí no me atrevería a indicar una escena en concreto sino que más bien, aludiría al hipnótico clímax final de la obra. Un tour de force nocturno y feroz que transforma la pantalla en luna roja y nos conecta instintivamente con los salvajes aullidos de vampiros y lobos. Con Drácula y su séquito de viciosos destructores de la razón. En Honor de caballería, este momento mágico lo identifico con las escenas en las que don Quijote y Sancho rememoran a la egregia Edad de Oro en un río. En El canto de los pájaros, con los constantes silencios que se producen entre los reyes magos en su famoso viaje al encuentro del niño Cristo o con los ecos del violonchelo de Pau Casals. Y en Crespià, the film not the village, con los alocados recorridos de los jóvenes por las carreteras de un pueblo convertido en surrreal, una mera caricatura, por mor de una fiesta.
Sé que tal vez sea pedir mucho al espectador -y más en los tiempos que corren- solicitarle que se siente a ver una película durante casi dos o tres horas para disfrutar de unos cuantos minutos de puro cine. Aunque lo que deseo expresar -y no sé si he podido transmitir- es que esos escasos momentos citados de las películas de Albert Serra no son tan sólo cine. Son algo realmente sobrenatural. Arte en movimiento. Y rayan a tan nivel que hacen que sea ridículo hablar del tiempo empleado para ver la obra o del dinero gastado. Porque son un retablo en movimiento. La voz del Creador hablando a través de las imágenes. Un destello creativo que hace pensar en el alquimismo y en la sabiduría de los viejos artesanos. En un mundo donde todavía cada día podía ser un milagro y las almas volaban libres por los campos. Shalam
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