El jardinero
Desde mediados de la próxima semana, voy a dedicar gran parte de mi tiempo a corregir el libro El jardinero. Lo escribí en el año del 2004 en dos...
Pienso, de hecho, que Pitol es un escritor de referencia porque, a pesar de su ingeniosa personalidad, deja de lado el ego en sus textos. Intenta transformarse en escritura obviando su personalidad. Tanto es así que el aroma alquímico que desprende su obra, entiendo que procede de allí: de su capacidad de rejuvenecer con cada palabra así como de la conciencia que posee de que cada frase puede ser un conjuro mágico y cada libro un elixir. Una puerta de entrada a un laberinto cuyas grietas y paredes tienen la textura y forma de la cultura occidental, tal y como ocurre con la literatura de Jorge Luis Borges, pero en este caso, no tanto como metáfora de cárcel o infierno sino como reflejo de las múltiples posibilidades vitales.
Lo cierto es que a Pitol se le conoce casi más por aquellos autores que ama que por sus escritos. Su literatura es una especie de museo repleto de lienzos donde aparecen retratados viejos caballeros que, de improviso, se ponen a hablar con nosotros en un idioma con el que cuesta familiarizarse pero, con el tiempo, comprendemos que no es tan difícil porque es eterno. Es una bodega llena de ecos culturales cercanos y lejanos porque la plasticidad de su prosa absorbe todo aquello sobre lo que posa su mirada.
En realidad, Sergio Pitol es el Mozart de las letras mexicanas. No importa cuánto deforme la realidad, a qué grado de exageración lleve sus parodias o si se asoma a los pozos de la desesperación, sus palabras siempre resuenan elegantes y contenidas. Transmiten una alegría, un júbilo sordo que trasciende a la propia escritura convertida en sus libros en una alargada góndola capaz de recorrer paisajes maravillosos y terribles con buen ánimo.
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