Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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No entiendo bien la razón pero creo que esta breve reflexión se adapta bastante bien a la última librería de la que hablaré por el momento: La montaña mágica. Un lugar abierto recientemente donde existe cierta fricción o tensión sumamente interesante puesto que se percibe que el librero, Vicente Velasco, entiende la literatura, el mundo de los libros, como algo pecaminoso y oscuro. Aparentemente, se muestra ufano, educado y amable al venderlos pero no le es posible esconder la excitación que siente por tener la posibilidad de hacer llegar textos al público en general que pueden fracturar su mente y espíritu.
Orgías, drogas, odios, muertes. El conde de Lautreamont volando sobre una colina con los ojos ensangrentados. Rimbaud quitándose los pelos a tirones uno a uno. Virginia Woolf suplicando que le pongan un cinturón de castidad en las puerta de un convento nevado. Todo sucede en los libros con una violencia tal que podría destruir de un solo roce el traje (o caparazón) con el que los burgueses se protegen.
En La Montaña Mágica los libros son puertas. Refugio de moribundos castigados por la pena y el dolor. Pasadizos que abren las compuertas de iglesias medievales. Son llaves que dan paso a sótanos repletos de lienzos ensangrentados donde una bruja emite chillidos sin descanso. Y también son espadas cercenando la cabeza de buitres y cuervos.
En La montaña mágica se suelen hacer presentaciones de libros. Muchas. Pero da la impresión de que no son demasiadas. Porque allí, el escritor es un asesino. La pluma es su puñal y su palabra, la muerte.
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