Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Hace siete años llegué a México por intermediación de la Doctora Silvia Ruiz Otero y de la Universidad Iberoamericana, con la intención de escribir un ensayo sobre su literatura. Lo publicó hace dos la Universidad Veracruzana y se llama Las máscaras del viajero. Para realizarlo con las mayores garantías, me entrevisté cuando ya lo estaba finalizando con Sergio en su casa de Xalapa. Si tuviera que aludir a un momento importante en mi vida de escritor que recién comienza; un instante que creo que fuera decisivo, probablemente me referiría a este encuentro. Acaso porque no esperaba mucho del mismo. Mi objetivo e intención era realizar un texto que estudiara desde todos los flancos posibles la escritura del veracruzano. No era en absoluto mi deseo conocerlo si esto no ayudaba al ensayo y si no hubiera tenido ciertas dudas sobre algunas de las tantas traducciones que el maestro llevó a cabo, no me hubiera atrevido a llamarle para fijar la cita. Hacía unos años cuando vivía en Argentina y realizaba mi tesis sobre la literatura de Ernesto Sábato, me había acercado a Santos Lugares para conocer el lugar en el que se había desarrollado la mayor parte de la vida del escritor de El túnel pero me bastó con asomarme a su jardín para darme por satisfecho. Algo que tras su muerte lamenté pero no en su momento, pues consideraba que los problemas que me causaba el análisis de sus novelas los podía yo resolver por mí mismo y acaso hablar con él pudiera condicionarme negativamente.Tampoco llegué a entrevistarme nunca con Abel Posse sobre cuya novela Daimón (un texto muy recomendable y que, en mi opinión, se encuentra un tanto arrinconado) realicé otro pequeño ensayo.
En pocos meses aparecerá en España mi primera novela y estoy pendiente del dictamen de algunas editoriales sobre otra narración (la primera parte de una trilogía sobre el horror) titulada El jardinero y un texto creativo sobre Mario Bellatin llamado La risa oscura. Es obvio que hubiera realizado estos textos sin conocer a Sergio. Me parece justo decirlo; pero también que cuando estuve en su hogar, sentí que él percibía y me hacía saber (sin aludir a ello directamente) algo que hasta entonces pocas personas habían notado en mí. Esto es, que aunque fuera un académico, un estudioso de la literatura (más bien, me gustaría considerarme un apasionado) en realidad, había dentro de mí un escritor pugnando por salir a la luz.
No sé si seré un escritor reconocido en el futuro, si moriré intentándolo o si al contrario, seré ignorado. Depende en parte de mí pero también de un cúmulo de circunstancias. Además, ¿quién me asegura que mis escritos sean lo suficiente valiosos? En cualquier caso, lo que sí que tengo claro por todos estos hechos que acabo de referir y otros que me parece por el momento mejor callar, es que guardaré para siempre una deuda de gratitud con Pitol y recordaré como una bella época, aquella en que me consagré a escribir Las máscaras del viajero. Y, desde luego, que si en el futuro me cruzo con Enrique Vila-Matas, sin necesidad de dirigirle la palabra, me sentiré unido a él por un vínculo que me hace sentirme inmensamente dichoso. Casi afortunado. Tal y como me encontré al finalizar por primera vez El arte de la fuga: conmocionado al tomar conciencia de que todo estaba en todas las cosas. Shalam
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