Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Es, por ejemplo, bastante dificultoso encontrarle referentes. La crítica ha emparentado una y otra vez a Chejfec con Robert Walser. Pero creo que lo ha hecho más porque la temática de esa obra maestra que es Mis dos mundos se aproxima a determinadas obsesiones que aparecen habitualmente en los textos del escritor suizo que por una motivación real. Pues el protagonista de aquella novela no le encontraba gusto ninguno a caminar. Si lo hacía era como una suerte de destino fatal, huida no confesada de sí mismo. Se encontraba más hastiado que excitado ante la idea de perderse por las calles de una ciudad. Y la realidad le era soportable en la medida en que podía bifurcarse y desdoblarse a través de sus juegos de artificio, espejismos o pensamientos y reflexiones y no tanto a través de un surco. Lo que lo convertía, por tanto, en un escéptico. Alguien cuya actitud no terminaba de definirse completamente y que partir de esa indefinición, se atrevía a nombrar al mundo y a sí mismo sin esperanza de encontrar satisfacción en ninguna parte.
En este sentido, si tuviera que citar algunos nombres con los que hacer confluir a Chejfec me decantaría tanto por aquel poeta argentino, Joaquín Gianuzzi, al que dedicara un pequeño y sobrio ensayo como algunos estados de ánimo y lugares artísticos y reales -la Argentina de provincias, esa Buenos Aires a la que se escucha hablar detrás de algunos textos de Marechal, Juan José Saer o José Bianco, los claroscuros mentales de ciertos personajes dibujados por Borges o Bioy Casares, los lienzos de Xul solar- más que a determinadas obras en concreto. Igualmente, hay determinados pasajes de las películas de Lucrecia Martel, (una particular forma de enfocar las palabras y la realidad, las texturas y ambientes) como de las novelas de la mexicana Elena Garro que, de alguna forma, entiendo que conectan subterráneamente con su escritura pulcra y aguda. Esa escritura sumamente mental que pone su foco en lo anecdótico y avanza a través de la periferia hasta construir una estructura narrativa discorde que reniega y al mismo tiempo se siente subyugada por las temáticas argumentales de las que se ocupa. Y, en ningún caso, son lo importante de estas novelas sino más bien la mera excusa para que se desarrollen.
Creo que las palabras en los textos de este aéreo novelista no buscan solidificarse pero tampoco evadirse. Me atrevería a sugerir que intentan evaporarse. Que las contemplemos deshacerse conforme las leemos. Y no se encuentran, por tanto, en un punto fijo sino que se mueven constantemente. Pero su desplazamiento no es regular sino alterno. A veces es vertiginoso y en otras, cansino como la conciencia de muchos de los extraviados, perdidos personajes a las que se refieren.
Las novelas de Chejfec son artefactos sorprendentes y sinceros. Son capaces de entregar testimonios verdaderos pero en la mayoría de los casos, parecen hacerlo por azar o una suerte de imperativo ajeno a ellas. Son semejantes a moscas que en su deseo por salir al exterior, tropiezan continuamente en el mismo cristal. Pero gracias a su obsesión, sus constantes golpes con la misma piedra, consiguen crear algo nuevo y diferente. Un hecho que revela que para este escritor de origen judío el camino habitual a través del que nos acercamos a la realidad, suele ser errado. Pues por lo general caminamos a través de rutas colapsadas que no permiten que saboreemos o nos recreemos con los objetos y múltiples facetas de la existencia como podríamos (y casi que deberíamos) hacerlo. Siendo, por tanto, su escritura una invitación a detenernos y contemplar lo que nos rodea. Una oda a la observación y a la capacidad y posibilidad que tenemos de penetrar en muchos componentes de la vida cotidiana a los que, por inercia, no solemos dar mayor importancia.
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