El efecto Piglia
Hay algo que me resulta ciertamente fascinante de Ricardo Piglia. Siempre me interesa más lo que va a decir que lo que dice. Dicho de otro modo,...
Hay algo paradójico en Pessoa. Pessoa es un poeta moderno. Es un poeta del siglo XXI. Es el eterno poeta del porvenir. Una parte de Pessoa vive en el presente y otra en el futuro. Pessoa ama la tierra y el aire. Es pastor, funcionario y pintor futurista. Es todos nosotros como todos nosotros somos él. Pero aunque Pessoa es un conglomerado incalculable de espíritus que sobrevuelan nuestro tiempo, el poeta portugués es esquivo. No se deja atrapar. Es oblicuo. No se encuentra en el centro de nuestro tiempo sino en el margen. Y eso a pesar de que, repito, no es una fantasma huidizo. No. Es un fantasma que es muchos fantasmas que se agolpan y desdoblan continuamente sobre el cielo de la conciencia occidental. Tal vez porque, en el fondo, no es un poeta totalitario ni siquiera cuando imita esta tendencia. O tal vez porque eso es precisamente lo que hace Pessoa: imitar. Copiar. Lo que le permite poner una parte de su ser a resguardo. No mostrarse del todo.
En otras palabras, Pessoa nunca se entrega. Nunca se da por entero. Y ese es su verdadero drama como artista y lo que lo hace moderno. Que no se atreve a decirnos quién es y posiblemente, ni puede ni sabe hacerlo. De hecho, nos atraganta con una sinfonía inmensa de aforismos y sentencias lúcidas que, en el fondo, parecen haber sido escritos por la multitud, la gente de los bares, tranvías y cafés y no por él. Porque Pessoa siempre permanece tapado. En segundo o tercer plano.
Pessoa es tan esquivo y fugaz que su lectura siempre provoca dicha. Alegría. Perplejidad. Pero no esa perplejidad buscada del escritor posmoderno -que al final es casi un gesto de impotencia- sino una perplejidad natural. Reposada. Portuguesa. Sus frases por lo general impresionan pero, sin embargo, no inundan los muros de facebook. Leídas fuera de su contexto, de sus libros, provocan incluso indiferencia. Cierto malestar en todos esos habitantes de las redes sociales que, sin saberlo, son sus hijos y nietos porque escriben no para encontrarse sino para olvidarse de sí mismos. No para consolidar su existir sino para confirmarlo. Verificarlo. No para unirse al mundo sino para testimoniar lo separados que están de él.
0 comentarios