Hombre muerto
En gran medida, Dead man's letter es la película que hubiera podido ser Sacrificio si en el film de Tarkovsky hubiera estallado el conflicto nuclear...
En realidad, en el cine de Bergman, la mayoría de personajes hacen teatro real o metafórico. Ese es el drama, por ejemplo, de la fantasmagórica protagonista de Persona o del inquietante mago que protagoniza El rostro.Y entiendo que ahí se halla, asimismo, el malestar que asola a muchos de los acomodados burgueses que aparecen, ya sea radiantes, tímidos o avergonzados, en tantas de las inolvidables secuencias que rodó. Personajes todos ellos que, aun logrando sus objetivos y gozando de ciertos chorros de felicidad vital, nunca alcanzan la plenitud. Siempre parecen atravesar un mar calmo sobre cuyo horizonte se ciernen afilados nubarrones -los tambores de la muerte- que, de uno u otro modo, se encuentran presentes en sus conciencias. Y suelen, más tarde, manifestarse en forma de una epidemia de peste, una enfermedad psicológica, un accidente fortuito, un asesinato, una menstruación, un asfixiante grito, un alucinado paseo por un parque o incluso un beso.
Cuando vuelvo a observar fotogramas de las películas de Bergman, siento el miedo. Veo a la muerte persiguiendo a todos sus personajes. Una presencia invisible que los ahoga, justificando no tanto su ira sino su desamparo. Su fragilidad. Hay muchachas que son similares a flores en sus películas. Y por una vez, esto no es una metáfora sino la realidad. Porque la mayoría de ellas acaban sangrando. Siendo cortadas por las tijeras del sexo, la madurez y el trabajo. Cercenadas y ahogadas por el trauma del nacimiento y sus relaciones sibilinas con sus padres que, la mayoría de veces, esconden deseos incestuosos no consumados que acostumbran a salir a la luz en abstrusos monólogos y desesperadas invocaciones con la fuerza de un huracán.
En el cine de Bergman no hay intriga. La trama se condensa en miedos y dudas. Oscuridades. Se reduce al momento en el que los personajes se saben perdidos. Solos. A cómo actúan cuando descubren que no pueden mentir ni culpar a los demás o controlar su vida, como habitualmente hacen.
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