Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Sepultura consiguieron hacer un disco para caníbales y tribus. Homenajear el territorio conocido (y desconocido) de la Amazonia y marcar terreno. Por eso los riffs de guitarra parecen flechas o gritos de hordas guerreras y muchas de las canciones, viajes tumultuosos por ríos revueltos. Recorridos por tierras indómitas con los pies desnudos, alaridos de guerra previos a un combate feroz o batallas por recobrar el espíritu de viejos guerreros en medio de ingestiones continuas de ayahuasca y comilonas de carne cruda.
Por todo lo dicho anteriormente, Roots no me parece tanto un disco como un ritual. Un libro negro. Golpes de orgullo en el pecho. Un muro de sonido donde se podían sustituir perfectamente la voz y los instrumentos por cuchillos, espadas y lanzas, dientes cayendo de los árboles y afiladas ramas clavándose en el cuello del creador de una ONG o un banquero. Cabezas de hombres blancos destrozadas en las inmediaciones de parajes ocultos. En suma, era una reivindicación profética. El grito inmenso de un millar de hombres desnudos empeñados en frenar el avance de esas corporaciones que durante los últimos años han celebrado un mundial y unas Olimpiadas en el país brasileño además de colocar un presidente a la medida de sus intereses económicos. Un augurio, por tanto, de que la mano negra de la incineración industrial continuaría cerniéndose amenazante sobre esa Amazonia cuyo espíritu incontrolable capturaron Max Calavera y sus huestes en un disco que es una furiosa llamada a los espíritus vivos y muertos. Una cicatriz ardiendo de ira y rabia. En definitiva, una transfusión de sangre aborigen para revitalizar un mundo herido. La samba de la selva y el caos. Shalam
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