Perro lunar
Moondog fue uno de los grandes personajes del siglo XX. Un hombre insólito que parecía haber venido al mundo para recordar a la humanidad algo que...
Ciertamente, Rafael no hace conciertos. Hace performances. Su mera aparición ya es sinónimo de espectáculo. Estoy seguro de que podría salir al escenario, arrodillarse y dejar a los músicos tocar durante varios minutos, y la mayor parte del público lo ovacionaría. Porque hace tiempo que Rafael no necesita cantar ni hacer discos. Hace demasiados años que salió del plano normal de la realidad para convertirse en una foto, una postal, un icono que sólo necesita presentarse y reír para triunfar. Arrastrar sonrisas, críticas y halagos de los que se dedican a los mitos. A esos seres que, en algún momento de su vida, rompieron el marcador y no lo han vuelto a arreglar ni falta que hace.
Rafael ha sido, sin dudas, un monstruo escénico. Uno de los mayores del pop español. Un cantante capaz de implicar sus pies, rodillas, riñones y esófago en cada una de sus interpretaciones. En verdad, creo que es más actor que cantante. Alguien que vive las canciones. Las transforma. Las respira. Las siente y las tritura. Convierte cada historia en una parte de sí mismo y la entona como si le acabara de ocurrir hace unos minutos.
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