Soundtracks
Últimamente, he estado escuchando mucho a Brian Eno. Por lo que me apetece realizar un pequeño juego con uno de sus álbumes más conocidos. Me...
Catorce años estuvo Alexsei inmerso dentro de este pantanoso territorio repleto de puercos, escupitajos y babas. Absolutamente obsesionado con la veraz recreación (no exenta de viciosos simbolismos) del Medievo hasta el punto de mandar construir armas y muebles según se hacían en la época o entrevistar personalmente a los extras, empeñado en realizar una obra que condujera el cine a otro terreno. Reproducir, de manera exhaustiva, una cáustica Edad Media de tintes barrocos que, a veces, parece tan esperpéntica y sorprendente como un lienzo de Arcimboldo y otras más oscura que el más esquizofrénico de los cuadros expresionistas. Y, en verdad, hay que reconocer que cada uno de esos años de trabajo se siente en las inagotables escenas de un film tan recargado y detallista que por momentos parece un monstruo que se ha engullido la vida de un trago. De hecho, consigue dotar de varias dimensiones a la pantalla y cada uno de los planos rodados, convertidos aquí en espejos infinitos, de una profundidad exultante, laberíntica y abigarrada tan amplia que consiguen hacer del 3D prácticamente un recurso infantil, juvenil. Demostrando que, tal y como subrayaba Andrei Tarkovski en su Esculpir en el tiempo, en realidad, el cine es sólo un pequeño niño que aún tiene mucho que desarrollar y cambiar. Se encuentra en fase de crecimiento y probablemente será muy diferente de como lo entendemos actualmente dentro de uno o dos siglos.
Creo que es un error acceder al vitral de Alexei creyendo que es precisamente eso: una película. A quien lo haga, le auguro más de una decepción. Momentos de franca desesperación. Porque Qué difícil es ser un dios está rodada como cine pero posiblemente no sea cine o exactamente lo que conocíamos hasta ahora como cine. Como probablemente el último delirio de Léos Carax, Holy motors, tampoco lo fuera. De hecho, a su manera, es más un desfile, un viaje o una performance que una película. Un intento de reverdecer el sentido de la artesanía en el ámbito del arte contemporáneo. De borrar el ego y retratar el inconsciente colectivo de una era en medio de continuos nubarrones y temporales. Tormentas que no permiten distinguir la tierra que se pisa, montañas de barro, cuerpos ensangrentados, torturas, sexo sucio y cuerpos flatulentos.
La grandeza, en cualquier caso, de esta alegoría sobre la barbarie es que, aunque pueda ser leída como una crítica a la Rusia estalinista o al férreo manejo actual de su país por parte de Putin, también permite otras lecturas. ¿Cómo no si debido a su radicalidad es imposible fijar un significado sobre la misma y a veces ni siquiera es posible comenzar a elaborarlo?
En fin, tan pantanosa como destructiva e hiriente, Qué difícil es ser un dios es, sin ningún género de dudas, una obra situada más allá del bien y el mal. Es un film que estoy seguro que habría interesado (y mucho) a Nikolai Berdiaev, quien ya preanunciaba a principios de siglo la llegada de una nueva Edad Media y con el que creo sinceramente que también Friedrich Nietzsche habría conectado. Pues es pura fortaleza. Darwinismo eslavo y germánico. El mundo sin Roma y sin Renacimiento. Y también sin Cristo. Una bestialidad que, de poseer un tono un poco más fantasmagórico y huidizo, tal vez hubiera sido la película que hubiera rodado Scott Walker de haber consagrado su vida al cine o Rabelais de haberse reencarnado en un cineasta. El arte evolucionando sin necesidad de saber a dónde ni para qué. Shalam
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