Lutoslawski
En muchas ocasiones, tengo la impresión de que los instrumentos que escucho en las obras de Witold Lutoslawski son termitas; hormigas royendo el...
Las guitarras de The State we’re in son cuchillos, una bocanada intensa de vodka, gargantas de arañas. Y el disco en su conjunto, aceite. Una vena abierta. Un pedazo de plástico que mancha, hace sudar, corroe las paredes de las habitaciones y provoca ganas de follar. Relaja corazones duros y destensa el músculo de la sexualidad. Realmente, el disco de Tyla y sus compinches es una piscina lisérgica donde lo mismo se bañan demonios y faunos encadenados que obsesivas groupies. Es una orgía de rabia en torno a la que se reúnen vagabundos, prostitutas, golfos desencantados y muchachos asalvajados. Una fiesta embrutecida y alocada que nadie sabe cómo terminará. Cuántos vómitos habrá que limpiar a la mañana siguiente y cuántas personas habrá que retirar del hospital por indigestión alcohólica.
Lo mejor, en cualquier caso, de esta rebanada de sangre es que, a pesar de su inmediatez y los trallazos de adrenalina y estados de euforia que provoca, permite rememorar el pasado. Es capaz de crear una atmósfera putrefacta y malévola que la dota de una dimensión atemporal. Porque, en gran medida, The state es la banda sonora de un aquelarre -eso que bailan las brujas cuando se excitan y dejan que los zorros laman sus senos en los bosques- pero también una oda eterna al alcohol. Un homenaje a todos esos borrachos y perdedores que son, en realidad, la sal de la tierra. La manera a través de la que dios goza de nuestra estancia en nuestro mundo sin necesidad de tener que masturbarse con los ángeles. Shalam
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