Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Las páginas de la Biblia pirata están llenas de olas, rocas, arrecifes, cazoletas e islas. El Nuevo Testamento, de cualquier cofre con monedas de oro. Y su Génesis, de cárceles, malformaciones, pobreza, humillaciones y desesperación. Mucha tristeza e ira. Fueron ellos los primeros zombies del océano. Cadáveres vivientes que, por alguna oscura razón, aparecían en los horizontes durante los momentos fatales, invocando tragedias. Pues olían a muerto tanto cuando perdían una batalla como cuando vencían. Eran un mordisco en el trasero del Estado. La viva imagen de las injusticias cósmicas.
La aparición de los piratas tras el Descubrimiento de América fue, en cierto modo, un regreso triunfal e inesperado del espíritu dionisíaco. El retorno de los bárbaros. Pues ellos son la sombra de Hernán Cortés y Cristóbal Colón. Parte de su legado. Pero de su legado borrado. Son una derrota en carne viva de Roma y la iglesia. Salvajes. Bestias en libertad y sin futuro. Tiburones. Peces-tigre. Cobayas. Una oscura dimensión del alma occidental. Y por ello, son más leyenda que historia. Más una malformación que una enfermedad. Más vómito que indigestión. Son la prueba flagrante de que las conversiones en masa de cristianos fueron realizadas más por intereses y seguridad que por fe. Y que los únicos proyectos que unieron a los ciudadanos de Europa durante siglos fueron el miedo a las epidemias y las guerras de religión.
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