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Las rutas desiertas

Feb 21, 2023 | 0 Comentarios

Dejo a continuación un nuevo avería dedicado a Diego Vasallo. El cual recomiendo leer escuchando uno de los temas, «Después de todo», de su último disco: Caemos como un ángel

 

Las rutas desiertas

De un tiempo a esta parte, es increíble lo que está haciendo Diego Vasallo. Sus discos -como es el caso de Caemos con un ángel– crecen con cada escucha. Se amplifican a medida que pasa el tiempo como si en vez de estar compuestos por canciones, lo estuvieran de pura vida. Ahora mismo no se me ocurre el nombre de ningún rockero español (más allá de quien era su compañero de andanzas, Rafael Berrio) con quien compararlo. Probablemente porque sus discos hace ya bastante que trascendieron lo musical. Son literatura, pasos rotos, solitarias instantáneas fotográficas y deváneos de andariego. Son abrigos, truchas envueltas en sal, piezas artísticas rellenas de tierra y carbón, gritos olvidados de viejos lobos, yunques, fragatas y lienzos de Sorolla envueltos en negro. Son rutas desiertas y además, sí, son música.

Tengo la impresión de que Diego ha logrado urdir con paciencia esa discografía otoñal y melancólica pero real, cruda y adulta que Duncan Dhu no terminaron de forjar del todo porque eran demasiado jóvenes cuando asaltaron por sorpresa el éxito. Todavía no tenían esa experiencia (aunque sí el talento) que rebosa por todos lados en la obra de un hombre que ha convertido la canción de autor española en una piedra rugosa y rodante, una espectral montaña, un brandy seco. Una herida eterna.

En realidad, hay dos nombres recurrentes de artistas extranjeros a la hora de dar referencias sobre las últimas andanzas de Diego Vasallo: Leonard Cohen y Tom Waits. El último es omnipresente en Caemos como un ángel. Sobre todo, en esos temas en los que la instrumentación (y concretamente, la guitarra) semeja un tren rugoso y dadaísta. Se desdobla como si fuera un clavo o una bicicleta rota. Y en cuanto a Cohen no es que su influencia sea más o menos concreta en un tema u otro o en un álbum en especial sino que su sombra se percibe planeando, como una inspiración lejana, en todos esos temas fundidos en negro, oscuros, que Diego parece haber grabado en un torreón o la sala de un viejo convento.

De todas formas, el gran mérito de Diego es haber logrado sonar reconocible. Haber convertido el folk, el pop, el rock y la canción de autor en un apéndice de sí mismo. De hecho, casi que la única comparación viable que se me ocurre para describir sus discos, tiene que ver con sus obras de arte. Me refiero a sus cuadros. Esos paisajes abstractos que reflejan mejor sus estados de ánimo que cualquier palabra. Esos paisajes nebulosos en los que el mar y el cielo se transforman en reflexiones de dioses ausentes y la tierra se funde con la piedra describiendo miedos, viajes y duelos que a mí al menos más que a la pintura norteamericana, me hacen rememorar la obra escultórica y pictórica de antiguos artistas vascos.

Ciertamente, más que un músico Diego a veces parece un novelista. Uno de esos que van de hotel en hotel y que publica libros anónimos que, de vez en cuando, alguien compra. Diego, de hecho, pareciera que no busca oyentes sino que, más bien, lo que desea es buscarse a sí mismo. Compone para personas solitarias, para hermanos de camino y no tanto para fans. Escribe para personas con parecida sensibilidad. Náufragos que han pasado demasiado tiempo escuchando a Bob Dylan y grupos de pop inglés y escocés, que se niegan aún a morir, desaparecer para siempre.

Por eso, en principio, (si uno no se encuentra en el estado de ánimo adecuado) puede resultar un tanto difícil sintonizar con sus discos. Empatizar. Hacerlos suyos. Pero cuando esto ocurre (y el milagro se produce) lo difícil es dejar de escucharlos. Abandonarlos en un rincón. Necesitamos sentirlos diariamente, palparlos. Porque son parecidos a tambores. Ecos pausados de poesía que golpea al estómago. Tragos de alcohol cayendo lentos por la garganta. Rodajas de un tiburón muerto cuyos gritos aún pueden escucharse en el fondo de los océanos. Son, en esencia, sí, combates existencialistas. Dialógos de tú a tú con la muerte. Operetas ideales para ser interpretadas en cabarets y cafés, en medio de una Europa destrozada por las guerras. Convertida en eco evanescente de sí misma. Puro recuerdo.

Es obvio que los discos de Diego Vasallo son elegantes. Una elegancia que se compenetra de manera sinuosa y sutil con la suciedad y la nocturnidad creando ténebres afmósferas musicales, muy apropiadas para leer Moby Dick o cualquier libro de Albert Camus pero también para tomar una última copa en un bar, reflexionar, lamerse las heridas o caminar por el casco antiguo de alguna ciudad europea. En realidad, Diego hace tiempo que está grabando y escenificando su último vals. Escribe y canta como si su muerte fuera inminente. O mejor dicho, como si ya estuviera muerto y quisiera compartir esta experiencia únicamente con quienes sean capaces de adentrarse lentamente en sus discos parecidos a llagas en los que los sonidos remiten a fríos silencios y las palabras a grietas de un edificio en ruinas. Shalam

إذا قمت بطرد شياطيني ، فقد تذهب ملائكي أيضًا

Si exorcizara mis demonios, bueno, mis ángeles podrían irse también

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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