La corte de los milagros
Ser admirador de Mikael Arkefelft proporciona muchas satisfacciones. Ante todo, lógicamente por la posibilidad de gozar de ese violento festín que...
Las circunstancias más relevantes de su vida son de sobras conocidas: Louis Thomas Hardin (su nombre real) era un incansable autodidacta nacido en Kansas. Desde niño, se acostumbró a construir sus propios instrumentos. Tarea en la que persistió durante toda su vida, a pesar de haber perdido la vista a los 16 años. Sus composiciones provocaron la admiración de maestros musicales como Stravinsky, Steve Reich o Bob Dylan. Pero lo que lo llevó a la fama fue una inusual decisión: a los 27 años se fue a Nueva York con escasos dolares en los bolsillos y durante casi tres décadas (hasta 1972) ocupó un lugar en la Sexta Avenida. Al poco tiempo, cambió su look, adoptó un atuendo con el que homenajeaba a los dioses nórdicos (en concreto, a Odín) y comenzó a ser conocido popularmente con el sobrenombre de “el vikingo de la Sexta Avenida».
Como se puede comprobar, Moondog vivió como quiso. Callejeando, meditando y abstraído en melodías que traducían sus deseos y anhelos. Tuvo una de esas vidas dignas de que Osho le dedicara un discurso. Una existencia valiente en la que primó, ante todo, la búsqueda, la fidelidad a sí mismo y la excentricidad. Ciertamente, siguió el camino de su corazón al extremo y, contra todo pronóstico, la vida le recompensó con la admiración y reconocimiento asombrado del resto de la mayoría de sus congéneres.
Moondog era la primavera adentrándose en los cuarteles de invierno. El mundo bucólico transgrediendo las fronteras del tecnológico. Era un hombre que traía consigo el aroma de épocas arcaicas en las que la humanidad había sido posiblemente más feliz que en la presente. La ceguera, desde luego, no lo atormentó sino que lo hizo más sabio. Le permitió afinar su oído y trasladar con sutileza muchos de los sonidos cotidianos que escuchaba a su música. Aunque, sobre todo, creo que lo liberó para siempre de las ataduras del mundo cotidiano.
Hay quienes tachan de «naif» a la mayoría de sus piezas artísticas pero yo creo que son partituras abiertas. Obras a mitad de camino de tantos mundos que resulta realmente difícil interpretarlas y encasillarlas. De hecho, resulta más fácil definirlas con metáforas que con las palabras habituales que se suelen utilizar para hablar habitualmente de discos y estilos. Yo, por ejemplo, las considero nubes que flotan sobre un cielo abierto y despejado, arbustos o árboles centenarios plantados en medio de las calles de una ciudad moderna. Sus composiciones, realmente, no son ni tristes ni alegres. Son únicas. Tanto, repito, como la personalidad de un hombre cuya efigie recordaba tanto a los santones bizantinos y a los antiguos apóstoles crísticos como a El ermitaño; la carta del tarot de Marsella.
0 comentarios