Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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En los últimos años, casi todos -yo incluido- hemos jugado a ello y realmente, no ha servido de mucho. Simplemente, hemos intercambiado nuestra lectura de las páginas culturales de El país y otros diarios por la de ciertos blogs. Nos hemos sentido, en cierto modo, aliviados al leer una versión de la realidad que se correspondía más que con la verdadera con la que deseábamos que fuera la verdadera. Y, finalmente, como ocurre con la novela de Pynchon, la sensación que tenemos es de encontrarnos tan lejos y tan cerca como antes nos encontrábamos de la realidad.
Digo esto no sólo para llamar la atención sobre la importancia de, más allá de su tendencia al dogmatismo y frecuentes enfados, escuchar a Trevijano con mayor o menor asiduidad sino para prevenir al lector de Avería. Obviamente, yo continuaré refiriéndome de tanto en tanto a temas políticos porque me interesan y, a veces, aunque sea como proceso catártico, entiendo conveniente señalar mi punto de vista. Pero creo de justicia indicar a quien se acerque a estos textos en el presente o en un futuro (cercano o lejano), que los lea no tanto como la palabra de un experto sino como la de un escritor que se divierte realizando literatura a partir de la realidad. Cuya literatura es consecuencia de esa realidad, tal y como se puede inferir de un texto como el siguiente, dedicado a los dos candidatos de las próximas elecciones norteamericanas
Los norteamericanos, sí, se han especializado en performances últimamente. Casi tanto como en series de TV. Una muy grande, enorme, fue la que dio como resultado la llegada años atrás de Obama años a la Casa Blanca seguida de la concesión por parte de la Academia Sueca de un inverosímil premio Nobel de Paz al “inofensivo” perrito faldero demócrata.
Antes que convertirse en maestros de la performance, como sabemos, los norteamericanos lo fueron del cine. Ellos conocen perfectamente los resortes emocionales de las masas. Y para hacer creíble la nueva película que les habían encargado rodar –Elecciones a la Presidencia 2016– se dedicaron a dar voz y voto a Trump. Tanto que, semanas atrás, hubo un momento en el que la “amenaza” Trump parecía que podía terminar ganando las elecciones.
En fin. Ya sé que las elecciones no se han llevado a cabo todavía. Pero oteando por encima los resultados de las últimas encuestas, no es osado indicar que los norteamericanos lo han vuelto a hacer. Han ganado otro nuevo Oscar en performance. Y cientos de miles de ciudadanos celebrarán un supuesto triunfo de la libertad que es, en realidad, una victoría del terror y la maldad. Cuando, además, no ha existido otra opción. Se ha hecho creer a la población general que ha habido dos candidatos pero únicamente había uno: el peor y más venenoso (Hillary Clinton) a quien se le ha colocado enfrente un payaso, Donald Trump, (¿alguien se cree de verdad que le hubieran permitido hacer muchas de las propuestas que prometía?) que a cambio de quién sabe qué favores y emolumentos se habrá prestado gustosamente a representar su papel en una performance en la que, desde luego, según mi punto de vista, él no es el gran derrotado sino la libertad, la democracia y el pueblo. Shalam
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