El tormento
W.A.S.P ha sido, sin dudas, una de las bandas más peligrosas de la historia del rock. Incluso en una década tan excesiva como la de los 80 del...
Lo que hizo Ozzy en Black Sabbath ya es historia. De la más grande y oscura. Y no sé si merece recordarla de tan actual que la encuentro. Inventar un género (o la rama de un género). Convertir cada disco en una misa negra, un pedazo de plástico situado en un abismo del que emergían serpientes y gárgolas. Transformar la música en un diabólico ritual que lo mismo parecía honrar a Charlie Manson y a sus seguidores que a los viejos tratados de Aleister Crowley o a los magos y hechiceros antiguos.
En cualquier caso, los albums en solitario de Ozzy no desmerecen este legado. Me cuesta encontrar discos en el mundo del heavy metal con la fuerza, emoción e intensidad que hay condensadas en los cuatro primeros que grabó (Blizzard of Oz, Diary of Madman, Bark at the moon y The ultimate sin) y en bastantes de los surcos de los siguiente cuatro que vinieron (No rest for the wicked, No more tears, Ozzmosis y Down to earth). En ellos, desde luego, demostró que su contribución a la leyenda de Black Sabbath no fue casual sino absolutamente determinante. Y además, logró sacar las opresivas y asfixiantes melodías de Tony Iommi del castillo en que parecían haber sigo grabadas a la calle. Convirtiendo la solemnidad diabólica de su antiguo grupo en un orgiástico fresco rockero bailado por cocineras, criados y animales salvajes. El cetro y corona de un barón en un falo abierto que chupaban las clases populares en bacanales sin fin. El séptimo sello en La hora del lobo.
Ozzy Osbourne es uno de esos escasos personajes que han conseguido conjuntar su esquizoide figura con su angustiosa y extrañamente reconfortante música. Una discografía llena de iglesias consagradas a dioses paganos que han sido incendiadas a medida que este alocado muñeco de vudú ha ido despellejando su piel y venas en canciones que parecen crucifijos puestos del revés, gallos degollados y exorcismos. Pero exorcismos no para extraer el demonio del cuerpo de alguna joven y matarlo sino para dejarlo libre y suelto. Permitir que se introduzca en las camas de adolescentes y aguardar la llegada de la luna llena. El retorno de aquellos tiempos en los que los niños se arrojaban directamente a los pozos, las ancianas poseían pezuñas en sus pies y la virginidad no era más que un anhelo perdido que, de tanto a tanto, a alguna joven le hacía derramar lágrimas de sangre. Shalam
0 comentarios