La enormidad
Cada vez que contemplo alguna de las óperas protagonizadas por Luciano Pavarotti décadas atrás, siento que me encuentro ante un enorme...
Hay muchos aspectos que sobresalen en la propuesta de OM. Entre ellos, por supuesto, los nombres de algunos de sus temas que hacen referencia a lugares arcanos, (Tebas) o a determinados espacios clásicos, (el jardín de Getsemaní y el monte Sinaí), esenciales en el mundo espiritual y mítico. Referencias a través de la que entiendo que intentan elevarnos por encima de las circunstancias presentes y que nos sintamos parte de un tiempo eterno y circular del que la mayoría nos sentimos exiliados actualmente. Pero que a través de sus alargadas tonadas, esas drogas que vibran y se mueven sin cesar y traen consigo jirones del cuerpo y la sangre de Cristo y una gotas del perfume de Krishna, podemos recuperar. Hallando en nuestro dolor y desorientación presentes, cierta inocencia, pureza y santidad que por lo general cuesta encontrar y a la que OM aluden a través del riego distorsionado de sus guitarras y esa temblorosa y enigmática voz que se eleva a través del ruido.
Muchas imágenes me vienen a la mente al sumergirme en estas travesías ruidistas. Y lo cierto es que prácticamente ninguna es nihilista. Razón de más para considerar a OM, sí, un grupo que apunta a otros planos. De hecho, al escucharlo me acuerdo de los films de Andrei Tarkovski, la partida de ajedrez entre la muerte y el caballero de El séptimo sello, los gestos de algunas figuras retratadas por el Giotto y los viajes que realicé hace algunos años a Rumanía o Bulgaría como de ciertos vitrales que contemplé en una catedral situada sobre un acantilado. Y siento esperanza. Pues su música es consuelo de viejos guerreros antiguos, ángeles, gitanos, borrachos y santones y aspira a ser la banda sonora de la futura Jerusalem. Esa ciudad celeste que resplandece en el centro del cielo donde algún día reinará la justicia. Aunque para ello deban caer truenos y tormentas a la tierra tan estruendosos y ariscos como la cólera de Aquiles o la ira de San Jorge. Esos rayos de furia que, de alguna forma, OM consiguen transformar en iracundas gemas sonoras que parecen metáforas recién salidas de un ensayo de Georges Bataille. Shalam
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