El rey de Nueva York
Hay varios cineastas cuya obra no puede concebirse sin Nueva York. Woody Allen y Martin Scorsese son dos ejemplos claros. Pero el talento e...
Afortunadamente, este no ha sido el caso de Nymphomaniac. Hace poco pude al fin visionar la toma de cinco horas y media rodada por Lars Von Trier y puedo asegurar sin duda alguna que es muy superior a la de cuatro horas que fue además, para más escarnio, innecesariamente dividida en dos partes. Un acto de sadismo con el espectador moderno que deja muy claro el poco respeto y consideración que se tiene con él. El tamaño de las bofetadas y guantazos que constantemente recibe desde los estudios de producción modernos. No sólo por obligarlo a acudir a vivir esta intensa experiencia en dos ocasiones distintas sino por hacerlo de manera incompleta puesto que a aquella obra le faltaba algo. Existía, de hecho, a pesar de su extensión, cierto apresuramiento en ella. Parecía que el director danés había despachado ciertas etapas y episodios de la vida de la ninfómana con cierto desdén. Sin miramientos. Como si le incomodara el tema que trataba. Algo totalmente falso tal y como pone de manifiesto la versión integra del filme. Una decadente y oscura salvajada vaginal. Una absoluta bestialidad que huele a sábanas sucias, semen, clítoris húmedo y sexo derruido a lo largo de todos sus fotogramas. A peligro y corrosión corporal.
Nymphomaniac no es tanto una película sobre la sexualidad como sobre la enfermedad. De hecho, a pesar de ser extrema hasta por momentos decir basta, no es tanto salvaje como melancólica y nostálgica. Una muestra de locura erótica que exprime la imposibilidad de su protagonista de controlar sus impulsos para componer un fresco más neurótico que erótico. La radiografía de una adicción autodestructiva que transforma cada orgasmo en un pinchazo de heroína en la vena de su protagonista y cada amante en un negro avance del cáncer del odio y la soledad en su corazón.
Nymphomaniac es un atentado contra el amor. Una demostración quirúrgica de que no existe y de que el sexo es el gran enemigo del orden burgués porque, en el fondo, es más violencia que placer. Es un escupitajo a la familia y al rostro de dios que termina lógicamente convirtiendo a quienes se encadenan a él en delincuentes. Llamas diabólicas que prenden el fuego de la discordia allí por donde van.
Nymphomaniac es un gélido bloque de granito. Es repugnante y ácida. Inmoral y cruel. Perversa y real. Es un poema sucio y viscoso de Baudelaire llevado a la pantalla. Aunque sinceramente creo que mencionar al poeta simbolista se queda corto para describir la aridez de ciertas escenas como la del aborto que se provoca la protagonista. Una de las secuencias más crueles y viscosas que he visto jamás en una pantalla. Una navaja afilada que demuestra por sí misma que, en cuestiones artísticas, no hay que aceptar jamás sucedáneos. Hay que penetrar y dejarse llevar por el corazón de los creadores y olvidarse momentáneamente del dinero aunque lo que encontremos no nos guste nada. Sea como en este caso un vaso de absenta ácido y venenoso que corroe y deja sin aliento al espíritu. Shalam
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