La metamorfosis
Continúo hoy refiriendo mis impresiones sobre aquellos libros que me transformaron. Hoy, en concreto, me ocuparé del segundo que pondría en la...
Juan Bonilla. El tiempo es un sueño pop. Vida y obra de Terenci Moix: Amena, divertida y bien escrita biografía sobre el Peter Pan de las letras españolas. Bonilla expone con lúcida y meridiana claridad las grandes virtudes de su narrativa y sus desaciertos con exquisita caballerosidad. Dejando clara su meditada opinión. Desde luego, supera el reto de abordar la personalidad de un hombre excesivo que además, había desvelado la mayor parte de su mundo íntimo en sus tres excelsos tomos de memorias. Muy de acuerdo por cierto con su canon. Moix fue un escritor inmenso que se dejó tentar y vencer por las ventas y la popularidad. Había que poner orden en su vida y literatura y Bonilla lo consigue con éxito.
Michel Houellebecq. Sumisión: Hace tiempo que Houllebecq me cansa. Sin embargo, he de confesar que me fascinan las descripciones sexuales que realiza y que sabe captar perfectamente el «spleen» social. De hecho, ese tal vez sea uno de sus mayores méritos. Haber dado voz a ese nihilismo y malestar experimentado tanto por el cartero como por el profesor de Universidad. Dicho esto, he de reconocer que he disfrutado con Sumisión. La idea que plantea la novela, desde luego, es seductora. Houellebecq tiene la virtud de narrar la llegada al poder en Francia de un partido islámico con gracilidad y agilidad. Lo cierto es que al final, le ha salido casi una crónica periodística. Un entretenimiento apocalíptico con visos de profecía. El escritor francés no se adorna. No tiene la intención de ser el mejor escritor y eso a veces se agradece porque, finalmente, pone su talento al servicio de la narración y deja hablar a las voces furiosas de su época.
Evelio Rosero. Los ejércitos: La novela de Rosero es ya casi un clásico de la literatura colombiana y con razón. Su texto va un pasito más allá del realismo mágico al convertir la violencia en una enorme metáfora y el lenguaje en un espejo de los estallidos continuos. De hecho, la confusión del personaje central se iguala con la del lector en un maremoto de disparos, torturas y terror que explica mejor la naturaleza de la violencia colombiana que cualquier documental. Rosero trabajó tanto este texto que, por momentos, tuve miedo de perder el foco de la historia de fondo por las constantes florituras lingüísticas pero, finalmente, entendí que su estilo era reflejo de ese testigo silencioso -la abundante naturaleza colombiana- de la extrema y alocada guerra civil que se vive allí, y me subyugó. No miento al subrayar, sí, que Los ejércitos es una obra maestra. Una de esas novelas destinadas a enamorar y asombrar a múltiples lectores.
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