Duong Thu Huong: la voz de la memoria
Hace unos años, tuve la fortuna de poder entrevistar a la novelista vietnamita, Duong Thu Huong, a propósito de la publicación en España de su...
Es muy habitual que los foráneos que visiten el país por unos días o semanas queden fascinados. Vuelvan a sus hogares con un gusano abierto en el corazón que irá lentamente agigantando el recuerdo de sus experiencias. México es exuberante. Una gigantesca nebulosa llena de encantos y frutos naturales cuya savia reparte generosamente entre todo tipo de viajeros que por lo general suelen sentirse mejor tratados en sus confines que en sus propios territorios. Es muy habitual de hecho que las personas que vuelvan de allá cuenten maravillas de su estancia. Aunque esta impresión no deja de ser una ilusión. Una máscara. Pues tanto el descuido como la espontaneidad con los que seduce a los extranjeros en primera instancia, acabarán con el tiempo revelándose como agotadoras. Es frecuente , por ejemplo, encontrar a muchos norteamericanos maduros, militares retirados que cayeron fascinados por el ritmo agreste de estas tierras, emparejados con mujeres exóticas y complacientes, resoplando con cierto alivio por haber encontrado un retiro dorado. Satisfechos por haber podido abolir el tiempo del trabajo y tener la posibilidad de dedicar el resto de su vida a disfrutar del buen clima, ingerir abundante comida, sestear y escuchar diariamente rancheras mezcladas con algún blues. Aunque precisamente, la imagen que dan no sea la mejor. Pues producen una sensación de agarrotamiento e incluso decadencia. De hecho, es de personajes parecidos a ellos de donde Malcolm Lowry extrajo en parte inspiración para su Bajo el volcán.
En gran medida, el cónsul Geoffrey Firmin es un hombre culpable. Culpable de hastío y saciedad. Es un viajero invadido por el virus mexicano. Por esa irrealidad que acaba golpeando el cerebro y el corazón y transformando a los seres humanos o bien en dioses o bien en espíritus muertos. Lowry fue capaz de describir esa sensibilidad monumental y espectral, esa flecha del destino que se cierne sobre cualquier persona que decide vivir y adentrarse en México. Y logró transformar su prosa en un océano. Un infernal pozo de murmullos. Su novela es heroica porque describe al México real. Al simbólico. Al escurridizo y misterioso. Y se encuentra compuesta de frases parecidas a velas y vasos de mezcal. Lowry escucha a los muertos y transforma cada capítulo en un altar. Su México es real porque es mítico. Y porque es mítico es sagrado. Una frondosa madeja de hierba, cactus, alcohol y locura. Un abismo narrativo.
Sin México, Lowry no se hubiera convertido en un gran escritor. Sus dos obras esenciales –Bajo el volcán y Oscuro como la tumba donde yace mi amigo– se encuentran inspiradas allí. En aquel país vivió tiempos turbios. Fue encarcelado dos veces. Sufrió una separación, fue deportado y experimentó intensas borracheras. México fue su regenerador creativo y su arma de destrucción. Un árbol lleno de manzanas de hiel. Un paraíso que escondía premios y pesares continuos. Fue un lugar en el que todo estaba permitido y que precisamente por no poner límites a sus vicios y delirios, lo enfrentó consigo mismo de manera salvaje. Le hizo experimentar una primavera sucia y nocturna creativa. Atravesar un pantano lleno de miedos con la sensación de que podía ser destruido en cualquier momento y que para soportar la decadencia no tenía más compañero que el alcohol. Montañas de cerveza, tequila y mezcal parecidas a agua. Shalam
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