Extravíos del futuro
Las bandas sonoras de los films de John Carpenter acostumbran a ser inquietantes y amenazadoras. Suelen estar compuestas por un mar de sonidos...
Y por el otro lado, Neil Young venía también a toda velocidad. Se encontraba -y esto es decir mucho- en una de sus etapas más creativas. Había grabado en poco más de cinco años dos discos muy interesantes (Freedom y Sleeps with angels) y dos obras maestras (Ragged Glory y Harvest Moon) y no había quien lo parase. Tras unos años un tanto perdido, se había vuelto a encontrar a sí mismo y se encontraba desatado.
Obviamente del encuentro de estos dos titanes tenía que salir algo apasionante, como así fue. Según parece, el disco se grabó a toda velocidad. En tan sólo cuatro sesiones. No sé si como homenaje a las viejas grabaciones de los 50, para aprovechar la racha de inspiración que todos llevaban o por los compromisos futuros que tenían contraídos. Young, por ejemplo, compuso la mayoría de los temas en menos de una semana y, sin ensayar demasiado, todos se lanzaron como posesos a interpretar las canciones de este disco caótico, mágico y visceral. Una premura que, en principio, podría haber perjudicado al acabado final de la obra aunque lo cierto fue que, gracias a la rapidez con la que se llevó a cabo el proceso, Mirror ball se convirtió en uno de los testimonios más francos y directos del rock de los 90. Una apisonadora que huele a libertad y locura, posee la suave frescura de la brisa de una montaña y contiene al menos cinco temas que podrían formar parte de cualquier recopilatorio sobre el grunge.
Como es de suponer, el disco fue casi grabado en directo. Y por ello, algunos críticos lo acusan de tener un sonido un tanto deslabazado o de ser un poco caótico. Pero esa es precisamente su fuerza y encanto. Que es más un ensayo que un LP al uso y aun así, es descomunal. Desprende una energía enorme. Y eso a pesar de que Eddie Vedder no pasaba por su mejor momento personal y prácticamente no pudo colaborar en la grabación. Algo lamentable porque sus escasos duetos con Neil echan fuego y es fácil percibir que entre él y el músico canadiense había una conexión íntima y total. Que ambos dos eran conscientes de la oportunidad única que suponía esta colaboración y la habían convertido en un ritual catártico.
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