Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Estar abiertos significa, en cierto modo, permitirnos ser inundados por el «otro». Y en el discurso patriarcal, violento, retrógrado todavía imperante, esto se entiende como debilidad. Algo parecido a entregar la tierra al enemigo, la mujer al vecino, o la madre a cualquiera. Posiblemente porque no existe un sentido de equilibrio ni una seria meditación sobre los «otros» -que siempre son los bárbaros- ni acerca de conceptos complementarios -que no tienen por qué ser opuestos- como es, repito, el caso de lo abierto y lo cerrado. Lo que ha provocado que, durante siglos, la mujer (forzada a abrirse con todos), la prostituta, sea tenida por deleznable y el hombre que se mantiene cerrado y rasga, horada las puertas (vaginas) que se le antoje, sea considerado un héroe.
Es cierto que es difícil salir de este atolladero, pero entiendo que es posible conseguirlo. No tanto con la ciencia sino por medio de la conciencia. Pondré un ejemplo. El primero que se me viene a la mente. No sé si muchos lo habrán advertido, pero ese deseo tan común para muchos ciudadanos de Occidente de tener dos hijos, cada uno de distinto sexo, creo que ilumina ciertos aspectos de aquello a lo que me refiero.
El problema empieza entonces, como dijimos, (de hecho, es aquí donde encuentro la explicación a esa necesidad tan recurrente de darle casi inmediatamente un hermanito(a) al niño recién nacido) cuando una familia tiene un hijo único, o el padre y la madre mueren o se separan, o tienen más hijos de dos, (aunque tal vez cuatro sería aceptable) porque se produce un desequilibrio. Una multiplicación de los deseos ya muy difícil de controlar y manejar, que hará que unos obtengan mucho amor y otros poco y, en muchos casos, se deba romper el seno familiar para encontrarlo. Provocándose un trauma, y trastorno (una apertura) que muestra una debilidad, que tal vez nunca sea fortalecida, por más terapias (alternativas o no) a las que se recurra. O tal vez sí. ¿Quién sabe? Pues acaso tampoco sea necesario.
A día de hoy, sí, -sábado a la noche, de madrugada ya, en México- esta es mi opinión. Pero es obvio que puede variar en el futuro pues me complace estar abierto y que las palabras vengan y se vayan, al igual que el viento, algunas personas y ciertas ideas o deseos. Y ahora que lo pienso, tal vez sea cuestión de no pensar tanto, y follar más. Con esa expresión, terminaba Kubrick su excepcional Eyes wilde shut. Y si un maestro como él, decidió concluir de este modo su adaptación del libro de Arthur Schnitzler, Relato soñado, seguro que es por algo. Probablemente porque, como sugería Osho, el orgasmo, ese momento único e irrepetible, infinito y momentáneo, eterno e instantáneo, es un gran acto meditativo. Tal vez el más grande que existe. Pues mientras se produce, dejamos de pensar en nosotros. Soltamos el control. Nos dejamos inundar. Disolvemos las fronteras y nacionalidades. Nos convertimos en planetas que giran y giran gozosos por el Universo desconocido. Y penetramos y somos penetrados al mismo tiempo -y no importa en este caso que seamos pasivos o activos, abiertos o cerrados, débiles o fuertes- por el misterio: la divinidad. Es decir; por todos los ángeles y demonios, ancianos y niños, árabes e hindúes, occidentales, cristianos, africanos, músicos de jazz, jeques, caballos, duques, panaderos, reinas, bailarinas y labradores, hombres y mujeres en definitiva, que han existido y existirán por siempre jamás. Shalam
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