Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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El primero de ellos aparece en Moby Dick. En el transcurso del capítulo considerado más extraño de la devastadora novela,«Medianoche, castillo de proa». Allí, un marinero de Nantucket dice: «He oído al viejo Ahab decirle que siempre debe matar una tempestad del mismo modo que, con una pistola, se rompe una tromba: disparando la nave dentro de ella. Que yo sepa, no se ha demostrado que tenga provecho alguno».
«Un rey inventa un peculiar sistema de administrar justicia: colocan al acusado en un amplio ruedo, ante la plebe reunida, para que abra una de dos puertas idénticas. Detrás de ellas hay un tigre que saltará y lo hará pedazo, estableciendo así su culpa. Detrás de la otra, una dama «adecuada a su edad y condición», con la cual deberá casarse de inmediato, en premio a su inocencia. Así que el acusado debía «abrir la puerta que prefiriera, sin tener la menor idea de si un instante después sería devorado o desposado».
Brutal. ¿No es así? Al menos para mí, sin dudas. Creo que la existencia de un relato como el de Stockton da sentido a toda la literatura. Sí. Tal vez esté exagerando pero es que es bestial. Porque el inglés no está jugando aquí con las expectativas de su público sino con sus entrañas. El ruido de sus cerebros intentando indagar la respuesta y todo aquello que imaginan que, finalmente, al no corporeizarse, provoca su ira. La rabia del sultán que escucha a Scherezade contando los relatos de Las 1001 noches y finalmente decide cortarle la cabeza. Contribuyendo a introducir el ruido en el arte. Shalam
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