La ley del ritmo
Dejo a continuación el último videoavería del año dedicado en esta ocasión a Radio Futura. Ahí va....
Esta nostalgia es la más usual. La que experimentamos todos los seres humanos en mayor o menor medida. Nostalgia de lo que se vivió y no volverá. Sin embargo, existe otra nostalgia tan o más poderosa que la recién mencionada. La nostalgia de lo que no se vivió. De lo que experimentamos como testigos lejanos. Nostalgia de un «acontecimiento» o «fenómeno» que, por diversas circunstancias, no terminamos de vivir en su totalidad pero en el que nos hubiera gustado sumergirnos completamente.
No lo conozco suficiente pero, teniendo en cuenta su año de nacimiento (1986), es lógico pensar que Arturo Marín no vivió la «edad de oro» de la ruta del Bakalao. No pudo pasar por el torniquete -aunque creció cerca- de ninguna de esas discotecas valencianas donde el ritmo no cesaba un solo minuto durante el fin de semana y se consumían pastillas a velocidad infernal. Y debe conservar grabadas en su retina muy pocas imágenes de los Juegos Olímpicos de Barcelona o de las primeras máquinas tragaperras. Pero sí supongo que en algún momento de su niñez y adolescencia debió quedar fascinado por las imágenes y sonidos procedentes de la era hedonista o los relatos de hermanos y amigos mayores sobre aquellas juergas parecidas a incendios en las que los jóvenes únicamente pensaban en bailar, consumir y destruir. Y estaban dispuestos a hacerlo al precio que fuera.
Cualquiera de las creaciones que he escuchado de Soviet Gym hasta ahora -incluyo también Deportes, machos y patria– podrían sonar en un recopilatorio de música ochentera o ilustrar las imágenes de documentales deportivos y artísticos de aquella época. Aunque existe algo decadente en esta recreación. Una conciencia secreta de que estas obras están abocadas a la destrucción. Son fruto de la memoria, las crisis laborales y las industriales más que del idealismo o el optimismo vital y tecnológico. Y es por ello que finalmente convencen. Porque la nostalgia no se traduce tanto en ñoñería, refrito y llanto como en desesperación. En un nuevo nihilismo que no busca tanto erigir ídolos de barro sino en derribar para siempre los ya conocidos. Pisar fuerte el acelerador por carreteras perdidas llenas de oscuros escombros de la era pop. Shalam
0 comentarios