La novia japonesa
Fuerzas, ganas de vivir no sólo se extraen del amor sino del odio. No es raro que haya quienes piensen que dios y el diablo son dos caras de la...

Los españoles, al igual que los chacales, son muy sumisos. No han protagonizado una sola revolución en su historia. Les bastan unas palabras de sus amos, las sonrisas de los califas y la promesa del paraíso, el perfume de una flor escondida, para calmarse. Espantar su ira mientras contemplan el reflejo de los pájaros en desérticos lagos en los que su cuerpo toma el cariz de una calavera y sus sueños se disuelven en costras destrozadas por el paso del tiempo. Además, por lo general, los españoles suelen masticar con la boca abierta. Mirando a su compañeros con gestos de odio e ira, transmitiéndoles el inmenso enojo que sienten por estar vivos. No saben, de hecho, disfrutar de la vida y son reacios a probar el alcohol o saborear las drogas, siendo habitual en ellos caminar en soledad o vivir apartados del resto de la sociedad.
Esta urbe maltratada por el calor y asediada por la voracidad y codicia de los sultanes, cuyos muros han impedido el paso de ideas puras desde siempre. Algo que parecía indicar, asimismo, la mirada perdida de aquel árabe vestido con un traje de franela que enojaba a los españoles que, aunque lo vejaban y ridiculizaban como suelen hacer con todo aquello que consideran extraño, eran incapaces de desdibujar su sonrisa. Hacerla apagarse y contraerse consiguiendo que mostrara el debido respeto a su libro sagrado: un luminoso Corán que portaban en sus manos como si fuera un medallón dorado escrito con el fin de obligar a los pueblos de otras razas a plegarse a sus deseos.

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