Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Si tuviera que definir la literatura de Vila-Matas lo haría así: imaginando una página llena de espacios vacíos y líneas que se desplazan horizontal, vertical, diagonalmente, formando figuras geométricas familiares y desconocidas. Un galimatías inconexo que nos lleva a preguntarnos qué estamos leyendo. A consultar nuevos libros que nos aclaran algunas frases del texto inicial que, no obstante, continúa modificándose, moviéndose y presentando nuevas formas, sentidos y significados como una esfera rodando por el mundo en crisis de la cultura.
Creo que Vila-Matas no se sitúa nunca ni por encima ni por debajo de su lector. Pero tampoco es su cómplice. Más bien, trata de ser su amigo a distancia. Compartir cosas, asombros, destellos, lecturas, desde su rincón. Como si estuviera enviando cartas o resolviendo crucigramas en los descansos de una batalla en el frente. Y desde luego que no es un apocalíptico. No le interesa cuál fue el primer libro o el último. Ni tampoco las bibliotecas bien ordenadas. Más bien, lo que le fascina es ver a los libros caerse. Moverse. Observarlos desaparecer. Pero no destruirse. Desparramados por habitaciones vacías, volviéndose invisibles. Asistir en primera fila al momento en que comienzan a salir de su lugar fijado durante años.
En Marienbad eléctrico, Vila-Matas se refiere a una instalación de lugares intercomunicados aunque aparentemente aislados. Otra bonita forma de definir la literatura. Allí. Como un espacio abierto, claro. Y aquí. Pero también, en cierto sentido, cerrado. Una mujer que nunca termina de darse. Acaso el oscuro objeto de deseo de Buñuel. Un imposible. Algo, un puñado de tierra, un trozo de papel que se encuentra allí y aquí pero no está ni allí ni aquí cuando vamos allí y aquí. Haciéndonos dudar de todo. Allí y aquí. Sobre todo, del arte. Que probablemente no exista. Al igual que la leve anécdota que sostiene la película de Alain Resnais, El último verano en Mariebad, o todas aquellas historias de las que Vila-Matas ha hablado en sus novelas: la prueba fehaciente de que la literatura es verdad porque todo lo que cuenta no es real. Y de que se mantiene viva por los escritores sin motivo ni sentido que saben que ya está todo dicho, no queda nada que contar y no merece tan siquiera la pena intentarlo. Pues dejar ir, abandonar, es la única manera de tenerlo todo. Allí y aquí.
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