El irlandés
¡El irlandés! ¿Qué se puede decir de este filme? Yo creo que es una experiencia más que una obra de arte. Hubo momentos en que me pareció cansino,...
A día de hoy, parece mentira que los estudios de la Hammer y el mundo del cine en general encasillaran durante más de una década a Lee en su papel de Drácula. Aunque resulta comprensible porque el actor británico llevó al mítico vampiro a otra dimensión. Bela Lugosi fue el primer gran Drácula. Fue el primer molde. La primera estatua viva. Pero su imagen estaba unida al blanco y negro. A otra época. Sus rasgos magiares dotaban a su personaje de una aureola mística y exótica. Pero la técnica no le benefició. Lugosi era soberbio pero hierático. Pertenecía a otro mundo. Era una sombra majestuosa pero una sombra al fin y al cabo que, pasado el tiempo, infundía más respeto que miedo. El Drácula de Lugosi era un coche elegante bien conservado pero antiguo que no se podía usar para ir por las enormes autopistas de los 50. Se necesitaba desesperadamente una nueva imagen. Una actualización del personaje. Y ahí apareció Lee.
Si hoy en día verlo interpretar al monarca de las tinieblas todavía provoca pavor, podemos imaginar lo que supondría en su momento. Christopher Lee dotó al personaje de mayor profundidad. De una psicología retorcida. De un carácter maquiavélico. Acrecentó su elegancia. Y combinó perfectamente el lujo con el pavor. Creó, sí, un Drácula moderno. Un Drácula que jubiló para siempre a los de la era del blanco y negro y aún hoy no ha superado nadie. Lleno de todo tipo de matices.
Pero obviamente, Lee era mucho más que Drácula. Bueno, en realidad, era mucho más que la mayoría de seres humanos. Para empezar, sabía guardar un secreto. Mantuvo siempre un prudente silencio sobre las misiones que llevó a cabo durante la Segunda Guerra Mundial. Algo que dotó siempre a su figura de un enorme misterio e infundía confianza en su persona. Y creo que utilizó para mejorar sus prestaciones como intérprete porque, como los grandes actores, Lee no necesitaba hablar para transmitir sensaciones en pantalla. Para sugerir tormentos internos e infiernos profundos. En La Momia por ejemplo, tan sólo le bastaban sus ojos para convocar volcanes y fuego. Y por lo general, su rostro hierático y profundo advertía al espectador inmediatamente de que se encontraba frente a un señor que había traspasado la frontera del más allá. Lo que provocaba que sus malos no cayeran en la vulgaridad. No fueran soeces. Incluso los más salvajes, poseyeran un toque sofisticado.
Ciertamente, Lee era un hombre que parecía convivir con lo oculto. Estar iniciado. O al menos lo aparentaba. Disfrutaba provocando todo tipo de ralas sensaciones en la mente de sus espectadores. Cada palabra que pronunciaba era un símbolo y cada una de sus miradas una puerta a una dimensión angosta. Una meditada cabalgata por el delirio. Una invitación a probar el veneno de las logias. La cábala dionisíaca. Una puerta hacia el absoluto.
De hecho, estaba tan sobrado de carisma que podía interpretar todo tipo de papeles. Encarnó muy meritoriamente a Sherlock holmes y hubiera sido un rey Arturo glorioso. Pero también hubiera podido realizar magníficas interpretaciones de las obras de Shakespeare. Y, de estar vivo y haber aparecido en Juego de Tronos, hubiera hecho arder definitivamente la serie. Hubiera puesto a la casa Targaryen y la Lannister a sus pies. Pues, en realidad, era un caballero de otro siglo. Un hombre educado en valores medievales que parecía haber firmado un pacto fáustico en algún momento de su vida, que no alcanzó el título de sir por casualidad. Aunque no obstante, comprendía perfectamente nuestra época. Tenía la capacidad de trascenderla.
Christopher Lee nunca cesó de trabajar aunque, como todos los seres humanos, tuvo altos y bajos. Durante los 80 y principios de los 90 pasó una época de vacas flacas artísticas (que no laborales) la cual no obstante, le sirvió para crecer personalmente. Pues era muy consciente de que el cine era tan sólo una faceta de la vida por más que cuando logra ser arte, imita y casi que supera a la vida. Pero finalmente, varios directores salieron en su rescate -y a pesar de que lamentablemente no llegó a realizar ningún cameo en un filme de Tarantino- se fue a lo grande.
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