Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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La saga Mad Max se encargó de clausurar para siempre todos aquellos filmes norteamericanos que, a raíz del boom automovilístico, poblaron las pantallas de cine de rebeldes sin causa, universitarios, triunfadores y pilotos profesionales que competían por ser los más rápidos en límpidas e inacabables autovías, descampados o intrincados circuitos. De hecho, tras la apocalíptica creación de George Miller, películas del cariz de Días de trueno (dirigida por Tony Scott y protagonizada por Tom Cruise y Nicole Kidman) resultaban inverosímiles por optimistas. Casi infantiles. Entretenimiento juvenil sin substancia realizado para adolescentes. Porque Mad Max transformó a los coches y camiones en cañones. Fieras metálicas que remitían al fin del mundo. A un futuro sin esperanza que convertía a los caballos de las carreteras modernas en objetos perversos y turbios. Fantasmagóricos símbolos de pesadillas sin fin, tal y como John Carpenter, David Cronenberg o David Lynch dejaron claro en tormentosas y oscuras obras como Christine, Crash o Carretera perdida.
Existía algo auténtico y verdadero en Mad max que la diferenciaba de otras sagas. Un aliento negro y mórbido que no permitía minusvalorarla como sí se solía hacer con películas del cariz de Desaparecido en combate, Rambo o las surgidas de la factoría Canon. Mad Max era aterradora y real. Un motor sin aceite. Un coche sin frenos destruyendo las paredes de una refinería. Era thrash metal. Se encontraba fuera de moda. Al menos hasta la tercera, no se sabía bien dónde situarla. Si en el terreno de la serie B, de los grandes clásicos de acción o en el de las películas apocalípticas de la serie Z. Porque su espíritu era visionario, lograba convertir los errores argumentales en aciertos y a un héroe plano como el interpretado por Mel Gibson en icono de una era insensible y viciosa cuya atmósfera sólo había sido hasta entonces retratada con más o menos talento por los artistas del cómic y algunos de los minusvalorados y delirantes escritores de la ciencia ficción.
En realidad, Mad Max era un combate de boxeo apocalíptico y extremo. Una road movie ácrata y punk sin esperanza. Un adiós al western clásico que tenía la virtud de transformar la desesperanza en espectáculo y el pesimismo en coreografía destructiva. Sus virtudes radicaban (¡de ahí la decepción con la segunda parte de la tercera entrega!) en no dar espacio para la redención ni al mesianismo. En convertir el odio en imagen frenética. Hacer bailar a sus personajes entre himnos de desesperanza y oscuridad. Llevar la barbarie a la discoteca.
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