Talkie Walkie
Dejo a continuación un nuevo avería dedicado en esta ocasión al vibrante y magnético álbum de Air: Talkie Walkie. El cual recomiendo leer escuchando...
Cada una de las composiciones, de las tenues sinfonías marítimas creadas por Gurdjieff y Hartmann es un cofre que esconde joyas, sortijas y cartas de amor anónimas en su interior. Y también, los velos de suntuosas doncellas, el cetro de reyes caídos y los trajes raídos de arlequines y bufones. Un himno a las almas caídas que da valor a la literatura clásica, las historias del pasado y a las incursiones musicales de Isaac Albéniz. Es un perfume que extrae belleza de la decadencia y eternidad del alma putrefacta de la modernidad. Porque, en esencia, sus composiciones son respiraciones. Expiraciones sagradas. Alquimia pura. Cantos gnósticos entonados por bereberes. Marciales danzas sufíes. Frescos baños turcos. Poéticos tapices capaces de escuchar los anhelos del corazón de Cristo y también de perseguir la huella de los cientos de lunáticos que perdieron la vida por crear una obra de arte o desenterrar los monumentos de civilizaciones perdidas. Son redes capaces de atrapar los sueños de quienes aún continúan hablando de la Atlántida y leen las escrituras de Edgar Allan Poe como textos sagrados y apocalípticos. Descripciones bíblicas de la locura que anuncian el fin de los tiempos, pero también las revelaciones que el nuevo traerá. Cuando los arcángeles atraviesen los cielos sin espadas, rayos oscuros quiebren los templos, y vuelva a escuchase la voz del profeta Mahomá como originalmente fue concebida: un alegre cántico infinito.
Introducirse en cualquiera de los discos grabados con suma pericia por Alain Kremski es hacerlo en una catedral gótica. Un laberinto construido para honrar el alma humana, cuyos pasadizos secretos, caminos sin salida, no son más que precauciones para que quien penetre en la cámara divina, no se atreva a profanarla. Supone, sí, en gran medida, simbiotizarse con la mente de los arquitectos de pirámides. Adentrarse en la mente de Alejandro Jodorowsky cuando concebía El incal o El topo, el gozoso espíritu de Francois Schuiten y Benoît Peeters cuando comenzaron a crear Las ciudades oscuras o el corazón de los cartógrafos que diseñaron los primeros mapas del mundo. Y, sobre todo, atisbar un jirón del alma del misterio Gurdijeff. Un ser convencido de que para abrir los secretos confines del mundo y el Universo, no había que aumentar la velocidad sino disminuirla. Hacerlo con lentitud. Que, además, no había que acumular sino repartir. Y sabía lo importante que era, antes justo de comenzar a hablar, detenerse a realizar dos profundas inhalaciones.
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