Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
Contenido relacionado
Videoaverías
Averías populares
Intentaré explicarme mejor. Uno de mis grandes amigos de la infancia se llamaba Fernando. Un muchacho junto al que pasaba muchas de esas mañanas que no parecían acabarse nunca de aquellos veranos de la niñez. En uno de ellos, me transmitió el virus Lovecraft. No recuerdo bien cómo pero tras volver a encontrarnos y ponernos al día de nuestras vidas, comenzó a hablarme de un escritor y unos cuentos que le habían fascinado y absorbido a niveles que rayaban en la obsesión. Mañana tras mañana, aunque yo estaba más interesado en hablar de fútbol o de cómics, se refería a monstruos venidos de otro mundo que rompían toda racionalidad y destrozaban los conceptos de la lógica. Aunque no quisiera escucharlo, debía de hacerlo pues se mostraba absolutamente embebido con esas narraciones que le ponían en contacto con ciertas verdades oscuras que sentía que estaban detrás de nuestras vida y universos aparentemente confortables. Y llegó a ser tanta su insistencia que por supuesto que terminé por pedirle alguno de los ejemplares publicados por la editorial Alianza de las historias de Lovecraft.
Escribiendo el libro, he tomado conciencia de que H. P. Lovecraft era, en gran medida, un gnóstico y que su mundo maléfico, ese infierno del que caen cascadas de semillas de opio, es uno de los más lúcidos y exactos retratos que se han hecho jamás de la sociedad que daría lugar a las dos guerras mundiales; de las fuerzas oscuras que se movían detrás de la modernidad y amenazaban con destruir la vida de millones de seres humanos. Exactamente, la técnica, la ciencia, el progreso son un juego de niños para Lovecraft. En el fondo del planeta rugen las bestias, los monstruos antiguos, los demonios. Ellos son los que controlan los cañones, aviones y metralletas. No el hombre. Un iluso que por creerse señor y amo del planeta terminará por derrumbarse en el ocaso y decadencia de todo lo vivo. Y veo ahora con claridad que las ciudades perdidas, esos paisajes que emergen entre tinieblas de otros mundos antes de ser devorados por la corriente del tiempo tan recurrentes en Lovecraft, aluden a nuestra realidad. La decadencia capitalista. Son unas de las más certeras metáforas sobre la sociedad de nuestra era que no me extraña que fascinaran al nihilista Michel Houellebecq o hayan aparecido de nuevo en mi conciencia, teniendo en cuenta el rumbo apocalíptico y sin control de un mundo que puede acabar perfectamente autodestruyéndose como la Atlántida. Devorado por las entrañas de la tierra donde los monstruos retratados por el escritor norteamericano esperan su momento para emerger.
El arte moderno se ha empeñado en retratar el caos, absurdo y el desemparo del ser humano de todas las maneras posibles durante el último siglo. Casi que este es el tema fundamental de la mayoría de obras que consideramos imprescindibles de entre nuestras contemporáneas. Y, desde luego, pocos llevaron a los últimos límites estos temas como Lovecraft. De hecho, todas las certezas, sostenes y seguridades caen por el suelo en sus creaciones y la verdad y la razón no son más que unas confusas nebulosas, un rayo breve y fugaz en mañanas donde el sol se derrite y extingue para que impere y reine la oscuridad. Tal y como, si nos fijamos, está ocurriendo actualmente en Occidente. Ese territorio que se ha convertido en lovecraftiano e incluso ha ido todavía más allá puesto que los seres humanos y, en concreto, los políticos dan más miedo que los monstruos procedentes de la eternidad que Lovecraft retrató de manera clarividente señalando a través suya (con una potencia, fortaleza y lucidez sólo comparables a la de David Lynch o Edgar Allan Poe) el rostro cruel del país, EUA, donde creció.
0 comentarios