Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Creo que Los sueños explica mejor la personalidad e ideas de Kurosawa que la mayoría de sus películas. Desde luego, queda claro al contemplarla que para el samurái del cine japonés, una vida únicamente cobraba su auténtico sentido si llegaba a la vejez. Lo que contrasta con uno de los lemas más destructivos del capitalismo: la importancia de morir joven para dejar un bonito cadáver o envejecer intentando aparentar la menor edad posible. Si es posible, convertidos en eternos adolescentes. Una prueba bastante clara de que en Occidente no tiende a aceptarse la muerte.
Se ha leído Los sueños como una epopeya personal que refleja en parte la historia del Japón moderno: el advenimiento de la modernidad, el traumático encuentro con Occidente, las guerras, la bomba atómica, Godzilla y su progresiva deshumanización. Sin descartar esta más que interesante lectura, a mí me gusta verla como una tirada pública de I Ching llevada a cabo por Kurosawa. Un reflejo preciso de su inconsciente antes de emprender viaje a los horizontes lejanos. Un instante de luz en medio de las corrientes que conducen a las fauces de la ballena. Una mutación en medio de las tinieblas. Un grito de aliento budista. Una meditación en voz alta. Una petición de auxilio y respeto realizada con desesperación y la convicción íntima de un iluminado.
Los personajes de Kurosawa se preguntan una y otra vez qué es lo que está sucediendo. Sufren, son dañados. Se encuentran siempre en un proceso de crecimiento y maduración salvo cuando alcanzan la vejez que para las culturas asiáticas es símbolo de plenitud, desarraigo consciente y lucidez no tanto relacionada con la inteligencia sino con la experiencia. Es decir; plena sabiduría.
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