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Los reyes antiguos

Oct 4, 2023 | 2 Comentarios

Dejo a continuación el primero de los pasajes de Un reino oscuro que colocaré en avería durante los próximos días. Concretamente, el monólogo de un paisajista que siente una enorme nostalgia por aquellas épocas de la historia de la humanidad en las que los reyes eran viriles, mostraban sin complejos su fortaleza y solían adornar su rostro con enormes barbas que parecían dotar de gravedad, seriedad y fortaleza a su personalidad. Consecuentemente con esta idea, el paisajista desarrolla toda una serie de reflexiones en las que muestra su completa aversión y odio hacia los reyes modernos. Reyes parecidos a maniquíes y afeminados tras los cuales supongo que el lector cómplice podrá detectar una sarcástica y jocosa alusión a todo ese discurso ideológico preponderante hoy en día que aboga por la necesaria e imperiosa deconstrucción de la masculinidad. Expresión que sigo comprender ni a qué se refiere ni qué significa exactamente ni a dónde nos conduce ni si nos traerá definitivamente la libertad o el alimento.

Quiero aclarar que el monólogo no se encuentra citado al completo (y tampoco en orden) sino que tan sólo he escogido unos extractos del mismo que hacen alusión al tema aludido. A su vez, entiendo necesario aclarar que el monólogo no se encuentra transcrito en la novela directamente sino que lo conocemos a través del relato que un joven arquitecto nos realiza de su encuentro con este y otros excéntricos personajes que aparecen a lo largo de su viaje por los oscuros bosques colindantes con la capital del reino.

Si tuviera que citar por cierto un tema ideal para leer este pasaje, creo que me decantaría por uno de Scott Walker: «Buzzers». El cual dejo a continuación para que quien lo desee pueda si así lo quiere escucharlo compaginándolo con la lectura o antes y después de la misma.

Los reyes antiguos

«Si había algo que indignara al paisajista, además de la actitud de su marchante, era esa manía de los nobles ilustrados de afeitarse. Él mismo reconocía no sentirse bien después del ritual. Le parecía de alguna forma estar pagando un tributo para ser aceptado socialmente. Una prueba más de la decadencia moderna, de la molicie contemporánea, porque aquellas barbas y bigotes que los soberanos antiguos portaban orgullosamente eran solemnes rasgos que aseguraban su dominio y vigencia. Eran símbolos de fuego que infundían temor. Era imposible, aseguraba el paisajista, que un lienzo de un rey antiguo no fuera magistral precisamente debido a la barba que todos aquellos gigantescos hombres lucían. Una barba poblada y grasienta, una barba alborotada y agreste que, cuanto menos cuidada y más salvaje era, más respeto generaba a su alrededor. Esa barba de hecho era la manifestación más evidente de que aquellos reyes eran ostentosos y desafiantes. Aunque no era ese el único rasgo que certificaba lo ostentosos y desafiantes que eran. Su boca abierta era también ostentosa y desafiante. Su boca cerrada era, asimismo, ostentosa y desafiante. Y, por supuesto, sus ojos cerrados eran ostentosos y desafiantes al igual que sus ojos abiertos eran ostentosos y desafiantes, su porte sentados era ostentoso y desafiante y su porte alzados era ostentoso y desafiante. Aquellos reyes antiguos estaban muy seguros de sí mismos. Eran prácticamente dioses. A ningún vulgar campesino se le ocurría murmullar sobre ellos, aunque se encontrara a decenas de kilómetros de sus palacios, por si los escuchaban. Todos sus súbditos tenían la sensación de que si alguien profería un insulto contra esos regios estandartes, aparecería de cualquier parte, en el momento más inesperado, una rama afilada que cortaría su lengua. Porque aquellos reyes antiguos eran animales bravíos. Un claro ejemplo era el caso de un monarca que no sólo no había emitido una sola queja mientras las venas y músculos de su cuerpo eran atravesados por lanzas y afilados cuchillos, sino que había reído como si sus bufones estuvieran realizando los mejores juegos malabares ante él. Sus enemigos podían quemar su piel, lacerar su espalda o quebrar sus huesos pero, en ningún caso, lograr vencer su orgullo o que cesara de reír.

(….) Asimismo, cuando aquellos reyes antiguos tenían dudas, las resolvían saliendo a cazar y bebiendo vino porque confiaban completamente en sí mismos. Disfrutaban cada segundo de sus vidas. Y no cesaban nunca de reír. Cuando ordenaban cortar el dedo anular de un inocente, reían. Cuando yacían con la esposa de un labrador, reían. Cuando se comían una vaca junto a varios nobles, reían. Cuando contemplaban desde las colinas a su pueblo luchar encarnizadamente durante una batalla, reían. Cuando se despertaban y cuando se dormían, reían. Y también reían cuando paseaban por palacio o cuando lo hacían por sucios jardines. Y cada vez que reían se producía un terremoto de dicha en sus palacios que provocaba un inmenso éxtasis y espasmos continuos en la población porque esos hombres eran recios, aguerridos y frondosos. No eran hombres vacíos, lánguidos y apagados como los complicados reyes modernos. (…) Los reyes modernos eran hombres sin alma, hombres ateos, hombres mundanos y consecuentemente, siempre se encontraban afligidos. Era casi imposible verlos sonreír. Su rostro era agrio, caminaban con acritud y, por si no fuera suficiente, la mayoría tenían el rostro rasurado. No tenían ni barba ni bigote. Tenían la barbilla al descubierto. Parecían niñas. Muñecas de papel portando sensualmente su báculo frente al pueblo. Eran reyes afeminados. Reyes sin carne, barriga ni bigotes, sin pelos en sus pecho ni barba en sus mentones, parecidos a maniquíes, a lindas señoritas, obsesionados por gustar a sus siervos, por ser vitoreados, por ser alabados, por ser complacidos, que ya únicamente daban importancia a las bodas, a los bailes nupciales y a los viajes de placer, a las trompetas anunciando la buena nueva, a los trajes de novios, a los regalos, a los dulces de azúcar y a la tarta real».

(….) «Tristemente, subrayaba el paisajista, (…) los reyes modernos se habían convertido en marionetas del pueblo. Animosas muñequitas que no se imponían. No alzaban su voz como los antiguos. No se atrevían a romper los protocolos o a quebrar ninguna regla porque querían ser reyes de novela. Príncipes de cuento. Reyes perfectos. Por lo que ya no estaban interesados en reinar. No sabían de hecho reinar. Desconocían qué era reinar; para qué reinar; para quién reinar. ¿Cómo iban a saberlo si además tenían el mentón rasurado? Un mensaje claro de que lo único que buscaban era divertirse, entretenerse, de que sufrían dando órdenes o llenándose de sangre las manos. Un signo de su ausencia de virilidad. (…) Los monarcas modernos vestían ahora trajes con hombreras y se perfumaban constantemente. Medían el volumen de la voz al hablar, usaban guantes de seda, utilizaban cubiertos al comer e intentaban aprender idiomas. Algo que le provocaba al paisajista una enorme indignación. Sin ir más lejos, no hacía mucho que había sido informado de que nuestro rey había participado en una comida nobiliaria en la que había partido en varios trozos un filete de ternera con un cuchillo en vez de cogerlo con las manos. Y que, tras situar aquellos pedazos bien parejos, casi perpendiculares, en su plato, los había vuelto a cortar una y otra vez hasta que el negro pedazo de carne había sido dividido en múltiples partes minúsculas que había introducido en su boca suavemente. Con agria delicadeza. ¡Un horror moderno! ¡Un delirio moderno! Una locura moderna de cuyas consecuencias no sabía si alguna vez podría recuperarse nuestro reino. “¿Qué resta después de esto?”, nos preguntaba entre irónico y enfadado. “Probablemente los príncipes acaben haciéndose la manicura o exigirán que alguien alise su cabello suelto”, decía, “mientras un músico romántico interpreta una pieza de salón a su lado. Puede incluso que pronto comiencen también a depilarse. Ya de hecho se sabe de reyes modernos que mantienen la línea y cuidan minuciosamente su aspecto. ¡Un horror moderno! ¡Un delirio moderno! ¡Una locura moderna!”. Shalam

لا تخالف ما هو عادل، لتنال ثناء الآخرين

No vayas contra lo que es justo, para conseguir el elogio de los demás

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1imagen…la zona abstracta de la representacion es por donde entra la luz……menos mal…..cuantisimo contraste de opuestos…y el estribillo…….
    2imagen…su cabeza era la naturaleza(reino natural-reino mineral)
    ….¡que guapisimo esta con esa cuidadisima medio barba!..jajajj
    3imagen….claro, como soy mas bruto os obligo (esclavitud)….. ..todavia asi?…..sonrisa….
    4imagen…..el rey es el arte, la poesia encima de la silla y la musica aunque no sea la de wagner……..
    PD…https://www.youtube.com/watch?v=8Ycw7udHOnw….los veo muy spanish……King Gizzard & The Lizard Wizard – Crumbling Castle…..

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    • Alejandro Hermosilla

      1) Visigodos. Escena de un fondo y amplitud totales. Un rey que jura por Dios y es consciente de tener más poder que el mismísimo Dios. Preparado para la batalla. Un poco barroca y post romántica. 2) Este rey se cree capaz de todo. Está seguro de que si se le aparece el rey Arturo le corta el cuello de tajo. 3) Juicio ancestral. Locura mesopotamica. Inspiración para «juego de Tronos». Diente por diente y ojo por ojo. Todos ciegos al final. 4) Aquí están a punto de orinar en cualquier momento y de burlarse de algún criado. La fiesta comienza ahora. PD: Sí.. King Wizzard. Dicen ser los nuevos Zappa. Varios discos al año. No me da tiempo a seguirlos Ahora mismo continúo enganchado con Nine inch Nails. Pero cuando puedo me surgemiré en su discografía tan extensaaaa…..

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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