Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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No es en absoluto extraño que Rimbaud callara. Muchas veces, el silencio es la mejor arma y apuesta para conquistar de nuevo los cielos. De algún modo, a esta circunstancia aludían los microgramas de Robert Walser e incluso la locura de Leopoldo María Panero. En ocasiones, he pensado que la dificultad del poeta madrileño para comunicarse con el resto de sus semejantes -que tanto contrastaba con la lucidez de sus poemas- se debía a que deseaba manifestar, denunciar de una u otra manera ese hecho: que el vínculo con lo divino se encuentra roto. Tanto que ni siquiera los poetas auténticos como él lo era pueden ya, a pesar de sus esfuerzos, decirnos las palabras que necesitaríamos escuchar, conocer para fundar un mundo nuevo. Más aún, teniendo en cuenta que los vulgares se empeñan en hablar y recitar cuanto más alto y más veces sea posible. Acaso porque ni una sola de sus creaciones ha rozado el cielo y creen que si gritan y gritan sin cesar, finalmente los dioses los tomarán en cuenta. Cuando, en realidad, lo más probable es que, finalmente, nadie preste atención a sus proclamas porque han olvidado que su misión no es tanto hacerse oír sino escuchar: conseguir introducirse en esa especie de limbo que pertenece tanto a los dioses como a los hombres y componer versos, poemas que sean comprensibles para ambos. Muestren a las divinidades lo que tienen de humano y a los hombres lo que poseen de divino además de lo que ni los unos ni los otros compartirán ni alcanzarán jamás. Shalam
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