La cólera de dios
Lope de Aguirre es uno de los personajes más fascinantes de la historia. Básicamente, porque tanto su odio como su locura fueron metafísicos....

No es en absoluto extraño que Rimbaud callara. Muchas veces, el silencio es la mejor arma y apuesta para conquistar de nuevo los cielos. De algún modo, a esta circunstancia aludían los microgramas de Robert Walser e incluso la locura de Leopoldo María Panero. En ocasiones, he pensado que la dificultad del poeta madrileño para comunicarse con el resto de sus semejantes -que tanto contrastaba con la lucidez de sus poemas- se debía a que deseaba manifestar, denunciar de una u otra manera ese hecho: que el vínculo con lo divino se encuentra roto. Tanto que ni siquiera los poetas auténticos como él lo era pueden ya, a pesar de sus esfuerzos, decirnos las palabras que necesitaríamos escuchar, conocer para fundar un mundo nuevo. Más aún, teniendo en cuenta que los vulgares se empeñan en hablar y recitar cuanto más alto y más veces sea posible. Acaso porque ni una sola de sus creaciones ha rozado el cielo y creen que si gritan y gritan sin cesar, finalmente los dioses los tomarán en cuenta. Cuando, en realidad, lo más probable es que, finalmente, nadie preste atención a sus proclamas porque han olvidado que su misión no es tanto hacerse oír sino escuchar: conseguir introducirse en esa especie de limbo que pertenece tanto a los dioses como a los hombres y componer versos, poemas que sean comprensibles para ambos. Muestren a las divinidades lo que tienen de humano y a los hombres lo que poseen de divino además de lo que ni los unos ni los otros compartirán ni alcanzarán jamás. Shalam
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