Ramón Méndez Estrada: la revuelta continua
Hace varios años tuve la oportunidad de entrevistar al poeta infrarrealista José Ramón Méndez Estrada para la revista El coloquio de los Perros....
El episodio de Hölderlin es, sin dudas, novelesco. Transformado en un Quijote romántico, tal vez las últimas gotas de cordura que aún conservaba, se le fueron contemplando galerías llenas de libros que parecían reírse de sus tremendos esfuerzos por ser leído. Convertirse en un poeta inmortal.
No sé si Franz Kafka, por ejemplo, hubiera sobrevivido a su experiencia como bibliotecario. Supongo que tendría innumerables pesadillas diarias en las que sería aplastado por gigantescos volúmenes bajo los que su insignificancia personal se acrecentaría. Y, desde luego, puedo concebirlo silencioso y angustiado, rellenando fichas, caminando por las galerías y depositando libros en su lugar. Siendo diligente con los usuarios, obediente con los jefes y sufriendo muy intensamente cualquier tiempo muerto pues su estricta ética le prohibiría escribir cualquiera de los fragmentos de sus novelas durante las horas de trabajo.
Obviamente, también hay muchos escritores que ni en mis mejores sueños puedo imaginar en una biblioteca. No concibo, por ejemplo, a William Faulkner colocando libros en los anaqueles entre trago y trago a la botella de whisky. Estoy seguro de que Ernest Hemigway hubiera caminado entre sus galerías desnudo y más de una vez se hubiera meado adrede en el suelo. Y creo que el Marqués de Sade las hubiera utilizado para convocar orgías sadomasoquistas protagonizadas por insignes miembros de la noblezas.
Al fin y al cabo, las bibliotecas son, ante todo, locura. Se encuentran llenas de ecos imposibles y voces de muertos. Son un mar helado. Un delirio. El testimonio de cientos de catástrofes. Un barco a la deriva en medio de una tormenta. Una nave flotando en el espacio, destinada antes o después a desparecer tragada por un agujero negro pero obstinada en perdurar. Son, en definitiva, más un sueño evanescente o una alucinación fantástica que la realidad. Shalam
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